Tokio 2020: luces, color, fantasía y mucha esperanza

Tokio 2020: luces, color, fantasía y mucha esperanza

Compartir...

Tokio 2020: luces, color, fantasía y mucha esperanza

Juegos de luces y color, fantasía creada desde la sensibilidad, hilos imaginarios que se mezclaron para hacernos sentir más unidos en estos tiempos difíciles. Un Japón laborioso y tradicional, que no olvida sus orígenes y tampoco descuida el futuro.

Así, mediante la tan esperada ceremonia de inauguración, se mostraron los anfitriones de esta fiesta olímpica, que asumen la tristeza de estos tiempos, y al unísono disfrutan la alegría de saberse centro del mundo, transmitiéndola desde la nobleza del deporte.

En el imponente estadio olímpico de esta ciudad japonesa se vio un monte Fuji “traído” al centro del escenario como custodio inamovible de todo cuanto sucede. Y a sus pies unos enormes aros olímpicos que, como nunca antes, simbolizaron la unión perfecta de los continentes y su gente.

Hasta allí llegaron mensajes de aliento y esperanza enviados desde todas las regiones del planeta, y sentido fue el impacto del emotivo minuto de silencio por las víctimas de la COVID-19… Momentos sobrios para una cita que desafió los más adversos aires y no desistió en su propósito de seguir adelante, aun cuando muchos pesimistas auguraban lo contrario.

Sí, se extrañó el público en las gradas de un estadio monumental, pero no faltó el buen gusto en cada detalle, ni la alegría desbordada de los protagonistas principales: los competidores.

A su paso fueron símbolo de esperanza y disfrutaron su desfile como un momento único. Razones le sobran para ello.

Desafiando todos los retos, en lo adelante los atletas ofrecerán lo mejor de sus vidas en cada instalación, porque quedó claro que nada es ahora mismo más importante para ellos que disfrutar sus juegos, regalarnos sus emociones, hacernos vibrar de orgullo con la sana rivalidad que emanarán de cada escenario competitivo, pero también sumarnos a su mensaje de paz, solidaridad y resiliencia.

Emocionó ver por primera vez las banderas nacionales portadas por un hombre y una mujer, la muestra más clara de la igualdad absoluta que se necesita para convertir al planeta en un lugar mejor.

Como para no dejar dudas sobre esta necesaria y legítima aspiración, una mujer se encargó del más simbólico de todos los instantes. La tenista Naomi Osaka fue por una noche toda una nación cuando tomó la antorcha y dio vida a un pebetero que arderá durante los próximos 16 días para iluminar todo lo que aquí sucederá.

Fue una noche sobria, mágica, y a la vez inspiradora; colmada de un reclamo no expresado a gritos, pero que estuvo en la mente de todos: el deseo de que pronto el mundo esté libre de la pandemia y no queden estadios vacíos, las ansias de que jamás un deportista del mundo tenga que disfrutar sus éxitos en solitario.

Y sobre todo, el anhelo de que sean estos días un punto de partida para el renacer que tanto necesitamos.

Fuente: ACN


Compartir...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

9 − cuatro =