Cuba se desborda de amor

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Lo vi a solo unos pasos… y fue un dolor inconfundible. Estuve muy cerca de él; sin embargo, jamás pensé que fuera ese el modo de abrazarlo, de estar a su lado. Fidel, este encuentro así no lo quería, pero lo acepto también.

Eran apenas las 6 y 20 de la mañana, cuando este reportero comenzó a adentrarse nuevamente en la Plaza de la Revolución. Pasé a un costado del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Minfar), donde se iniciaría la ceremonia del traslado de sus cenizas hacia el oriente del país. Era temprano y ya estaban dispuestos los carros que llevarían el cortejo fúnebre y el batallón de ceremonia. Los observé detenidamente, mas decidí avanzar hasta donde comenzaba la multitud de pueblo, su pueblo.

La Habana volvía a amanecer con un inusual silencio. Con rostros enérgicos, emoción contenida y ojos llorosos, miles de cubanos salieron otra vez a jurarle lealtad eterna al Comandante en Jefe de la Revolución Cubana. Los vi aglomerarse en las calles aledañas a la Plaza, donde resonó su verbo encendido y apasionado.

Alguien que custodia la calle me llama de forma discreta. Me reserva un lugar más privilegiado, ante la multitud que comienza a posicionarse, incluso, más allá de la línea indicada.

Son las siete de la mañana. Un sol tenue trata de alumbrar con sus rayos y un helicóptero sobrevuela por las calles. Se ve un movimiento en las afueras del Minfar y es como si el eterno joven rebelde volviese a salir esbelto, victorioso. Con su mochila y botas de combate, de guerrillero legendario, sale a ganar una nueva batalla, a seguir estando al frente de su Patria. Regresa en caravana, como aquella libertaria que nos trajo luz, esperanza e independencia definitiva, como aquella en la que los barbudos junto a él viajaron desde Santiago de Cuba a la capital, alrededor de mil kilómetros, para celebrar el triunfo de la Revolución.

Mientras el cortejo fúnebre del gigante toma las calles de la Plaza, sus combatientes ofrecen el saludo militar. Un hombre, miles de hombres, detrás de mí, lloran sin consuelo. Una anciana que no puedo distinguir su rostro rompe el silencio: «¡Viva Fidel! ¡Viva Fidel por siempre!». Un adolescente se abraza fuerte a su madre, y su hermano pequeño pregunta si en esa cajita va un Fidel tan grande. Vuelve la voz de la anciana: «Cuando entraste con la caravana gritamos de alegría, hoy lloramos de dolor». La multitud corea: «¡Yo soy Fidel! ¡Yo soy Fidel!».

Y comienza a alejarse lentamente el cortejo fúnebre. El momento final se torna más íntimo. Nadie puede contener las lágrimas, el dolor, los sollozos. Las cenizas de Fidel descansan dentro de una urna de cedro resguardada por la bandera de la estrella solitaria. Otra vez la capital se viste de verde olivo. Veo que hay palomas que simbolizan la paz y vuelan augurando el futuro tangible que Fidel nos dejó. Otra vez Camilo le recuerda: «¡Vas bien, Fidel!». Y cuando el cortejo fúnebre pasa, la Plaza se hace arcoíris, carteles, Patria… Santiago de Cuba espera al Comandante. Ahí va Fidel, de vuelta, por el camino de la inmortalidad.


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