Choco, con la vida en las obras

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El grabado es el dibujo en profundidad. Porque con él busca lo recóndito, la zona escondida de la imagen, esa que la línea no alcanza. Por eso Eduardo Roca (Choco), desde que lo tocó, fue como un amor a primera vista, ese que junto a toda su obra (pinturas, dibujos, objetos escultóricos…) y el talento, le hizo acreedor del Premio Nacional de Artes Plásticas en 2017.

Como eco de ese importante lauro, el célebre creador expone sus trabajos recientes: óleos, colagrafías, esculturas colagráficas sobre madera, linografías e instalaciones, en una de las salas transitorias del Museo Nacional de Bellas Artes (Edificio Arte Cubano), bajo el título de Choco, con los pies en la tierra.

Las colagrafías resaltan en esta muestra, esas piezas que constituyen una constante en su obra, un procedimiento muy ligado a los pintores que tocan también la gráfica, porque es muy pictórico. Le ofrece una rica textura y puede utilizar muchos colores para imprimir al mismo tiempo. En ellas se puebla un universo íntimo, imágenes enigmáticas llegadas desde piel adentro. El ser humano, el mundo circundante de cosas, lugares y hechos son trasmutados por su imaginación a otro plano que no parece real. Además de la limpieza característica de sus creaciones, la textura sobresale como nervios de un mundo subterráneo que crece ante la vista, en las superficies con tonos surrealistas.

El tema es variado, desde los muros, las nostalgias, los recuerdos, la cotidianidad, y los conflictos actuales se posan en estas obras, donde se destaca la enorme instalación Sin-fonía (2018), en la que recrea los instrumentos musicales de una orquesta (esculturas colagráficas en madera), que son también fragmentos de sueños grabados del artista, en esta ocasión desde la música.

No hay dudas de que este ilustre e investigativo creador, desde sus inicios en este camino artístico de la visualidad, resulta un enigma como sus grabados, dibujos y pinturas. Es como la gráfica, un libro de sorpresas. Tiene la capacidad musical de hacer variaciones con un tema hasta lo increíble. De ahí que cruzar el umbral de la sala es penetrar en lo más recóndito del alma de Choco, como cariñosamente le han llamado siempre sus amigos, para devenir su nombre artístico.

El grabador, pintor y dibujante (Santiago de Cuba, 1949) ha extraído siempre materia prima de sus creaciones de las texturas de los muros, cuyo ADN tiene del tiempo y la vida del hombre a través de los siglos. Y el grabado, en particular la colagrafía, por su capacidad de regalar volumen y sorpresas al final de la ecuación artística que le da vida, resulta favorable a su creatividad.

La joven curadora de la muestra, Laura Arañó, ha sido capaz de subrayar en cada uno de los trabajos esa forma en la que Choco puede «descubrir vida propia e independiente en cada uno de los trazos, en sus óleos o en sus colagrafías», como ella expresa en las palabras introductorias del catálogo de la exposición.

Los muros que se ven reflejados en muchas de sus piezas «vienen de la realidad que me rodea en el Taller Experimental de la Plaza de la Catedral. Es una zona “amurallada” donde habitan los carmelitas, tierras, ocres, de los que subjetivamente se transparentan vida y tiempo, todo eso está en mi trabajo», explicó el artista en una entrevista hace muchos años. Desde principios de los 8O, y luego de pasar por series como Macheteros (en la que hacía una fusión con los mambises), y la de su etapa en Angola (le permitió recrear en sus obras la mujer africana y llegar a una composición más sintética, con figuras que poseían un valor simbólico), Choco inició una etapa que se proyecta hasta hoy, en algunos rasgos, y en la que enriquece los elementos del grabado y el dibujo.

Precisamente de estas mujeres que le cautivaron la imaginación en el lejano continente africano hay ejemplos en esta muestra —Guinguindo, un políptico (linografía y tinta china)—, que llegan con nuevas pinceladas de color que las hacen más actuales en el tiempo, oleadas artísticas que regresan, para recordar.

Él incluye también muchos tipos de texturas y composiciones abstractas en las que a veces aparecen signos utilizados alguna vez cuando era estudiante. Cuando dibujaba con tinta china en los 😯 se inventó un instrumento (con cepillo de diente) que daba la sensación de los espatulazos utilizados ahora en la colagrafía. Técnicamente, no ha habido un divorcio con los procedimientos, la manera de decir lo ha cambiado descubriendo otros materiales con nuevos instrumentos de trabajo.

Solo que los temas se han reactualizado. Esta exposición resulta un alto en el camino, para recordar/reflexionar desde el hoy. Es una sabia mezcla de vivencias/realidades plasmadas en su quehacer, en el que tienen cabida el folclor, los sentimientos del hombre… Se mueven conceptos y símbolos que evolucionan. Hay también signos de abstracción, pues aunque su obra es figurativa, la raíz es abstracta. Y, sobre todo, baraja en el misterio del grabado su memoria, la investigación…, resaltando su vida en las obras con los pies en la tierra.


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