Esperanza aplaude a la esperanza

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Esperanza aplaude a la esperanzaGuantánamo.- Desde el balcón de su humilde hogar en el guantanamero municipio de El Salvador, Esperanza Olivares Fernández también aplaude noche tras noche a los médicos y a los miles de compatriotas que dentro y fuera de Cuba, muchas veces de manera anónima, enfrentan la Covid-19.

Ella es una septuagenaria con miles de razones para sumarse al reconocimiento a la medicina cubana. Desde hace algunos años Esperanza es hipertensa y padece una cardiopatía isquémica, que en par de ocasiones la llevaron al ingreso en la sala de cardiología del Hospital General Docente Dr Agostinho Neto de Guantánamo.

Allí, como miles de guantanameros, recibió una exhaustiva atención, le practicaron numerosos exámenes y suministraron carísimas medicinas -como las inyecciones de Heparina- unido a la realización, casi diaria, de electrocardiogramas y ecocardiogramas.

Según especialistas, el costo que en la actualidad tiene en el mundo un tratamiento cardíaco oscila entre los 35 mil y 45 mil dólares. Pero,  los cubanos no tienen que pagar ni un centavo, pues desde hace más de medio siglo, cualquier proceder médico de este tipo se recibe gratis en este país bloqueado y vilipendiado por el imperio norteamericano y las grandes transnacionales de la información, que al final son la misma cosa.

En los Estados Unidos o en la vieja Europa, sociedades donde sus realidades y modelos económicos se desmiembran hoy ante una pandemia que no cree en razas ni poderosos, un electrocardiograma cuesta más de 50 dólares o euros, un ecocardiograma convencional 250, el ecoestrés más de mil; y entre 2 mil 500 y 5 mil dólares la implantación de un marcapasos, esos imprescindibles aparatos estimuladores cardiovasculares que tanto nos niega el cruel bloqueo yanqui.

En la actualidad, Esperanza tiene su seguimiento por consultas periódicas y medicamentos como la Nitrosorbide, la Nitroglicerina y el Clopidogrel, tratamiento y proceder que mantenerlo cuesta una fortuna en cualquier lugar del mundo y que ella no podría costear ni juntando su chequera y los ingresos de su hijo.

Estas y otras miles de razones justifican con creces el aplauso de Esperanza, esa guajirita que en su niñez, la pobreza familiar que le rodeaba no le permitió el placer de jugar con una muñeca.

Ella se sabe dichosa de vivir en Cuba y es por eso que noche tras noche desde su balcón, Esperanza también aplaude a la esperanza.


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