El resultado no mancha la clase de buen fútbol

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El resultado no mancha la clase de buen fútbol

Cuba juega bien al fútbol. ¡Qué ganas tenía de decir algo así! Gracias Pablo Elier Sánchez por hacer felices a los cubanos. Es tu culpa que hoy miráramos para la cancha y no al marcador.

El fútbol es injusto. Eso lo sabe el actual estratega de los Leones del Caribe, cansado de soportar en silencio los embates y el pedido de un técnico extranjero por parte de aquellos que ven en lo foráneo las suculencias aparentes de lo bueno y lo bello. Elier respondió a todos con trabajo. 

El fútbol es injusto. Hoy Cuba mereció vencer a Curazao en el Guamuch Flores guatemalteco, pero el marcador y el árbitro no quisieron.

Al frente había un técnico extranjero, uno suculento, con nombre propio y patente de famoso y sabio. Guus Hiddink es un viejo lobo de los banquillos. Ese mismo sí, el del Madrid, el Valencia, el Chelsea y Holanda; el campeón de la Champions League. Sin embargo, el pinareño le dio un repaso con una selección en formación.

La Cuba que vimos fue una maquinaria, una caldera de presión que cortó la salida al contrario y asfixió desde el minuto uno a rivales que vieron como les llegaban desde todos los frentes.

Parecía cuestión de tiempo abrir el marcador: defensa alta, pelota controlada y rival contra las cuerdas daban fe de ello. Entonces llegó la primera prueba de fuego, un balón a las espaldas de la defensa que Leandro Bacuna, en posición muy dudosa, mandó a guardar.

Después de 10 minutos de superioridad arrolladora, el marcador venía cuesta abajo. Sin embargo, nada cambió en la cancha y el esfuerzo tuvo premio. Onel, el mejor de todos, tomó una pelota y metido en el área como una tromba se sacó un zurdazo de antología para vencer al portero y poner paridad en el marcador. Corría el minuto 28.

A esas alturas lo único parejo eran los números de la pizarra. Cuba dominaba cada aspecto del juego. Sin salida ni espacios, los curazaleños encontraron en el balonazo su única opción de acercarse al arco de Sandy Sánchez.

Joel Apesteguía no estaba en cancha por lesión. En su lugar corría Keko Fernández y el canto coral no desafinaba, la tesitura de los intérpretes de la mayor de las Antillas no dejaba escuchar la voz mermada de sus vecinos del Caribe.

El juego asociativo ya no era un compás fortuito y aislado, sino una idea clara y preconcebida. Las pelotas paradas venían con premeditación y alevosía para hacer daño, tanto que Paradela casi le arranca las manos de cuajo al portero enemigo con un obús teledirigido jugando al despiste una falta en la frontal.

Los chicos de Hiddink, superados en lo físico y lo táctico, debieron otra vez apuñalar por la espalda. Cuando el empate parecía poco, pero bueno para ir al descaso, llegó el 1-2 como un latigazo inmerecido y cruel.

El segundo tiempo comenzó con más de lo mismo. El acierto de Sánchez con la posición de Piedra en la contención otorgaba dividendos apreciables en la media cancha y las bandas se tornaban autopistas.

Entonces los visitantes dejaron el pudor donde mismo el principal olvidó las tarjetas y en complicidad ambos desterraron el fútbol de la cancha. 

Los Leones proponían, mientras sus rivales se encomendaron al reloj y desertaron del fútbol. Hiddink pedía la hora desde el 70 y sufría en el banco mientas intentaba acabar con el ritmo hasta lograrlo.

Elier intentó recuperar la intensidad, pero los cambios no trajeron lo que demandaba. A esas alturas los curazaleños, ya sin piernas, demoraban el juego con la complicidad espantosa del árbitro, quien cerró los ojos para no ver un codazo a la cara de Paradela dentro del área, mientras los abría de más ante un piscinazo de Bacuna. Se dedicó a charlar con Nooojer para perdonarle la amarilla hasta tres veces.

El silbatazo final dejó sensaciones encontradas. Las emociones del técnico cubano reviviendo un Baraguá frente a la displicencia de la cuarteta arbitral no manchan la clase de buen fútbol.

El partido de este domingo actuó como notario del divorcio entre el buen juego y el buen resultado. A muchos el 1-2 les preocupa poco cuando las esperanzas de jugar bien, de sentir orgullo de su fútbol, confirmaron su metamorfosis en realidad palpable.

Por 90 minutos se esfumaron Cristiano y Messi, Madrid y Barça, del imaginario futbolístico cubano. Por ese instante, pero no sólo, disfrutaron al fin los cubanos de su selección.

Y el hombre humilde y espigado que orquesta el coro en la pizarra y la banda inoculó en todos, con sapiencia y clase, la más dulce y osada de las ideas: sí se puede.

(Fuente: Jit)


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