Cuando la Covid-19 entra en tu vida

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Cuando la Covid-19 entra en tu vida

Guantánamo.- Por estos días del año pasado experimenté  las horas de mayor desasosiego de mi vida, la Covid-19 se había colado en mi casa.

No supimos cómo. Repasábamos una y otra vez las medidas que habíamos establecido desde hacía varias semanas: nadie entraba a llamar por teléfono, paso podálico en la puerta de la calle y sendos pomos con agua jabonosa y clorada, jamás salimos sin nasobuco, llegábamos e íbamos directo al patio a poner al sol la ropa, a lavar la mascarilla, las manos, los brazos… pero evidentemente, algo se nos escapó.

Mis síntomas fueron ligeros; amanecí con una leve secreción nasal y en la tarde una fiebre de 38. Tres días más tarde, cuando ni me acordaba de aquello -que fue cosa de un solo día- perdí el gusto y el olfato…

Vino la molesta prueba de PCR y la despiada demora del resultado -seis días después- que vinieron a darme sobre la 1 AM y ahí mismo mi mundo se vino abajo.

A pesar de haber sido ingresada en un lugar excelente, el Hospital Militar Central Dr. Luis Díaz Soto, donde a mi y al resto de los pacientes nos atendieron de un modo igual de excelente -desde el director que nos dio la bienvenida y nos deseó una pronta recuperación, el trato afable de las enfermeras y el enfermero, los médicos que nos daban ánimo y velaban por nuestra evolución, las auxiliares de limpieza que nos preguntaban cómo habíamos amanecido, la buena comida y merienda…-  no fue fácil para mí.

El Heberferón (recibí tres dosis, además de una tableta diaria de Kaletra) me dio desde fiebre de 40 (que jamás en mi vida había tenido) hasta escalofríos, dolor de cabeza y me disparó la presión arterial a mí, que soy hipotensa… pero no era esa la causa de mi pesar, lo que más me atormentaba era que les fuera a dar positiva la prueba a mi hijo y mi tía quienes esperaban en casa que les fueran a hacer el test dentro de cinco días.

Luché contra la depresión que me causaba esa idea con el apoyo de mis tres compañeros de cuarto, las enfermeras y los médicos, en particular el doctor Ramsés y el enfermero Roberto quienes me insistían en que el virus era como el imperialismo al que no se le podía dar “ni un tantito así… “ Tuve también el sostén de decenas de amigos de quienes recibía más de seis llamadas y mensajes diarios.

Finalmente, el PCR evolutivo dio negativo y al quinto día de nuestra estancia allí nos vinimos a casa luego de haber sido despedidos con aplausos por los trabajadores del hospital, gesto que nos sorprendió y emocionada les agradecí su trato, sus cuidados…

Pero no estaba feliz, la igual de extensa espera del resultado de los míos no me dejaba dormir, comer…hasta aquel domingo en que escuché el “negativo”.

Luego todo se fue tornando un poco más fácil, a pesar de los trastornos del sueño, la caída del cabello, los dolores musculares y la falta de apetito.

Pero las cosas se fueron complejizando en Cuba, en Guantánamo y lloré la pérdida de un amigo querido, de vecinos, hasta de desconocidos, lloré por la ausencia de medicamentos, por la falta de camas en las instituciones ante el voraz incremento de los enfermos, por el tremendo esfuerzo del personal médico que sufría del agotamiento pandémico y se mantenían dando todo, y más…

Y vinieron las vacunas, para mayor orgullo ¡las nuestras!, y fuimos saliendo de esa etapa.

Hoy, se vaticina en nuestro país un aumento del número de casos de confirmados diarios ahora por la variante Ómicron, estamos a las puertas de una nueva ola de contagios y si bien más del 90% de la población está vacunada y se avanza en la aplicación de la dosis de refuerzo, debemos ser conscientes de que las vacunas no hacen milagros, y ahí está el componente que debemos poner por cada uno de nosotros: actuar con mayor responsabilidad, a no confiarnos, como con el enemigo: “ni un tantito así.”

En mi familia teníamos diseñado un grupo de medidas -que hemos reforzado desde entonces- sin embargo, algo nos falló; en algún momento le dejamos al SARS CoV-2 una fisura y la aprovechó. Fuimos, somos afortunados de haber sobrevivido, pero justo por eso quise compartir con ustedes mi historia porque les confieso que, enfrentar una situación similar es algo de lo que, en el fondo, jamás te recuperas.


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