Trump prometió construir el río

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Trump prometió construir el ríoGuantánamo.- Hay una anécdota de la república tullida por la Enmienda Platt, la semi-colonia yanqui que inspira mucha nostalgia en pichones de batistianos como los hermanitos Díaz-Balart e Iliana “La loba feroz” Ros-Lehtinen, que sintetiza el paso atrás dado por Donald Trump en el proceso de normalización de las relaciones de los Estados Unidos con la Cuba actual, la de la dignidad y la independencia.

La anécdota habla de un politiquero que en acto proselitista en un pueblo perdido de la Isla, en medio de una campaña electoral, entre muchas promesas a los votantes ofreció construir un puente si era elegido. Cuando le espetaron que no había río para erigir el puente, entonces respondió que se construiría el río.

Así es la promesa hecha por el #unpresidented al grupito de mafiosos gusano-yanquis que lo aplaudió hasta el delirio en un teatrucho de triste nombre, en Miami, cuando firmó la orden presidencial con la que devuelve las relaciones bilaterales a la era de la guerra fría.

La llevada y traída política de Trump hacia Cuba por varias razones es tan absurda como ridícula y, además, controvertida y confusa.

Absurda porque es una versión de las que llevaron a la derrota a diez administraciones yanquis anteriores y terminaron aislando a EE.UU. en los concerniente a La Habana.

Pero Trump es un tipo contumaz y piensa, o al menos hace creer a sus acólitos gusano-yanquis de la Florida, que con apenas unos meses en el poder será capaz de vencer al pueblo cubano y su Revolución, que viven el año 59, parafraseando al Ché, de ser realistas y hacer lo imposible, resistir a pie firme y vencer el asedio del imperio.

Una aclaración necesaria. Apelamos a lo dicho por el líder histórico de los cubanos, Fidel Castro, en el memorable discurso del 17 de noviembre de 2005: “Cuando digo imperio no digo pueblo norteamericano, entiéndase bien. El pueblo norteamericano salvará muchos de los valores éticos, salvará muchos principios que han sido olvidados, se adaptará al mundo en que vivimos, si este mundo puede salvarse y este mundo debe salvarse”.

Ridícula la movida de Trump porque eso mismo intentaron JFK con la inmoral orden ejecutiva del 7 de febrero de 1962, con la cual impuso el criminal bloqueo; Reagan recrudeciéndolo e incluyendo a la nación caribeña en la infame lista de Estados patrocinadores del terrorismo (entendido según el cínico criterio de Washington) o Clinton, aprobando cobardemente las leyes Torricelli y Helms-Burtón.

Se conoce la historia. Fracasaron. Obama fue más inteligente y optó por desecharla, aunque sin cambiar el objetivo de vencer a la Revolución.

Controvertida la directiva del #unpresidented por desoir la opinión mayoritaria de los propios norteamericanos y los cubano-americanos, entre los que es más popular la apertura a la Isla del ex-mandatario que la nueva “mano dura”, asumida por el actual inquilino de la Casa Blanca para recompensar, como dicen en el propio Miami, a Marco Rubio y Mario Díaz-Balart, quienes le echaron una mano para desarmar el Obamacare.

Incluso es paradójica porque atenta no solo contra el pueblo cubano, sino además contra los intereses de los estadounidenses en favor de la minoría gusano-yanqui que en EE.UU. pretende devolver a la Isla a la condición de esclava de antes de 1959, empujando a Washington a hacer lo que no pueden por cobarde, terrorista, ilegítima y desacreditada.

Base mirar a quienes rodearon a Trump cuando firmó su derrota anunciada ante Cuba: los vejetes recalcitrantes de la brigada mercenaria humillada en Playa Girón, de Posada Carriles, el asesino de Barbados; la esposa de un sargento torturador de la dictadura de Batista o el hijo del asesino del extraordinario Frank País García.   

En su propia concepción es tan confusa que se ha ganado @realDonaldTrump las críticas de muchos de los anticubanos de Miami, quienes lo acusan de no hacer la completa reversión del deshielo con Cuba promovido por Obama, pues no afecta a las industrias de las aerolíneas y de los cruceros, ni restablece la política de “pies secos-pies mojados”.

Le echan en cara, por ejemplo, que las nuevas reglas obligan a los norteamericanos viajar a la Isla en grupos organizados por operadores de giras u organizaciones aprobadas por el Departamento del Tesoro, eliminando los viajes independientes que consideran el “verdadero intercambio entre pueblos”, en otras palabras, la forma más expedita y solapada de tratar de influenciar en los cubanos transmitiéndoles de tú a tú los valores norteamericanos.

La respuesta de Cuba era la de esperar. Condena, firmeza, unidad, determinación. Ha sido, es y será la forma de enfrentar con éxito al asedio del imperio más poderoso jamás conocido sobre la faz de la tierra. Quienes olvidaron eso pasaron al listado de los fracasados, nos dijo más de una vez Fidel Castro.

En este asunto una frase dicha en Viena por Bruno Rodríguez Parrilla, ministro cubano de Relaciones Exteriores, resulta lapidaria: “No será una Directiva Presidencial de Estados Unidos la que pueda torcer el rumbo soberano de Cuba”.

De ahí nuestra afirmación de que Trump, tan bocón y demagogo como el politiquero criollo de la anécdota, prometió el absurdo de construir el río.

 

 

 


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