El alto precio de una mentira

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Cerca de las tres de la tarde arribamos al punto de control en frontera, ubicado en la división entre dos provincias cubanas. De inmediato nos detenemos y nos dirigimos al área señalada, donde la primera interrogante tras el saludo es: «¿de dónde vienen?».

Conocedores del riesgo que enfrentamos y a sabiendas de lo que implicaría entrar a la ciudad si estuviéramos infectados, con transparencia declaramos nuestro lugar de procedencia lo que, por decisión del Consejo de Defensa Provincial en función de evitar la propagación del virus, era sinónimo de aislamiento.

La sola mención de esa palabra provoca frío en el estómago, para qué decir lo contrario, pero trae aparejada la tranquilidad de «no ser yo» quien rompa la estabilidad epidemiológica de un territorio.

Por los constantes llamados a la responsabilidad, por respeto a los esfuerzos de un país que no descansa, por propio instinto de protegerse a sí mismos y a los demás, pensé que las personas que viajaban en los vehículos con los que nos habíamos cruzado en el trayecto y cuyo destino era el mismo, también serían transparentes pero, para mi asombro, desfilaron uno tras otro por el lugar y varios, evidentemente, mintieron.

Así de triste. Unos ocultaron la información del lugar del que provenían y otros negaron que era esta provincia el destino final de su viaje. Todo, con el objetivo de evadir la vigilancia, sin medir las consecuencias de sus actos.

Tratándose de un virus mortal y tan contagioso, con un número tan alto de asintomáticos confirmados, quién puede, con plena seguridad, después de haber estado en un lugar donde existe contagio, afirmar que está sano. Creo que es una decisión muy arriesgada y, lamentablemente, no solo afecta a quien la toma, sino a otras personas que no tienen por qué verse expuestas.

El precio de una mentira puede ser la infección de familiares allegados e incluso la posibilidad real de perderlos; puede ser la transmisión en una comunidad y la consiguiente cuarentena, la movilización de recursos materiales y humanos en función de contener la propagación del virus. Sumémosle a eso el enfrentar el peso de la ley por convertirse en deliberados propagadores de la enfermedad creyéndose sanos y apostando por eso.

Cuba cuenta con un plan de enfrentamiento a la COVID-19 que ha demostrado ser efectivo. Esta Isla, en medio de profundas limitaciones asociadas a la situación global y a otra enfermedad sin precedentes, el odio visceral del imperio estadounidense, no ha escatimado esfuerzo alguno en función de proteger la salud y la vida de su pueblo.

Sin embargo, la única manera posible de contener este rebrote y retornar a nuestra estrategia de recuperación es que cada familia cubana, cada persona, se comprometa desde el ámbito individual de su conciencia con ese bien mayor.

Hagamos esa parte del deber que se nos pide, esa que en materia de sacrificio no se equipara al esfuerzo de aquellos que encaran al virus para salvar una vida, al desvelo de los que tienen que pensar cada día cómo mantener a flote la producción, la economía, porque hay que alimentar a 11 millones de cubanos y satisfacer sus necesidades básicas.

De cada uno depende no llevar en la conciencia el peso de una mentira y nadie tiene el derecho de sumar ese peso a las espaldas de todo un país.

Tomado de Granma


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