Guantánamo.- Transforman el pesar en alegría, arrancan la sonrisa más escurridiza, son razón, desvelo, premio infinito a los avatares diarios, el aliciente sin par. Me encanta verlos en mi barrio jugando por doquier, en la escuela, compartiendo sueños y confidencias, con sus caritas que “no rompen un plato pero sí una vajilla completa”, como dijera cualquier cubano.
Derechos humanos, ¿al derecho?
Subiéndose a una mata, mientras lloran cuando la enfermera del Consultorio o el Policlínico les proporciona una de las 13 vacunas que los protegen contra enfermedades mortales; demostrando sus dotes de artistas o deportistas, hasta reclamando a sus padres los derechos que bien conocen y reposan en la Convención que los respalda.
Son los niños de mi país, la Mayor de las Antillas, la Cuba tan cuestionada por quienes no aceptan, por ejemplo ahora mismo lo que dice la UNICEFF en su último informe titulado “Progreso para la Infancia un Balance sobre la Nutrición”, “Cuba es el único país en América Latina y el Caribe sin desnutrición infantil”, y que resalta además, “el Estado Cubano garantiza una canasta básica alimenticia y promueve los beneficios de la lactancia materna.”
No pretendo hacer una oda a los derechos que goza la infancia de mi país, ni siquiera comparar a ultranza su realidad con la de sus similares en otros límites geográficos, pero sí recordar que aquí son el bien más preciado para la familia, el Estado y la sociedad en general. Como dijera el Héroe Nacional José Martí, “para los niños trabajamos…, porque ellos son la esperanza del mundo.”
Cuando el orbe se sucumbe en la crisis más violenta quizás, la desigualdad abunda y la pobreza se entroniza y crece como mala yerba, la infancia cubana no tributa a los más de 146 millones de niños menores de cinco años con problemas graves de desnutrición, actualmente existentes en él. Tampoco a las estadísticas del trabajo infantil, imprescindible en varias naciones para supervivir.
Algo debe estar sucediendo cuando a pesar del genocida bloqueo económico, comercial financiero de Estados Unidos contra Cuba, esta última sigue siendo ejemplo para muchos, en especial su infancia, sana y alegre, que disfruta de parques, campamentos, ludotecas y otras tantas instalaciones construidas para su esparcimiento y formación para la vida.
Mientras en Latinoamérica, África y hasta en países de Europa, el analfabetismo permanece como una pesadilla, aquí, un pequeño con no más de 11 o 12 años recibe su certificado como graduado de sexto grado.
Yo insisto en que todo el que tenga el deseo de conocer la verdad cubana se llegue hasta esta Isla y converse con un niño, será la expresión concreta y más certera de esa realidad, tantas veces tergiversada y ultrajada.
Los niños de mi país sonríen, desconocen las drogas aunque los más grandecitos sí saben los daños que pueden acarrear; imaginan ser médicos, ingenieros, enfermeros, constructores, artistas, deportistas…, un aluvión de futuro y presente los hace soñar en un mundo que puede ser mejor cada día, por el que sus padres, abuelos han luchado y luchan, con la entereza de no perder ¡jamás!, la recompensa de sus sonrisas.











