Guantánamo.- Casi todas las semanas inspectores, operarios, estudiantes de medicina, en fin, factores de salud pública más cercanos a la comunidad, recorren miles de viviendas de Guantánamo, incluso en sus sitos más apartados, para controlar la propagación del agente trasmisor de la fiebre amarilla y el dengue, padecimientos que matan.
A pesar del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los sucesivos gobiernos norteamericanos a la Isla, el estado no escatima recursos para mantener la salud de la población y evitar se propaguen enfermedades tan siniestras, como las que puede ocasionar un ser vivo tan peligroso.
El trópico es el hábitat ideal para el vector y en muchos países del área el endemismo del padecimiento que es capaz de ramificar ese insecto, no es casual. Las altas temperaturas y humedad relativa propician la procreación del mosquito Aedes aegypti.
Es por eso que tributando honor a quien honor merece cada 3 de diciembre se rinde homenaje al verdadero y único descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla: el cubano Doctor Carlos Juan Finlay Barrés.
Cada año, con la conmemoración del natalicio de este sabio, se celebra el Día de la Medicina Latinoamericana y del Trabajador de la Salud, lo cual constituye un motivo de orgullo para los nacidos en esta tierra.
Historiadores médicos aseguran que hurgar en la obra de Finlay representa una sorpresa, motivada por la riqueza y potencialidad de su pensamiento teórico, en el que se advierte una ruptura permanente con la sustentación empírica de la medicina de su tiempo e, incluso, de la modernidad.
Hay quienes en un intento por suplantar la clásica tradición académica de empezar por el aspecto biográfico, han abierto ensayos con la visión de la obra de este gigante, nacido el 3 de diciembre de 1833 en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, en lo que fue su presupuesto: “la subversión del concepto del contagio de las enfermedades denominadas epidémicas y, posteriormente, infectocontagiosas”.
Refrendan los citados materiales que lo que Finlay se propuso fue el modo de extinguir la enfermedad de la fiebre amarilla como un primer paso para ulteriores investigaciones, es decir, no sólo sobre su modo de propagación, sino también sobre sus dos vertientes: la inmunización y los métodos o las reglas para las campañas sanitarias de erradicación.
Continúa exponiendo que el contenido del trabajo que expuso en 1881 en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, lo cual se consideró un milagro, fue el resultado de una investigación científica bien concebida, que constituyó su primera y más conocida praxis: la transmisión del mal por intermedio de un vehículo biológico, en este caso, el mosquito Aedes aegypti, con lo que sustituía, por un lado, a la vieja y desacreditada conceptualización del contagio de los humanos a través del contacto entre sujetos enfermos y sanos y, por otro, a la que estaba en boga en su tiempo que era la miasmático-anticontagionista.
Por razón de su descubrimiento, ciudades tropicales como La Habana, antes cuna de mayor insalubridad, se convirtieron en las más saludables del planeta y a ellas siguieron luego todas las del trópico, donde se produjo un notable aumento de su coeficiente de habitabilidad.
Los resultados de su trabajo científico, a la vez que libraron al mundo del terrible azote, sentaron las bases para el estudio de epidemias como las del paludismo, el dengue, la enfermedad de Chagas y otras.
Si Finlay hubiera escogido el camino de la búsqueda del agente patógeno, no habría alcanzado el éxito con el que coronó su labor; tampoco habría podido identificar el virus causante de la enfermedad ni recomendar medidas para su erradicación, pues los medios de investigación existentes en su tiempo en todo el mundo eran impotentes ante la tarea de reconocer adecuadamente un virus o de elaborar una vacuna contra estas afecciones.
El tiempo se ha encargado de demostrar que el conocimiento del vector biológico y la lucha contra el mismo, son cuestiones imprescindibles para el control efectivo de males como la fiebre amarilla.
El anuncio de la hipótesis del sabio y la posterior confirmación experimental de su doctrina, que se adelantó a la época y a los conocimientos generalmente aceptados por entonces, constituyen el hecho científico más importante ocurrido hasta ahora en Cuba, dada su trascendencia para la humanidad.
Por otra parte, esta nueva concepción del contagio a través de un vector biológico, significó un aporte de valor imperecedero al estudio de las enfermedades, pues de hecho colocó a la epidemiología sobre una base experimental.
Al rendir cada 3 de diciembre el merecido reconocimiento a Finlay, no se debe obviar su grandiosa actividad de investigación en otros terrenos de las ciencias médicas. A su papel de protagonista principal en la conquista de la fiebre amarilla, hay que agregar su valiosa contribución a la cirugía oftalmológica y la admirable diversidad y profundidad de su ejecutoria clínica, que abarcó apreciables y fructíferos estudios sobre la parálisis infantil, el tétanos del recién nacido, la tuberculosis, la fiebre tifoidea, la lepra, el bocio exoftálmico, la malaria y otros muchos males que azotaban a la población cubana en el siglo XIX.
Al nombre de Finlay y a los de sus más cercanos colaboradores está también asociado el primer intento de crear en Cuba un sistema de salud pública basado en la higiene y en la prevención de enfermedades.
Ese amplio universo donde el ilustre médico desenvolvió con tanto éxito su quehacer científico, ese vasto campo de actividades donde desarrollara su infatigable lucha por la vida, da fe de su excepcional talento, de sus acertados métodos de investigación y de su elevado sentido del deber profesional, el cual interpretó siempre como su compromiso más sagrado con la humanidad.
Finlay, al igual que Tomás Romay, Álvaro Reynoso y Felipe Poey, entre otros, dio un significativo aporte al desarrollo de las ciencias en Cuba y sentó pautas luego asimiladas por otras eminentes personalidades como Carlos de la Torre y Huerta, Antonio Bachiller y Morales, Joaquín Albarrán y Angel Arturo Aballí, por mencionar algunos, a los cuales los especialistas de hoy deben el basamento de sus conquistas.
Las concepciones de Finlay han quedado plasmadas en el actual sistema de salud pública cubano y han sido inspiración a las actividades de prevención de las enfermedades. Es por eso que, apoyados en los notables logros de la medicina cubana, los trabajadores de la salud se erigen fieles al legado de virtud profesional, de rigurosidad científica, de desinterés y de modestia del doctor Carlos J. Finlay en el aniversario del natalicio de esa eminencia de la Medicina Latinoamericana











