Guantánamo- El caserío de Cumberland, en el actual municipio de Niceto Pérez, en las inmediaciones de la bahía de Guantánamo, en el suroriente de Cuba, es el único indicio que evoca vagamente al acontecimiento histórico.
Nombre nada criollo y sí muy inglés, pues es como Sir Edward Vernon bautizó a una pretendida colonia que le sirviera de base de operaciones para asaltar por tierra a la amurallada Santiago de Cuba y lograr para el incipiente imperio británico el dominio de las rutas comerciales que atravesaban al Caribe y Las Bahamas. Hace 270 años atrás, en diciembre de 1741, el almirante anglosajón se retiró de la rada, dando fin a un episodio dramático y que constituyó su segunda gran derrota en el Mar Caribe.
Los historiadores cubanos afirman que tras de sí, Vernón dejó los restos de más de mil hombres, entre jefes, oficiales y soldados, enterrados en algún cementerio que no ha sido descubierto, en las proximidades de la ensenada.
La aventura había comenzando a gestarse con la pérdida de la ciudad y el fondeadero de Port Royal, la sede del gobierno británico en Jamaica, destruidos por el gran terremoto del 7 de junio de 1692. Fueron infructuosos los intentos posteriores de reconstruir el sitio y el gobierno colonial se vio obligado a trasladar la actividad comercial hacia el puerto de Kingston.
En la época constituía para Londres una prioridad el disponer de plazas fuertes en tierra firme en el Golfo de México, que querían convertir en propio y en el que ya disponían de algunas islas, siendo Jamaica la principal de ellas.
Decididos a arrebatar la hegemonía a España en el comercio desde América, el rey Jorge II declara la conocida como Guerra de la Oreja de Jenkins, en octubre de 1739. El motivo adicional es apoderarse de los inmensos recursos naturales del Virreinato español de Nueva Granada, formado por los actuales territorios de Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador, así como regiones de Perú, Brasil y Guyana.
La misión es encomendada al almirante Vernón para lo cual reúne una escuadra de 186 buques, con dos mil cañones, y donde viajan 27 mil 600 hombres, entre marineros e infantes. A principios de marzo de 1741, la formidable escuadra fondeó junto a la costa de Cartagena de Indias, la ciudad más importante del Caribe, a la que llegaban todas las mercancías del comercio entre España y sus posesiones americanas, incluyendo los tesoros extraídos de las minas peruanas.
Pero Blas de Lezo, el teniente general de la Armada española, hace a Vernon y al imperio británico sufrir una derrota tan vergonzosa, que el encolerizado rey Jorge II ordena que no se divulgue y constituya un secreto de Estado.
Humillado en Cartagena de Indias, el almirante británico decidió invadir a la bahía de Guantánamo y, desde allí, por tierra, tomar a Santiago de Cuba, la segunda ciudad más importante de Cuba, algo que le hubiera sido difícil lograr por mar dado el magnífico sistema de fortalezas que la defendía.
Pensando en sería algo cómodo, dada la escasa presencia de población en los alrededores, Vernon desembarca en la rada con seis mil invasores para establecer allí una base de operaciones desde donde avanzar hacia la cercana capital oriental.
Establece su cuartel general en Mata Abajo, a unos 20 kilómetros al sur de la actual ciudad de Guantánamo, inexistente en aquellos momentos; fortifica Playa del Este, junto a la entrada de la bahía, para defenderse de cualquier ataque español desde el mar, y funda la villa de Cumberland. Entre los usurpadores hay 600 colonos norteamericanos. Uno de ellos es Lawrence, hermano mayor de George Washington, que viene como capitán de los infantes de marina en el buque insignia de Vernon, el “Princess Caroline”, un navío de 80 cañones.
Pero el avance por tierra hacia Santiago de Cuba, que le parece fácil al almirante británico, se convierte en el suplicio de los invasores. Informadas las autoridades de la ciudad sobre el mortal peligro, a la zona de inmediato envían a tropas regulares españolas, a las que les llegan pronto refuerzos de milicias criollas de Trinidad y Sancti Spíritus, y de indios de Jiguaní y Manzanillo.
Pero la resistencia primera, feroz y decidida, la protagonizan los vecinos del hato de Guantánamo, en el hoy municipio de Niceto Pérez, y de San Anselmo de los Tiguabos, el poblado más importante entre las jurisdicciones de Guantánamo y Santiago de Cuba.
Los capitanes de partido Pedro Guerra y Marcos Pérez, organizaron las milicias locales, integradas por blancos, mestizos, indios y esclavos, y defendieron con denuedo a la patria local, la tierra donde nacieron.
De Marcos Pérez, su tatarabuelo, es que hereda su valentía y amor al terruño el mayor general Pedro Agustín Pérez, la principal figura patriótica de Guantánamo en las guerras por la independencia, del siglo XIX. El 8 de agosto de 1741, es decir, 127 años antes que incendiaran a Bayamo, la primera capital de la revolución en Cuba, los vecinos de Tiguabos protagonizan el hecho insólito, poco conocido y destacado en la historia nacional, de quemar el poblado e irse al monte en masa, ante el avance de los “casacas rojas” ingleses.
En el enfrentamiento a los invasores, los guerrilleros locales emplean ataques sorpresivos, emboscadas y hostigamientos nocturnos, aprovechando las ventajas del terreno que les es familiar. Incluso se adelantaron 21 años a José Antonio Gómez Bullones en el uso del humilde machete de trabajo como arma letal contra los conquistadores.
El alcalde mayor de la villa de Guanabacoa, el héroe de la resistencia popular contra los ingleses durante la toma de La Habana, debe su fama por ser hasta ahora señalado como el precursor de las cargas al machete que en el siglo siguiente protagonizarían los cubanos en sus gestas emancipadoras. Aliados de los defensores fueron el calor y las condiciones pantanosas en buena parte de las riberas de la bahía, con la consiguiente presencia de enjambres de mosquitos e insalubridad.
Pronto la fiebre amarilla hizo también sus estragos entre las filas británicas. Agobiado por los enconados ataques de sus adversarios y las enfermedades, Sir Edward Vernon admite su derrota y se retira de la bahía de Guantánamo, en un mes de diciembre, hace 270 años. La truncada grandeza del triunfo anhelado ha quedado reducida a la humildad de un caserío que eterniza, no se sabe cómo, ni por qué, el nombre de Cumberland.











