Guantánamo.- Las personas que asistieron a aquel nacimiento, el 18 de noviembre de 1836, en el sureño pueblo de Baní, en República Dominicana, tuvieron el privilegio de ver la llegada a la vida de Máximo Gómez Báez, en el que convergieron extraordinarias cualidades de jefe y estratega militar, con las de hombre bonachón, tierno y amantísimo padre de familia.
La madre de Gómez no quería que él fuera soldado, sino que vistiera los hábitos de sacerdote y, por lo tanto, no dejaba que su hijo saliera de Baní. Quien lo crió fue el cura de la parroquia.
Por tal razón fue un campesino banilejo, sin acceso a las ideas que se generaban en la capital dominicana, en el gran colegio de San Buenaventura Báez, donde se reunía lo que más brillaba de la intelectualidad de su patria de nacimiento, sobre todo la que estaba más cerca de las ideas patrióticas de Juan Pablo Duarte, el Padre de la Independencia quisqueyana.
En ese medio se desenvolvió su infancia, con una formación autodidacta, con una inteligencia natural que lo empujó a leer mucho, en especial libros de Historia.
A los 16 años Gómez se unió al ejército dominicano en la lucha contra las invasiones haitianas de Faustine Soulouque logrando obtener el grado de alférez.
Su conservadora formación explica, en parte, por que luchó con las tropas anexionistas en la Guerra de Restauración Dominicana.
Esa posición política cambiaría radicalmente cuando emigró con su familia a Cuba, en 1865, como oficial de caballería del ejército español.
En su otra patria, la de su devoción y entrega, encuentra un escenario diferente y una institución que no conocía: la esclavitud, eso que Martí llamó “la gran pena del mundo”. Ve cómo azotan sin piedad a un esclavo, y deja constancia de que esa noche no pudo dormir.
No comprendió la esclavitud, porque él se crió al lado del negro y del mulato. No podría concebir que azotaran a un hombre encadenado que no había cometido ningún delito.
Tal es el impacto en su espíritu que se incorporó a actividades conspirativas en el poblado de El Dátil, donde vivía de la tierra, en la entonces jurisdicción de Jiguaní.
Cuando conoció el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, que se anticipó a la fecha acordada, decidió alzarse en armas, junto a sus amigos de logia y, “(…) por el amor a los negros (…)”, según consta en su diario.
Se unió al Ejército Libertador cubano con el humilde grado de sargento, conferido por el poeta José Joaquín Palma, a quien cabe el honor de haber descubierto para la historia y el arte militar cubanos, latinoamericano y universal al Generalísimo.
Soldado leal y entusiasta de la justa causa de un pueblo noble, como él mismo se consideraba, Máximo Gómez llegó a Bayamo cuando esa ciudad ya estaba rendida a las fuerzas cubanas.
“¡Para mandones, sobramos¡”, dice Donato Mármol cuando Céspedes envía al dominicano a unirse a sus fuerzas. Dudaba de la capacidad militar del recién llegado, pero muy atinado estuvo aquel oficial que instó al inexperto jefe mambí a aceptarlo.”Ya ves, Céspedes dice que el hombre sabe y nosotros de guerra sabemos muy poco, deja que nos dirija”, alega.
Conocedor de la marcha sobre Baire del coronel español Quirós con un centenar de hombres, por fin Mármol se determinó a poner su confianza en Gómez, ordenándole: “usted mandará nuestra vanguardia, escoja 200 hombres y disponga lo necesario”.
Muy pronto, al frente de bisoñas guerrillas campesinas, el bravo dominicano se hizo sentir. El 26 de octubre de 1868 por primera vez centellearon los machetes cubanos en acción libertadora.
El uso del machete como arma de guerra, su particular esgrima y más tarde la carga de caballería con el machete, fueron los primeros de los muchos legados tácticos de Gómez a la lucha de los patriotas cubanos. La escasez de armas de fuego modernas y de municiones hizo muy popular esta táctica.
Famosa es la anécdota de los primeros meses de guerra, en que un soldado mambí preguntó si eran tres las balas asignadas a cada hombre. En respuesta, Gómez retiró una bala de cada canana o bolsa, dejando sólo dos y explicando que era "... un tiro para ablandar al enemigo y dar la carga al machete, así que todavía tienen uno de sobra..."
El hombre que dirigió la primera carga al machete de los cubanos y que hizo cundir el pánico entre las fuerzas españolas, llegó a ser el Generalísimo del Ejército Libertador. Después de esa victoria vendrían otras muchas que lo convirtieron en una leyenda viviente.
Durante la Tregua Fecunda, tras el oprobioso Pacto del Zanjón, Gómez se retiró con su familia a Jamaica, donde sobrevivió gracias a la ayuda de amigos.
Posteriormente, se trasladó a Costa Rica, donde restableció el contacto con Antonio Maceo y hasta donde llegó José Martí para sumarlo a la labor organizadora de la Guerra Necesaria.
El Viejo de Hierro aceptó sin reservas la dirigencia de Martí, cuya extraordinaria visión política y excepcional personalidad de líder aunar a pinos viejos y nuevos para el alzamiento emancipador del 24 de febrero de 1895.
Prueba del profundo pensamiento político de Gómez, cultivado a la fuerza, que se fortaleció y radicalizó en medio de los disparos del enemigo y al galope de su cabalgadura, es su firma junto a la de Martí del histórico Manifiesto de Montecristi, donde se expresa su ideología de independencia y de que la guerra no era contra los españoles, sino contra las autoridades coloniales de España en Cuba.
También deja explícito el carácter popular y democrático de la lucha y de la República a ser fundada, una "República con todos y para el bien de todos", rechazando cualquier desviación o interpretación de la causa como guerra racial, pillaje o aventurerismo.
El dolor y la ternura del Napoleón de la guerra de guerrillas, como lo llamaron en un momento de su vida, afloran en 1897, al rendirle honores a su hijo mambí, caído en combate un año antes, junto a su jefe Antonio Maceo.
“Murió mi Panchito amado, murió feliz, sin venir: mis brazos se quedaron abiertos, esperándolo, porque así lo dispuso el destino. Descanse en paz, héroe feliz, flor de un día que esparció su perfume entre los suyos, siempre te estaremos llorando y la juventud cubana, tus compatriotas y la juventud dominicana, regarán flores de guerrero encima de tu tumba gloriosa, mientras en tu hogar, que tu eterna ausencia ha dejado desolado y triste, eterno será tu duelo”, escribe con tristeza.
Menos enaltecida que su figura como militar excepcional es la dimensión ética y el pensamiento del hombre que con desinterés sublime rechaza la presidencia de Cuba, ofrecida en bandeja.
En este aniversario 175 de su natalicio, alcemos nuestras voces para afirmar que, por siempre, viva Gómez, el Generalísimo.











