Los recuerdos de aquel aciago día los acongojan y a la vez les despierta la indignación quizás dormida, pero jamás apagada.
Lara y Piquera son fundadores de la Brigada de la Frontera, una unidad creada inicialmente como batallón el 9 de noviembre de 1961, para custodiar el perímetro fronterizo con la ilegal base naval norteamericana que usurpa territorio nacional en la bahía de Guantánamo, en el oriente de Cuba.
Desde hace algún tiempo reina la distensión en los límites con enclave impuesto a la Isla por la Enmienda Platt, pero en 1966 era muy distinto.
La base era entonces centro para la organización y realización de agresiones y provocaciones, así como de apoyo a las actividades contrarrevolucionarias en la zona. Allí también encontraban refugio los que abandonaban ilegalmente el país por esa zona.
“Al principio nos gritaban palabrotas, lanzaban piedras o incitaban a la deserción mostrándonos mujeres en ropa interior o colocando pomitos de perfume en la línea de demarcación, en la entrada principal de la base”, recuerda Piquera, quien fue jefe del pelotón que custodiaba el lugar.
Las postas se realizaban en posiciones cercanas a la cerca perimetral que delimita el territorio usurpado por la instalación naval. En ese contexto, es que sucede la Crisis de Octubre o de los Misiles, en 1962, cuando son reforzadas las fuerzas acantonadas en el ilícito enclave.
A principios de 1964 ocurren la llamada crisis del agua, cuando el Gobierno revolucionario cesó el suministro a la base, debido al secuestro de pescadores cubanos por buques de guerra yanquis, en aguas internacionales. En represalia, se ejecutó el despido masivo de cubanos que laboraban en la instalación naval.
“Cuando vieron que no lograban rendir a la Revolución, entonces pasaron a la agresión directa”, señala Jesús Lara Batista, entonces jefe de instrucción militar del todavía batallón de la Frontera.
Los disparos efectuados desde la base hirieron primero a varios compañeros, hasta que el 19 de julio de 1964 es asesinado el soldado Ramón López Peña, hecho que causó profunda indignación. No sería el último.
El 21 de mayo de 1966, el combatiente Luis Ramírez López es ultimado por una bala disparada desde el camión que transportaba el relevo de los marines, cuando pasaba frente a la posta cubana. El muchacho de 22 años cumplía su servicio de guardia, frente al límite este del ilegal enclave. Fue duro para sus compañeros.
“Eso enfureció a la tropa, pues era el segundo compañero que veíamos asesinar por una agresión desde la base, en menos de dos años”, afirma Piquera.
El gobierno yanqui intentó justificar el crimen diciendo que seis soldados cubanos se habían infiltrado en la base. El propio Secretario de Estado, Dean Rusk declaró cínicamente que Estados Unidos protestaría ante el gobierno de Cuba por la supuesta penetración.
“…los cubanos tienen que parar estos incidentes permaneciendo fuera de la zona, porque esto será lo mejor para todos los interesados…”, llegó a proferir el funcionario imperial.
Para desenmascarar la patraña yanqui, el 26 de mayo de 1966 periodistas extranjeros visitaron el lugar del hecho, invitados por el Gobierno revolucionario.
“Con sus propios ojos pudieron apreciar la casamata donde cayó Luis Ramírez López y ver que era casi imposible penetrar en la base”, señala Rafael Piquera Soa. Lo impedían tres cercas, de dos metros de alto y con hasta 18 pelos de alambre de púas, así como un campo minado por los yanquis.
La dirección de la Revolución comprendió de inmediato que detrás del asesinato de Luis podía estar una agresión mayor.
Por eso, el entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, comandante Raúl Castro, viajó hasta Guantánamo y se reunió con el jefe de la ya convertida en Brigada de la Frontera, comandante Demetrio Montseny, Villa, y el jefe del segundo batallón de infantería, primer teniente Jesús Lara Batista.
El encuentro fue en la jefatura del batallón, en la localidad del Acueducto, a unos 30 kilómetros al este de la ciudad de Guantánamo, conocida así porque allí se encuentra la estación de bombeo que suministraba agua del río Yateras al enclave usurpador.
“Nos habló de que había que mantener la calma y no responder a la provocación, porque no se podía poner en peligro a la Revolución, ni al pueblo, que eran lo más sagrado”, rememora Lara. “Aún así, los jefes y los instructores políticos tuvimos que hacer un trabajo fuerte con la gente, porque estaba enfurecida y dispuesta a lo que fuera”, enfatiza.
La decisión de permanecer serenos, pero firmes frente al enemigo, se ha mantenido, pues mientras no logremos la aspiración legítima e irrenunciable de recuperar el territorio usurpado por la base yanqui, nuestra posición es evitar incidentes en la zona limítrofe.
En el cumplimiento de esa misión, fue asesinado Luis Ramírez López, una víctima del terrorismo de Estado del gobierno norteamericano contra Cuba.











