Guantánamo.- Los cubanos tenemos el privilegio de exhibir sin dudas los mejores indicadores educacionales de toda Latinoamérica, comparables y superiores algunos a los de países del primer mundo.
El arsenal cultural de este país atesora nuestras tradiciones, costumbres y está enriquecido por las más diversas manifestaciones artísticas, las que disfrutamos a plenitud y con libre acceso, muchas veces gratis.
Desde pequeños en las escuelas se nos enseñan materias de las ciencias naturales, exactas y sociales, empezamos a descubrir el mundo en que vivimos y la sabiduría que ha desarrollado. También se nos educa bajo los mejores principios.
Y es aquí donde quiero detenerme; sucede que no basta tener instrucción si nuestro comportamiento social no respalda con creces todo el esfuerzo que por tantos años se nos ha entregado en materia de estudios, conocimientos y formación.
La manera en que nos conducimos es la expresión concreta de lo que somos.
¿Cómo entender entonces ciertos comportamientos de jóvenes y no tan jóvenes en presentaciones de grupos artísticos?, ¿de los que irrespetan la tranquilidad en el barrio o en cualquier otro espacio público?
¿Hacia dónde van a parar las más elementales normas de educación y la disciplina moldeada con esmero por la escuela cubana?
Dichas conductas resultan penosas y muy alejadas de nuestra idiosincrasia, sencillamente son inadmisibles.
La familia como célula fundamental de la sociedad tiene que tomar carta en el asunto, lamentablemente muchas veces se desentiende del problema, delegando sus responsabilidades a otros.
Los tiempos que corren exigen de orden, disciplina y control en todos los sentidos, por lo que habrá que adoptar medidas: enérgicas, eficaces y rápidas con quienes incurran en tales comportamientos, si queremos arrancar el mal de raíz.
El llamado nos ocupa a todos.











