Guantánamo.- Tras muchas horas de agonía, el 17 de octubre de 1948, fallecía Aracelio Iglesias Díaz, líder de los obreros portuarios de la capital del país, quien fue víctima de un atentado perpetrado por matones al servicio del presidente de la República, Ramón Grau San Martín, fiel guardián de los intereses navieros norteamericanos.
El día anterior a su muerte, y encontrándose reunido con otros luchadores sindicales en la sede de los obreros portuarios de la Empresa Naviera de Cuba, en La Habana, un grupo de pistoleros irrumpió en el local y descargaron sus armas contra ellos. Aracelio recibió cuatro balazos en la espalda pero logró identificar a los matones.
La muerte de este auténtico líder obrero había sido decidida por las empresas marítimas de Estados Unidos, las que de acuerdo con elementos sindicales corruptos y con la protección del presidente Grau, con la complicidad de Carlos Prío Socarrás, entonces ministro del Trabajo, pretendían convertir al Puerto de La Habana en el más barato del mundo, a costa del salario de los trabajadores.
Militante comunista desde 1931, Aracelio dirigió desde su sector la huelga que en1933 derrocó al tirano Gerardo Machado. Muchas fueron las conquistas del movimiento obrero portuario con su incorruptible líder a la cabeza, entre ellos el aumento de salario, el pago del descanso retribuido, el establecimiento de 44 horas de trabajo semanal y cobro de 48, la creación de la Casa de Socorros Mutuos, un consultorio médico, la caja de préstamos para los necesitados y una escuela nocturna para los obreros y sus hijos.
Elegido en 1946 Secretario General de la Federación Obrera Marítima del Puerto de La Habana, Aracelio se caracterizó por ser un dirigente de masas, de claro pensamiento antimperialista, inclaudicable en la lucha por intereses de los trabajadores y permanente enfrentamiento contra los explotadores, pandilleros y divisionistas del movimiento obrero.
El 19 de octubre de 1948, en el diario Prensa Libre aparecía publicada una denuncia del dirigente sindical Lázaro Peña, en la que condenaba el vil asesinato del líder portuario, baleado dos días antes por matones enviados por Carlos Grau, presidente de la República de Cuba, por ser un obstáculo insalvable en los planes del imperialismo yanqui.











