Guantánamo.- Cuba y Fidel Castro dieron un ejemplo de determinación extraordinaria en los días gloriosos y terribles de 1962, cuando el mundo vivió la angustiosa espera del inicio de una guerra nuclear.
El legendario guerrillero argentino-cubano Ernesto Guevara hizo una valoración rigurosamente exacta e inapreciable de la actitud de los cubanos y su líder durante la Crisis de Octubre, conocida en el resto del mundo como del Caribe o de los Misiles.
"Es el ejemplo escalofriante de un pueblo que está dispuesto a inmolarse atómicamente para que sus cenizas sirvan de cimiento a sociedades nuevas y que cuando se hace, sin consultarlo, un pacto por el cual se retiran los cohetes atómicos, no suspira de alivio, no da gracias por la tregua; salta a la palestra para dar su voz propia y única, su posición combatiente, propia y única, y más lejos, su decisión de lucha aunque fuera solo", escribió entonces el Che en un artículo, publicado después de su asesinato en Bolivia.
El conflicto se desató el 15 de octubre de 1962, cuando un avión espía U-2, de la CIA, sobrevoló la Isla y fotografió rampas aún no operativas para el lanzamiento de misiles. Analistas examinaron las fotos y confirmaron la ubicación de las bases de cohetes nucleares.
Con anterioridad un traidor, Oleg Penkovsky, coronel de los servicios de inteligencia soviéticos, les había filtrado los datos necesarios y, aún así, para John F. Kennedy resultó desconcertante la noticia, cuando la conoció el 16 de octubre.
Cuba había aceptado la instalación de misiles atómicos de alcance medio e intermedio soviéticos en su territorio por la política agresiva y brutal del gobierno de los Estados Unidos.
En agosto de ese año, Kennedy había rechazado el ramo de olivo ofrecido por Fidel, en la conversación que sostuvo el Che con Richard Goodwin, un asistente muy cercano al presidente norteamericano, en Punta del Este, Uruguay.
En su lugar intensificó la Operación Mongoose (Mangosta), un programa encubierto de guerra económica, operaciones militares y sabotajes que había iniciado a fines de 1961, luego del estrepitoso fracaso, en abril de ese año, en Playa Girón, de una brigada mercenaria reclutada, financiada, armada y entrenada por la CIA en el marco de la Operación Pluto.
Para derrotar a la Revolución, la Casa Blanca utilizó el bloqueo económico, la propaganda contrarrevolucionaria, el fomento y apoyo de bandas armadas; sabotajes a instalaciones económicas y civiles; filtración de espías, ataques piratas, la quemas de cañaverales y las violaciones del espacio aéreo y naval por aviones y navíos de guerra norteamericanos.
Mongoose incluyó asesinar a los principales líderes cubanos, en especial Fidel.
Pero, abrumado por los continuos fiascos de la operación, Kennedy alentó los planes para una invasión directa a la Isla por las fuerzas armadas yanquis. Los servicios de inteligencia soviéticos lograron obtener datos verídicos de ese plan y lo notificaron a Fidel Castro.
Con ese fin, viajaron a La Habana Sharaf Rashidov, Secretario del Partido en Uzbekistán, y el Mariscal Serguei Biryuzov, Jefe de las Fuerzas Coheteriles Estratégicas de la URSS, quienes además comunicaron la disposición del Kremlin de defender a Cuba.
Sin dudas, las circunstancias también fueron aprovechadas por Nikita Jruschov para borrar la ventaja estratégica que gozaba entonces Estados Unidos con la instalación de cohetes nucleares en Turquía y en la República Federal de Alemania, apuntando a la Unión Soviética.
En varias ocasiones, el líder cubano afirmó que no le agradaba la propuesta de instalar los cohetes, para disuadir a Kennedy de no agredir al país y que la URSS alcanzara una paridad en la correlación de fuerzas.
Ese pensamiento era guiado por su perspicacia y por el interés de evitar que la Isla digna e independiente fuera acusada de ser una base de Moscú en las narices del imperio.
Ante el peligro inmediato de invasión y ser consecuentes con la disposición de Moscú y el campo socialista de apoyar al máximo a Cuba en ese caso, la dirección de la Revolución aceptó el ofrecimiento de instalar los SS-4.
Uno de los más enconados adversarios de la Revolución Cubana, el Secretario de Defensa del gobierno de Kennedy, Robert McNamara, años más tarde declaró que hubiera aceptado instalar los misiles si en el verano de 1962 hubiera sido un líder cubano.
Mediante la ultrasecreta Operación Anadyr, llegaron al país 42 proyectiles nucleares, sin ser descubiertos por los servicios de inteligencia norteamericanos. Solo la traición de Penkovsky permitió a la CIA enterarse de los acontecimientos, confirmados por el U-2, el 15 de octubre.
Como apoyo a los misiles, la URSS envió además un fuerte contingente de tropas dotadas con bombarderos IL-28, cazas supersónicos Mig-21 F-13, aviones de transporte, helicópteros, radares y baterías de cohetes antiaéreos.
El 22, Kennedy lanzó un patético mensaje por televisión en el que exigió a Jruschov la retirada de los proyectiles y amenazó con desatar la guerra en caso contrario. Asimismo informó la decisión de establecer un bloqueo naval a Cuba para impedir la llegada de nuevos misiles, con el riesgo de chocar con los buques soviéticos que navegaban hacia la Isla.
Un momento álgido de la crisis fue la mañana del 27, cuando un misil soviético derribó, en la zona de Banes, al U-2 pilotado por el mayor Rudolf Anderson Jr., que pertenecía a la escuadrilla 4028 de la exploración del Comando Aéreo Estratégico.
El conflicto concluyó al siguiente día, cuando Moscú anunció el desmantelamiento y retorno a la URSS de los proyectiles nucleares, tras intensas negociaciones realizadas con Washington, sin contar con Cuba, en las que convinieron retirar de sus emplazamientos a los misiles de alcance medio con que se amenazaban mutuamente.
Fidel también ha enfatizado que el acuerdo por el que se establecieron las bases de lanzamiento era totalmente legal y con apego estricto al derecho internacional.
En más de una ocasión señaló que debió declararse públicamente desde el primer momento de que la Isla dispondría del disuasivo armamento para su defensa, pero Jruschov se opuso a hacerlo antes de que los cohetes quedaran operativos.
Kennedy dijo dar garantías de que Estados Unidos no invadiría Cuba en el futuro, pero se negó a firmar con Jruschov un documento que oficializara tal promesa.
En esas extrañas circunstancias, la figura de Fidel Castro se elevó de manera extraordinaria por su actuación enérgica al frente de su pueblo. Los cubanos se dispusieron a luchar, no importaran las consecuencias de la agresión imperialista.
Fidel rechazó las inspecciones in situ de la remoción de los misiles por las Naciones Unidas, como exigía Kennedy, y no se doblegó ante los soviéticos, al increparle a Jruschov que había subordinado los vínculos con Cuba a su relación con los Estados Unidos.
La vida le dio la razón a Fidel.
Si la dirigencia soviética hubiera actuado junto a Cuba, con ecuanimidad y determinación en esos días de crisis, al gobierno de los Estados Unidos no le hubiera quedado más remedio que retirarse del territorio ilegalmente ocupado por la base naval de Guantánamo, suspender los vuelos espías y dar marcha atrás a los planes para agredir a la Isla.
La distensión que generó la Crisis de Octubre entre la URSS y los Estados Unidos, nunca llegó a Cuba. Continuaron el bloqueo económico, las incursiones paramilitares, sabotajes, guerra bacteriológica y los intentos de magnicidio contra los dirigentes de la Revolución.
Pero Cuba y Fidel Castro emergieron del trascendental momento como ejemplos de una actitud tenaz y viril, estimada por muchos, que hizo al gobierno yanqui desestimar la invasión por su alto costo en vidas y por la negativa repercusión en la opinión pública mundial.
Esa postura ha sido, es y será la verdadera garantía, en el orden militar, de evitar la agresión imperialista para destruir a la Revolución.











