
Eran aproximadamente las nueve de la mañana del 11 de septiembre de 2001 cuano ocurría el choque aparentemente accidental de un avión con una de las torres gemelas del World Trade Center, en Nueva York. La suspensión instantánea del corro nos dio tiempo para poder ver la escalofriante embestida del Boeing 767, de United Airlines, contra la Torre Sur. Su hermana despedía una espesa columna de humo negro.
Estupefactos comprendimos entonces que el primer impacto no había sido algo circunstancial, como suponíamos. Nosotros y el mundo, sorprendidos por el inconcebible acontecimiento, estábamos lejos de intuir que éramos testigos del inicio de una época distinta a la vivida hasta entonces. Aquella mañana neoliberal que fueron las Twins Towers.
Entonces murieron cerca de tres mil vimos caer inolvidablemente, como dice Silvio Rodríguez en “Cita con ángeles”, al símbolo de la prosperidad personas y heridas otras seis mil, así como la destrucción del entorno del World Trade Center.
Otro emblema de la arrogancia imperial, el Pentágono, sufrió daños, según la versión oficial, por el impacto del vuelo 77 de American Airlines. Inolvidable la cara de desconcierto del emperador del turno, George Bush, el hijo…, en la escuela de Sarasota.
Aquel 11 de septiembre, la nación más poderosa del planeta conoció en carne propia lo que no le había sucedido ni siquiera durante las dos guerras mundiales. Las mujeres y hombres asesinados eran inocentes. Resultaron víctimas también de la soberbia de la política exterior norteamericana y su terrorismo militar y económico.
Mucho se ha escrito y hablado sobre el 11-S. Contradicciones y teorías acerca de una conspiración gubernamental, son algunos de los elementos que rodean la tragedia casi desde que ocurrió, aunque subiendo bien de tono en cuanto Bush, el hijo…, declaró la llamada guerra contra el terrorismo o, mejor dicho, la guerra contra cualquier país que no esté al lado del imperio.
El debate, lejos de aminorar, aumenta a pesar del tiempo transcurrido. Revelaciones recientes indican cada vez más que un misil golpeó al Pentágono y que las Torres Gemelas y un edificio contiguo, el No. 7, fueron demolidos de forma controlada.
Los teóricos de la conspiración recalcan que el gobierno de Bush, si no organizó y ejecutó los ataques, al menos tenía conocimiento previo de los mismos y no hizo nada por impedirlos.
Otros siguen acogidos a la versión de la Comisión 11-S, creada por el gobierno para explicar lo sucedido. Osama bin Laden y al-Qaeda fueron inculpados y con ellos todo aquel gobierno y persona que se alineara a la Casa Blanca en la guerra preventiva en cualquier lugar oscuro del mundo.
Cuba, en la voz del Comandante en Jefe Fidel Castro, fue de las primeras naciones en condenar los atentados. A pesar de las diferencias ideológicas y políticas con su adversario, el Gobierno Revolucionario deploró lo sucedido y llamó a Washington a la ecuanimidad y a no lanzarse a cazar gentes bombardeando por todas partes.
Fidel intuyó lo que vendría después y el tiempo le dio la razón.
Lo cierto es que al gobierno de los Estados Unidos le fue servido en bandeja de plata el pretexto para iniciar su nuevo proyecto de sometimiento mundial.
Washington sacó provecho de la solidaridad mundial con el pueblo norteamericano, sintetizado en el famoso titular del periódico francés “Le Monde”: Nous sommes tous Américains (Somos Todos Estadounidenses).
“Estamos en guerra”, así el presidente George W. Bush caracterizó el nuevo estado del mundo, dos días después de los atentados del 11 de septiembre del 2001. La meta supuesta era instaurar la paz mundial, derrotando a los grupos terroristas.
No había transcurrido un mes desde los atentados contra el WTC y comenzaba la invasión a Afganistán. A principios de 2002 surgió el centro de detención y tortura instalado en la ilegal base naval norteamericana que usurpa suelo cubano en la bahía de Guantánamo
Luego los embustes sobre las supuestas armas de destrucción masiva, le sirvieron a Bush, el hijo…, ignorar a la ONU y arremeter contra el pueblo iraquí. Un antiguo aliado contra Irán, Saldan Hussein, terminó ahorcado a instancias de la Casa Blanca.
En el plano interno, las medidas de seguridad implantadas en los Estados Unidos llegan a violar los derechos constitucionales de los ciudadanos. La USA Patriot Act (Ley Patriótica) ha sido duramente criticada por defensores de los derechos civiles, que ven en ella una violación de la privacidad de los ciudadanos, además de una relajación del control judicial sobre los cuerpos de inteligencia.
Al escurridizo Osama bin Laden lo cazaron los Seals en Pakistán.
Aún así, ¿es más seguro el mundo ahora?
Simplemente no. Permanecen las causas y razones: no puede haber paz en el mundo con los niveles de injusticia y explotación actuales.
Mientras dos terceras partes de la humanidad viva en la pobreza, viendo como los ricos se hacen cada vez más ricos a su costa o que, diariamente y por causas prevenibles, mueran miles de niños en el planeta, ¿cómo se puede pensar que habrá paz, seguridad, convivencia?
La paz es rehén de los políticos y los hombres poderosos, capaces de hacer cualquier cosa para satisfacer sus intereses. Hasta el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, encargado de preservar la concordia mundial, se ha convertido en un instrumento para la guerra “humanitaria”, a conveniencia de los países más ricos, encabezados por los Estados Unidos.
Una década después del 11-S, nos conmueve la muerte de miles de inocentes en los atentados al World Trade Center. Domingo en 2011, es jornada de recordación y dolor.
Pero también nos entristece la muerte de millones, víctimas de un sistema bestial que excluye, empobrece y mata en nombre de la democracia hecha por y para los más ricos. Ellos no son recordados jamás por los grandes medios imperiales.
La paz solo será posible con una redistribución más justa de las riquezas y en los marcos de un diálogo político entre las naciones, donde prevalezca el respeto el derecho ajeno.
¿El mundo es más seguro? Pregúntenle a los palestinos o a Gaddaffi y los libios que lo apoyan.











