En pocos días mucha gente en los Estados Unidos y el resto del mundo rememorarán el atentado sin paralelo contra las torres Gemelas de Nueva York ocurrido el 11 de septiembre de 2001, y que tantas secuelas terribles ha desencadenado a escala global.
Y lo harán, precisamente, con un doble sentimiento: la condolencia permanente hacia aquellos estadounidenses que perdieron a sus seres queridos en un acto de origen y desarrollo sumamente controvertidos, y la indignación por los cientos de miles de víctimas que en los titulados “oscuros rincones del mundo” ha provocado la cruzada antiterrorista de Washington y sus aliados desde aquellas fechas al presente.
Porque, ciertamente, no hay persona honesta que pueda justificar el crimen y el terror contra ningún otro ser humano, no importa su nacionalidad, credo, raza o sexo.
Como tampoco podría congeniar con la vileza, la mentira, el doble rasero y la manipulación de los que se sirven de un pretendido antiterrorismo para imponer sus intereses hegemónicos a viva fuerza, a la vez que se dan la mano con criminales de la peor ralea.
Y justo esta última conducta es la que ha caracterizado y caracteriza la trayectoria oficial norteamericana en su larga historia de desmanes.
Los retorcidos y sospechosos sucesos del 11 de septiembre sirvieron de desencadenante para abalanzarse sobre Afganistán e Irak, y para afianzar los pilares injerencistas que hoy toman posesión en Libia y apuntan contra Siria.
Se habla, para justificar tales acciones, de eliminar a “exponentes del mal”, y se instaura como ley universal el “sagrado deber” de occidente de limpiar a la humanidad de tales “peligros extremos”.
Por supuesto, las miras agresoras están bien extendidas, de tal suerte que Cuba, que ha pagado casi tres mil vidas ante al altar del terrorismo Made in USA en todos estos años, aparece una y otra vez en los listados de igual hechura como una nación socia del espanto y el crimen globales.
Y semejante maniobra la hacen, precisamente aquellos que no han dudado en violentar sus propias leyes para dar refugio seguro a asesinos de primer nivel, a verdaderos enemigos públicos a cuenta de su vesania y su carencia de todo escrúpulo. En todo caso, avalados únicamente por una rutilante hoja de sucios servicios a los peores intereses del imperio.
El conocido matarife Orlando Bosch, por ejemplo, coautor con Luís Posada Carriles de la destrucción con bombas de un avión civil cubano en 1976 frente a las costas de Barbados hace justamente 35 años, vivió libre y feliz en la Florida a cuenta de la protección del clan Bush.
Todo, a pesar de que el 23 de enero de 1989, Joe D. Whitey, procurador general adjunto interino de los Estados Unidos, había librado una nota oficial donde indicaba que, por su historial terrorista y por su implicación directa en el crimen de Barbados “se ordena la no admisión” de Orlando Bosch en suelo norteamericano y su inmediata deportación.
Años después, otra poco divulgada negativa de las autoridades norteamericanas de inmigración para aceptar en territorio de la Unión a Luís Posada Carriles por su expediente de violencia, también pasaba a mejor vida a cuenta de los grandes poderes gringos, no importa que el connotado terrorista hubiese, incluso, ingresado ilegalmente al país a bordo de la embarcación Santrina en 2005, fletada por sus compinches en Miami.
Recuérdese además, que el pretendido juicio en El Paso, Texas, contra el susodicho criminal por “mentir a las autoridades norteamericanas”, concluyó sin penas ni glorias.
Y es que esas son las miras de los “adalides de la democracia mundial”. Como si ésta, nuestra Tierra, lejos de ser circular, semejase un embudo con la parte ancha al Norte, desde luego.











