
La operación militar terrestre más grande de la historia, la Operación Barbarroja, comenzó a las 3:15 de la madrugada de un domingo, con la manifiesta intención de Adolfo Hitler de vencer al único Estado de obreros y campesinos del mundo.
Contra la patria de Lenin se abalanzaron unos cuatro millones y medio de efectivos. Junto a las tropas de la Alemania nazi, invadieron tropas fascistas de Rumania, Bulgaria, Italia, Hungría, Finlandia, Croacia, Eslovaquia y la España franquista.
A librar la Gran Guerra Patria contra los agresores, llamó el Partido Comunista de la URSS en la edición del diario Pravda, del 23 de junio.
Se sabe que el conflicto concluyó el 9 de mayo de 1945, con la rendición incondicional del agresor, en el propio Berlín, esencialmente como resultado de la lucha heroica de los pueblos que constituyeron a la Unión Soviética.
La extinta nación comunista pagó caro su triunfo, pues unos 25 millones de sus hijas e hijos murieron combatiendo, asesinados en campos de concentración, bajo los bombardeos y ametrallamientos; el hambre y las enfermedades.
Hay historiadores que consideran que las bajas soviéticas ascendieron a más de 30 millones, mientras quedaron arrasadas zonas enteras de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y las naciones del Báltico.
Toda una tragedia que ciertos historiadores y nostálgicos de la ideología fascista pretenden tergiversar, en su afán de desacreditar el extraordinario papel realizado en la derrota de la Alemania nazi por las repúblicas soviéticas, bajo la dirección del Partido Comunista.
Hay quienes esgrimen el argumento de que la agresión a la URSS formaba parte del “ideario” de Hitler, con el propósito de lograr el “espacio vital” donde “florecería la raza superior”.
Aunque ciertamente el sargento devenido Canciller de la Alemania fascista tenía en su enfermiza mente la intención de librar una suerte de cruzada contra la Unión Soviética, mucho más cierto es que esa pretensión fue alentada por los políticos más conservadores de Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos.
Primero, permitieron la propia ascensión de Hitler al poder en 1933, luego se hicieron de la vista gorda ante el rearme alemán y, por último, hicieron concesiones territoriales a Hitler, como el vergonzoso Pacto de Munich, con tal de enfilar a la maquinaria bélica nazi hacia el Este.
Otra infame idea de los revisionistas es equiparar al comunismo con la abominable ideología fascista.
El concepto busca sustento en las reales arbitrariedades cometidas por Stalin, reconocidas luego por las propias autoridades soviéticas. En ese marco, el pacto de no agresión germano-soviético de agosto de 1939, es una suerte de convenio entre ambas potencias para repartirse Europa Oriental y no el recurso extremo de la URSS para prepararse mejor ante lo inevitable.
Recordemos que Moscú ofreció la adopción de acuerdos de defensa mutua a Londres y Paris, pero esos gobiernos lo rechazaron tajantemente.
Ese burdo paralelismo es inaceptable por ser esencialmente opuestas esas ideologías en el orden filosófico y ético.
El comunismo busca la construcción de la sociedad humana más justa posible, mientras que el fascismo, más que la superioridad de la raza aria, pretendió imponer la eternización del capitalismo en su etapa más brutal y deshumanizada.
La imagen más representativa son los campos de concentración, donde fueron exterminadas millones de personas.
Lamentablemente para sus promotores en Europa Occidental y allende el Atlántico, Hitler se convirtió en el cuervo que quería arrancar los ojos a sus amos.
Otros “analistas” explican el fracaso de la Operación Barbarroja a la llegada del “general invierno” y sus duras condiciones, para lo cual, dicen, no estaba preparada la Werhmacht, lanzada contra la Unión Soviética con la aspiración de una campaña breve. Pamplinas.
Aunque desprevenidas por la incredulidad de Stalin y carentes de jefes militares competentes, a causa de la Gran Purga de 1936, las tropas soviéticas ofrecieron una resistencia inesperada al invasor y, a pesar de las grandes pérdidas, impidieron a las tropas nazis y sus aliados tomar Moscú y Leningrado (hoy San Petersburgo).
En la fortaleza de Brest, en la frontera polaca, sus defensores resistieron un mes el asedio de los agresores, quienes habían planeado tomarla en horas.
El momento culminante de la Operación Barbarroja se produjo el 2 de diciembre de 1941, cuando los alemanes llegan a 25 kilómetros de Moscú. Pero el patriotismo de los soviéticos le quebró el espinazo a la ofensiva de los germano-fascistas y los hizo retroceder.
Fue el principio del fin, labrado luego en Stalingrado (Volgogrado), en febrero de 1943, y el arco de Kursk, en julio de ese propio año.
Indigna que, incluso en América Latina, evidentemente poblada por “razas inferiores”, ante los ojos del desequilibrado Hitler y su camada de xenófobos asesinos, pululen fanáticos de la supuesta “superioridad” de la táctica militar nazi o de la tecnología de su armamento.
Nos hemos encontrado sitios en internet en que gente del subcontinente expresan que las divisiones blindadas (Panzer) alemanas “serán por siempre las mejores de la historia”.
Por suerte, los hechos demostraron lo contrario.
Zhukov y Rokosovski fueron mejores estrategas que Rundstedt, Manstein, Bock, Guderian y Brauchistch, mientras que en el campo de batalla el T-34 demostró ser, no solo mejor que los tanques alemanes, sino que todos los que combatieron en ambos frentes.
En el aire, Pokryshkin y Kozhedub le bajaron los humos a los ases alemanes y los cazas Yak, junto a los La-5, los insuperables IL-2 y los bombarderos Pe-2, alcanzaron con el tiempo la superioridad aérea y contribuyeron a la derrota del enemigo fascista.
Para la gente honrada del mundo, con independencia de ideología o credo, debe quedar claro que la invasión nazi a la URSS fue un hecho atroz que avivó el patriotismo de los que desde el 22 de junio de 1941 defendieron la patria socialista, bajo la guía del Partido Comunista, y llevaron durante más de mil 400 días el peso fundamental de las acciones en la conflagración mundial.
Sin sus sacrificios y victorias, hubiera tenido consecuencias impredecibles el dominio del mundo por la Bestia Parda. Por eso, rechacemos las revisiones históricas.











