
Esta mujer de clara inteligencia logró aprender a leer y escribir sola, y su fortaleza de carácter le permitió liberar de su condena antes de tiempo al amado hijo cuando Pepe cumplía prisión política en las canteras de San Lázaro. Para ello buscó relaciones en aquella sociedad, exigía justicia, consciente de que a su primogenitor no le quedaba mucho tiempo de vida en aquellas terribles condiciones.
Preocupada por su extensa prole, Doña Leonor tenía frecuentes encontronazos con su hijo y le criticaba que se hubiese dedicado a la política y al periodismo; le reprochaba que dedicara su talento a otras cosas y no siguiera el brillante camino que podría abrirse como abogado. En un vano intento de disuadirlo de sus proyecciones patrióticas, le recordaba un antiguo refrán: “Quién actúa como redentor sale crucificado”.
Pero Martí había heredado el carácter fuerte de su madre, su voluntad y tenacidad, a lo que se sumaba la honestidad, entereza y valores morales adquiridos del padre, al que quería entrañablemente, una combinación genética que no le permitió duda alguna en cuanto a decidir qué era lo más justo e importante en aquella época, y fiel a ello, aquel joven cubano dedicó sus mayores esfuerzos a la libertad de su Patria.
Pero no por ello se desentendió de su familia, casi todo el dinero que ganaba por sus colaboraciones en periódicos hispanoamericanos, se lo mandaba a la madre. En aquella época las mujeres no trabajaban fuera de casa, por lo que Martí debía mantener a sus padres y hermanas. Es por ello que trabaja tanto, escribe y traduce textos y libros para sufragar los gastos de su familia.
Cuando se proponía marchar a Cuba e incorporarse a la guerra que él mismo convocara, Martí, en su carta de despedida a la madre, le recuerda sus reproches por no estar más tiempo junto a la familia, por no haberse convertido en un abogado famoso, por no haber ascendido en la escala social, por no haberlos sacado de la miseria, y el Héroe Nacional se justifica un poco por todo aquello, diciéndole que en definitiva él era como ella y nada lo desviaba de lo que se proponía.
Fechada en Montecristi, el 25 de marzo de 1895, Martí dirigió esta misiva a su madre: “Madre mía, hoy, 25 de marzo, en víspera de un largo viaje, estoy pensando en Ud., yo sin cesar pienso en Ud. Ud., se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Ud., con una vida que ama el sacrificio? Palabras no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre”.











