A Propósito de un libro de Ileana Donatién Vega, Eusebia Sánchez Abillud, Odalys Tablada Blanco de Anaya, y Danae Lobaina Gell, publicado por la Editorial El Mar y la MontañaA cuantos el presente libro vieren, enhorabuena.
Es el menor parabién deseable a quien tenga el privilegio de alistarse en la lectura de esta obra técnica y literaria que irrumpe, cual céfiro de justicia editorial, para rescatar del olvido a José Lecticio Salcines, un guantanamero tan conocido nacional e internacionalmente, como ignorado en su terruño natal.
Decía el celebre dramaturgo Oscar Wilde que no saber nada de sus grandes hombres es uno de los requisitos de la educación inglesa y era suficiente que un hombre intentara producir alguna magnífica obra seria para que perdiera todos sus derechos de ciudadano en ese país donde el público no perdona tres cosas: juventud, talento, entusiasmo.
Por suerte, el personaje de este texto que la Editorial EL Mar y la Montaña ha tenido el acierto de publicar, nació en otra isla más pequeña que la británica, situada casi en las antípodas, y en la cual como señaló el Apóstol de la Independencia Cubana, José Martí, “es profanación vergonzosa el olvido de los muertos”.
José Lecticio tuvo además, a su favor, una corte de admiradores en posesión de aquellas tres cualidades mencionadas como prohibitivas en la Inglaterra del siglo XIX por el autor de El Ruiseñor y la Rosa, varios de los cuales devinieron devotos seguidores de la obra de su conciudadano, para fortuna de la casi anónima galería iconográfica de nuestra historia.
Salcines alcanzó renombre internacional con su novedoso Proyecto de Uso Múltiple, Premiado en el I Congreso Panamericano de Ingeniería (Río de Janeiro, Brasil, 1949), pero seis décadas después el ciudadano común de la Villa del Guaso, únicamente apenas lo asocia con sus monumentales obras arquitectónicas, en especial con el Palacio Familiar que lleva su apellido y exhibe en su cúpula la estatuilla de La Fama, la Diosa Mensajera de Júpiter, hoy Símbolo de la Ciudad.
Entre las integrantes del cortejo que se ocupa en apartar las piedras sepulcrales que aun circundan la trayectoria personal y profesional de ese guantanamero ilustre, figuran las museólogas Ileana Donatién Vega, Eusebia Sánchez Abillud, Odalys Tablada Blanco de Anaya, y la arquitecta Danae Lobaina Gell.
Para justificar la legitimidad de su devoción por Salcines, han escrito ellas Las huellas de un Genio, esta obra que el lector tiene ahora en sus manos y cuya lectura me atrevo a asegurar le será leve, aun a pesar de los tecnicismos a que está condenada toda cuartilla destinada a un tópico especializado.
Y tal levedad, a pesar del asunto que tratan, de la inevitable terminología a la que se ven obligadas a recurrir Ileana, Eusebia, Odalys y Danae (el orden de nombres y apellidos de las autoras en el transcurso de este proemio es aleatorio) es efecto de la sencillez y claridad, no exentas de elegancia, con que está escrita la obra, una de las más interesantes que en los últimos tiempos ha cruzado el horizonte de la arquitectura guantanamera.
Tampoco tema el lector tropezar con la falta de unidad y coherencias inherentes a la generalidad de los títulos escritos a varias manos, puesto que aunque tal circunstancia se trasluce excepcionalmente en alguna repetición y extravío terminológico, resulta evidente que ninguna de las autoras encendió su horno aparte, o lo que es lo mismo, intentó exceder su misión en el tópico asignado.
Tanto es así, que a mi ver, otro atributo del libro que tengo el honor de prologar, reside en su redacción: muy técnica para una revista popular, y demasiado popular para una publicación de perfil técnico.
Ese rasgo sui generis, lejos de ser una deficiencia, la deja a mitad de camino, entre la asequibilidad del profano y del especialista, una especie de quedar bien con ambas índoles de lectores, sin hacerse incomprensible a uno y demasiado simple al otro; obligando al primero al siempre fructífero saludable gasto energético y de superación que conlleva consultar el diccionario, y al segundo a un rapto de modestia: el de disculpar pasajes elementales que para él devendrían lugar común, y para el neófito en el asunto constituirían latinismos..
Si los dos se muestran insatisfechos, no juzguemos por ello a las autoras: ocurre a menudo que el desacuerdo de las dos partes con un veredicto es producto de la buena intención, justeza y acierto del mediador.
Otro escollo salvado por las discípulas “a posteriori” de Salcines, es el de enclaustrar en este tomo (al que seguramente seguirán otros) una vida tan multifacética en lo familiar, social y profesional como la del Arquitecto de Las Esquinas, denominación que mereció en vida el reseñado, por su tendencia a levantar en ellas sus edificaciones, con el fin de proporcionarles mayor realce.
El colectivo ha conjugado análisis, anécdotas, sagacidad, y hasta un poco de emoción, para hurgar en los escondrijos de un alma noble y singular, y el resultado, es pertinente y loable: aportar conocimientos inéditos sobre el personaje investigado, sin empachar de datos y fórmulas y descripción de estilos al lector.
Uno de los pasajes narrados muestra como hereda en vida a su padre, hecho infrecuente, pero indudablemente práctico, que le deparó cierta holgura económica para llevar adelante (casi siempre contra viento y marea) los magnos proyectos que hoy distinguen e identifican la fisonomía de la ciudad y el campo de esta región del extremo oriental.
Otros pedazos del libro, sobre todo los referentes a su vida familiar, parecen invitarnos a aceptar la hipótesis desmesurada de que Salcines, además de genio, era santo, parcialidad, que de serla, resulta disculpable, en medio de tantos aciertos.
Un periodista que lo entrevista en el pináculo de su carrera lo describe en los siguientes términos: (…) Tipo frío, pausado, de palabra medida y estricta, físicamente algo así como un romano en tiempos del Imperio (cuando se hacían las calzadas que llegaban por la Galia hasta Iberia (…)
Dice de él que “es ingeniero hasta en la conversación ” y afirma que “su razonamiento, sus matemáticas caen rítmicamente, como la gota inexorable que horada la peña”.
En Las Huellas de un Genio se trasluce que era enérgico de carácter, pero jovial, brillante, dedicado a su oficio con exclusión de los demás, y se brinda con economía descripciones, su formidable capacidad de trabajo y voluntad ilimitada que le permitieron, desde esta lejanía, adquirir notoriedad trasatlántica.
No pasan por alto Eusebia, Odalys, Danae e Ileana que en José Lecticio prevalecían el altruismo y el desinterés, atributos que lo aferran al propósito de desarrollar la urbe natal y mitigar la ausencia de agua en la vecina Santiago de Cuba. En alguna medida, el éxito –inestable compañero de viaje durante toda la vida- lo respalda en el primer intento, mas en la fallida brega por lograr el segundo invierte las tres cuartas partes de su vida y casi todo su peculio, al extremo de hipotecar muchas de sus propiedades.
La pasión –escriben en La Sagrada Familia, Carlos Marx y Federico Engels- es la fuerza esencial del hombre que tiende enérgicamente hacia su objeto”. En la monografía se percibe con claridad que fue ese sentimiento acusado y de larga estabilidad –cuyo signo característico es la concentración-, el rasgo distintivo de la conducta del ilustre guantanamero, que venido al mundo en aristocrática cuna, se orienta hacia metas nobles y humanas, aunque, como era de suponer, sin romper con su clase social, lo cual hubiera sido mucho pedirle.
El ingenio nace donde puede, pero por lo general se hace en las metrópolis, hechas a propósito para la búsqueda del elemento que –según la mayoría de los teóricos- se combina con el primero para formar al genio: la oportunidad.
Salcines no precisa de abandonar su terruño para alcanzar desde este una dimensión nacional e internacional, e integra un colectivo de honrosas excepciones conformado por su coterráneo Regino Boti Barreiro, el escritor villareño Samuel Feijóo y el lírico matancero Agustín Acosta, quien escribió su gran poema La Zafra, y su exquisito soneto La Cleptómana, en la calma pueblerina de su Jaguey Grande, lejos del mundanal rüído.
De acuerdo con las escritoras, Salcines previó siempre la posibilidad del progreso, por eso pensó en grande, pero nunca con el mezquino afán de su engrandecimiento personal, sino con el deseo loable de buscar la prosperidad de su Guantánamo.
Fue un hombre –añaden- que amó y luchó por su patria, de manera eficaz y con maestría se ocupó del desarrollo urbanístico de la ciudad, sugirió que se dictaran medidas respaldadas por el Ayuntamiento, aquí podemos incluir las que iban a favor del ornato público, razones por las que solicitó en 1929 se declarara a Guantánamo Ciudad Jardín, idea que se materializó en 1953.
Sin embargo, es la ingeniería la especialidad que le permitió desarrollar su propósito cumbre, específicamente en la rama hidráulica: El Proyecto de Uso Múltiple, que en la actualidad, sus aportes técnicos y económicos, son de considerable vigencia. En esta especialidad concibió adecuar otros proyectos, incluidos el alumbrado público, ferrocarriles, caminos vecinales, carreteras, etc.
Una vez involucrado el lector en dicho proyecto, la irrealizada obra cumbre del afamado profesional cubano, se impone un poco de historia.
Salcines presentó por primera vez esa iniciativa, a mediados de la pasada tercera década del siglo XX al corrupto gobierno de Alfredo Sayas.
La esencia de su propuesta consistía en “aprovechar las cuencas de los ríos al este de Santiago de Cuba, para obtener una producción hidroeléctrica de 30 000 caballos de fuerza, agua suficiente para el regadío de 5000 caballerías en el valle de Guantánamo y acueductos para esta ciudad, Santiago de Cuba, Caimanera, Jamaica y otros poblados cercanos”.
La situación de la hoy Cuna de la Revolución era entonces tan precaria con el abasto de agua que fue necesario llevarla a sus habitantes en tanques cisterna desde la ilegítima base naval que los norteamericanos desde 1903 mantienen en el territorio perteneciente a Caimanera.
No encontró en aquel mandatario -vinculado a los intereses de la mal llamada Compañía Cubana de Electricidad- el ofrecimiento de Salcines que joven todavía era conocido como arquitecto, pero disfrutaba justa fama de constructor infatigable, acucioso investigador de cuencas hidrográficas, y por sus audaces ensayos y conclusiones sobre cursos de ríos, regímenes de lluvia, movimiento de poblaciones y contextura de terrenos, todo en pos del desarrollo hidráulico de la Isla.
Casi dos décadas después, en 1949 –como se precisa en el libro-la obra fue premiada, declarada de utilidad pública y recomendada por el VII Congreso de Ingeniería de Cuba, y en su similar panamericano, celebrado poco después en Brasil. .
Este último foro continental recomendó a los ingenieros de América que al aplicar los proyectos de acueductos combinaran siempre el suministro acuífero, la electrificación y el regadío, como propuso el delegado de la isla caribeña.
En Cuba no fue menor la repercusión: en mayo de 1951, los delegados al VII Congreso de la CTC solicitaron al desgobierno de Carlos Prio la construcción inmediata de la obra del insigne ingeniero, por los grandes beneficios que esta reportaría al país y especialmente a la clase obrera.
La prensa de la época reflejo en diversos artículos cómo eminentes especialistas cubanos y de Norteamérica corroboraron in situ la factibilidad del proyecto, relegado nuevamente al olvido por afectar los intereses de del Pulpo Eléctrico, de la que eran accionistas muchos politiqueros.
Refiriéndose a Salcines y a su Proyecto de Uso Múltiple, un relevante intelectual afirmaba a mediados de la centuria pasada en la revista Bohemia, la de mayor circulación en América:
“El tiene ya el conocimiento científico de la solución que debe emplearse en cuanto al suministro de agua a la capital oriental. Todas las teorías y fórmulas se han empleado y ninguna ha tenido éxito. En Chalons, en Charco Mono, y en los pozos de San Juan y en otras fuentes de abastecimiento hoy agotadas e insuficientes, se han gastado unos 30 millones de pesos entre obras hechas y márgenes de políticos y negociantes, que de cuando en cuando han intervenido en esos trabajos y Santiago sigue sin agua potable.
“Un día –prosigue el periodista historiador- puede que se aparezca un coronel Walter Reed de la ingeniería, como aquel otro de la medicina que aprovechó los experimentos de Finlay, y ese día los trabajos y las ideas del ingeniero Salcines los aprovechará otro y después nos pasaremos 50 años quejándonos de que el talento, la visión y hasta la gloria de un compatriota nuestro los desconocen en el extranjero, cuando aquí empezamos por hacerlo nosotros mismos.
“Ya ocurre que los proyectos del ingeniero Salcines para transformar a Santiago y a su comarca en un emporio de civilización obtienen reconocimiento internacional desde el punto de vista de la técnica y de la economía, y que los especialistas de Estados Unidos, México, Brasil, Argentina y de otros países, los respaldan con su prestigio profesional, mientras que acá, en Cuba, no sólo se los discutimos, sino que los echamos a un lado […]
No escatima elogios el texto del semanario. Evalúa al perseverante aprovechador de recursos hidrográficos, como “técnico y hombre de ciencias de oriente, que ha dedicado los mejores años de su vida, como un apostolado a tratar de convencer a los gobiernos y a la opinión pública de que el problema del agua en Santiago de Cuba es demasiado costoso para resolverlo con el suministro de ese líquido a la población, y que debe completarse con los otros dos servicios, de modo que toda la comarca santiaguera sintiese los efectos beneficiosos de una verdadera obra de fomento bien integrada”.
Nos gustaría ofrecer un final feliz sobre la idea cenit del arquitecto, ingeniero civil y eléctrico, orgullo de esta Villa del Guaso, pero el lector debe contentarse con un anti clímax.
El triunfo de la Revolución sorprende a Salcines (Guantánamo, 7 de mayo de 1889-La Habana 1974), en el atardecer de su fructífera existencia, en Cuba y al servicio de la Revolución.
Es asesor del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos, una entidad por cuya creación abogó desde el lejano 1951, cuando Bohemia le abría sus páginas para ridiculizar con el multimillonario Octaviano Navarrete, en torno a las vías para dotar de agua a Santiago de Cuba.
Ya septuagenario acepta la jefatura de la sección hidráulica del Ministerio de Obras Públicas.
A mediados del primer año del triunfo rebelde, al intervenir en el programa ANTE LA PRENSA (Periódico Revolución, 26 de junio de 1959), otro guantanamero ecuménico, el Doctor Regino Boti León, ministro de Economía alude condicionalmente al renacer del Proyecto de Uso Múltiple, esperanza rediviva.
“Primero –anuncia el integrante del gabinete con que debuta el Gobierno Revolucionario-, hay que determinar si el suelo donde van a ser los embalses es muy permeable. Se van a invertir 82 millones de pesos, se regarán de 3 000 a 5 000 caballerías, y se hará una planta de electricidad que dará fluido a 4 ciudades: Jamaica, Caimanera, Guantánamo y Santiago de Cuba”.
El protagonista de la reseña de Odalys, Danae, Ileana y Eusebia, no ha sido ajeno a ese evolucionar. Desde su casi privilegiada posición no ha perdido tiempo en “vender” ¿por vez postrera? a Fidel y al resto del ejecutivo su idea-obsesión, su ilusión cúspide, enriquecida y ampliada tras 37 años de titánica lucha contra la indiferencia. Un periodista bromea: “el loco Fidel ha hecho caso al loco Salcines”.
Todo aparenta marchar sobre ruedas. A diferencia de Oscar Wilde (“En esta vida no hay más que dos tragedias: una no conseguir lo que se desea; la otra, conseguirlo. La segunda es la peor de las dos”), para José Lecticio más vale tarde que nunca. El avance de la tarea, verificada por los asociados de Kuljian Corporation, justifica la sentencia. También la respalda la revista Carteles, del 13 de marzo de 1960, con un encabezamiento de buenos augurios: “Agradable promesa agroindustrial”.
“Pocos cubanos –anuncia el impreso- saben que el Gobierno Revolucionario trabaja desde mayo del año anterior, y a n costo de cuatro mil cincuenta pesos, en la comprobación de un ambicioso proyecto de aprovechamiento de aguas –el mayor realizado en Cuba-, el cual se lleva a cabo harto discretamente (…)
Todo fluía para la definitiva aprobación, ya que al referirse a la construcción de las tres represas indicadas en los planos, el redactor, que califica a Salcines, como “enérgico ingeniero de70 años”, asegura que “se ha establecido virtualmente o más importante: la impermeabilidad de los suelos en los sitios señalados por el Proyecto para el embalse de las aguas (…)
La instalación de sendas plantas hidroeléctricas en los puntos citados permitiría generar 30 mil caballos de fuerza, lo que junto a la irrigación de nuestras tierras llanas amortizaría en tres décadas, a lo sumo, la inversión, bautizada ahora con un nombre más extenso y conciliador: Proyectos del Ministerio de Obras Públicas aprovechando las cuencas del oeste de Santiago de Cuba y los del ingeniero Salcines, utilizando las cuencas al este de la Capital, y sustentado en estas últimas básicamente.
Pero, otra vez todo quedó en el papel, aunque ahora por causas diferentes.
Quizás porque un plazo resarcidor de 30 años no tentaba a un gobierno que había heredado a un país en bancarrota, tal vez porque otras prioridades lo relegaron, a lo mejor por alguna circunstancia fortuita no divulgada, o un error de cálculo, el Proyecto de Uso Múltiple no llegó a fraguar más que en la mente y los deseos de este célebre conciudadano nuestro, luego de crearlo, prohijarlo, y dedicarle casi toda su vida y gran parte de su fortuna adquirida con las obras arquitectónicas.
No obstante sus ideas le sobrevivieron: la mayor parte de las obras hidráulicas erigidas en el territorio (y el futuro trasvase Toa-Yateras-Guaso) están en deuda con los planos y croquis de este diligente arquitecto e ingeniero, cuyo humanismo, secretos, anhelos, éxitos y decepciones recopilaron e interpretaron con exquisito celo y profesionalidad las autoras de Las huellas de un genio.
Repasar detenidamente este libro es la única manera de responder la pregunta formulada en uno de sus capítulos: ¿en qué consiste la genialidad de este hombre, cuyos estudios hidráulicos y obras arquitectónicas renacen en el siglo XXI?











