Protestas en Wisconsin: ¿Mc Carthy redivivo?

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Joseph Raymond Mc Carthy Guantánamo.- El  14 de julio de 1951, el periodista Patrick John Hunter del Capital Times de Wisconsin, intentó presentar al gobierno norteamericano un petitorio y se dio a la tarea de reunir la firma de 122 habitantes de ese estado, escenario por estos días de intensas protestas sociales.
Contra lo pensado por él, la petición fue rubricada por una sola persona. Las restantes declinaron la solicitud con diferentes gradientes de cortesía: uno puso de pretexto el temor a perder la certificación  de lealtad a que aspiraba para ejercer un cargo público; otro, la posibilidad de ser cesanteado en el que ocupaba, y un tercero le aconsejó que se fuera al diablo “con esas porquerías comunistas”.

El contenido del documento distaba, sin embargo, de ser subversivo. Figuraban entre sus gemas figuraban párrafos de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, los seis primeros artículos de la Declaración de Derechos (ambas contemporáneas con el surgimiento de la nación) y la XV Enmienda de la Constitución, la cual garantiza iguales derechos para todas las personas sin diferencia de raza, credo o nacionalidad.

¿Por qué entonces el temor de  aquellos individuos a suscribir los principios en que se sustenta, al menos en el papel, la cacareada democracia norteamericana, símbolo del  “mundo libre”?

La respuesta es simple: a los entrevistados por Hunter les tocó vivir entre 1947 y 1956 un singular decenio la vida pública de  Estados Unidos: el macarthysmo, uno de cuyos capítulos más bochornosos fue la ejecución en junio de 1953 de los esposos Ethel y Julius Rosenberg, víctimas de una conjura por supuesto espionaje a favor de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Se conoce aun con ese nombre al período funesto  en que el republicano Joseph Raymond Mc Carthy (Wisconsin, 14 de noviembre de 1908 – 2 de mayo de 1957) ocupó un escaño en el Senado, en representación de los electores de ese estado del Medio Oeste de la nación norteña e inicia una represión contra la disidencia política, e incluso contra presuntos disidentes, la cual inspiró a su conciudadano Arthur Miller la pieza teatral Las Brujas de Salem.

El término, sinónimo también de Cacería de Brujas, se aplicó después por extensión para referirse en general a cualquiera actividad gubernamental dirigida a suprimir puntos de vistas políticos o sociales discrepantes, so pretexto de mantener la seguridad nacional, conducta retomada oportunistamente por Washington a raíz de los condenables ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, y de la cual la instauración de la llamada Acta Patriótica constituye la mejor muestra.

Ese triste episodio de la historia de Estados Unidos alcanza uno de sus clímax en 1949, en coincidencia con la experimentación de la bomba atómica por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la llegada al poder  de Mao Zedong, en la República Popular China, y el comienzo –al año siguiente- de la fracasada agresión norteamericana a la porción norte de Corea, en la cual el gigante asiático apoyó a la parte agredida y culminó en 1953 con la división artificial de la península.

El escritor de izquierda Albert Kahn se lamenta en su libro Escándalo en los Estados Unidos: el macarthysmo al desnudo (Editorial Platina, Buenos Aires, 1960) de lo siguiente:
“ En  momentos en que todo permitía suponer que después de semejante lucha los pueblos habían asegurado el ejercicio de sus libertadores –escribía Kahn- la Guerra Fría se iniciaba en los Estados Unidos con la persecución ideológica más enconada y con la negación de esas libertades, en cuya defensa habían muerto millones de seres”.

Y añadía: “Comenzaba la cacería de brujas, las purgas, la exigencia del juramento de lealtad a millones de ciudadanos”.

Aun en marcha la guerra contra el nazismo se inició una campaña fomentada por determinados círculos para crear otro ambiente pre bélico.

Pero sería injusto responsabilizar a un solo hombre con esa histeria colectiva que sacudió  los cimientos de la sociedad norteamericana, al igual que el famoso affaire Dreyfus a los franceses, a fines del siglo XIX y principios del XX.

La parte del león en ese desatino se la adjudicó el Comité de Actividades Antiamericanas,  creado en fecha tan temprana como1938 con el objetivo de perseguir cualquier movimiento antigubernamental interno, llevar a cabo las denuncias contra sus líderes y simpatizantes, e inscribir en listas negras a los acusados de comunistas.

John Parnell Thomas (1895-1970)  presidente de ese órgano tuvo participación protagónica en el juicio y posterior envío a prisión de los Diez de Hollywood, grupo de cineastas y actores que se negó a responder a las preguntas del Comité, amparados en la V Enmienda.

Posteriormente Parnell fue condenado  año y medio de presidio por la inclusión de colaboradores ficticios en la nómina de la Comisión, haberes que luego se embolsaba.

Algunos analistas  se han preguntado, con ingenuidad, si  el macarthysmo tomó  desprevenido a la sociedad norteamericana, aunque los hechos indican lo contrario:  en el otoño de 1947, recién iniciado el macarthysmo, un grupo de profesores de derecho de la Universidad de Yale previno   en una carta  abierta al Presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman que en el nivel más elevado del Gobierno Federal se desarrollaba un esquema de represión.

Importantes funcionarios –delataba la misiva- actúan con olvido y en desafío de las tradiciones norteamericana de libertades civiles, y, según nuestra meditada opinión, de la Constitución de EE.UU.

El claustro aludía a  la existencia de alarmantes signos y al hecho de que de proseguir “con la persecución de las opiniones, esta podría llegar a un punto que jamás se conoció hasta ahora, ni siquiera en el período más oscuro de nuestra historia” .
El vaticinio no pudo ser más exacto. Apenas finalizada la década Mc Carthy hizo público su poderío al acusar al Departamento de Estado de acoger a 205  comunistas, hecho del cual no pudo presentar pruebas y que lejos de crearle dificultades  introducirlo en camisa de 11 varas le consolidó la simpatía de los elementos más conservadores. 

Entre quienes respaldaron sus fechorías y desmanes estuvo uno que llegaría a ser Presidente de la Unión, que respondía al nombre de Richard Nixon, y luego del escándalo Watergate, que le obligó a renunciar a la primera magistratura, pasaría a la historia como Dick El Tramposo.

Otro mandatario norteamericano, Ronald Reagan, por aquella época actor de papeles secundarios en películas sobre el oeste,  contribuyó con creces a la celebridad de Mac Carthy,  como delator e infidente  dentro de la meca de la industria cinematográfica norteamericana.

En se sector la persecución fue tan intensa que Charles Chaplin, después de la  puesta en pantalla de El Gran Dictador,  se vio obligado a exiliarse en Inglaterra, y otro director de la talla de Elia Kazan, cooperó con el “Comité”.

Si la acusación fallida contra la cancillería  proporcionó al ciudadano de Wisconsin más glorias que penas, su elección como titular de la Comisión Senatorial de Operaciones Antigubernamentales y de subcomité de Investigaciones, fue el espaldarazo que necesitaba para proseguir e intensificar una campaña al mismo tiempo anticomunista y antidemocrática.

En el Parlamento Británico el ex primer ministro Clement R. Attle declaró: “Uno a veces se pregunta quién es más poderoso: el presidente o el senador Mc Carthy”.
Las inquisitivas comisiones investigadores humillaron a miles de personas, y a muchas de ellas las condenaron a prisión  por falso testimonio o perjurio…casi siempre por declaraciones de testigos  e informantes pagados por el Buró Federal de Investigaciones (FBI), los cuales, además de hacer el papel de soplones, “descargaban” ante los tribunales.

Antes de la Guerra Fría,  en todas las épocas y latitudes,  el delator inspiró siempre desprecio y repugnancia, pero en en esa atmósfera anticomunista y de histeria colectiva, en vez de ser maldecido como un paria  fue bendecido, aclamado como un patriota, festejado en banquetes, divulgado elogiosamente por el cine y las cadenas de televisión, y como dijo el escritor Alan Barth, “elevado a la jerarquía de héroe nacional y convertido su papel en una profesión”.

Fue fatal para el gobierno perder el control sobre uno de esos bien remunerados personajes,  quizás el más conspicuo de todos:  Harvey Matusow.

Ex ayudante de Mc Carthy, Matusow publicó con la ayuda de Albert Kahn, su libro Yo fui testigo falso del FBI, el cual tuvo gran repercusión nacional  y le valió una condena a cinco años de prisión, sin derecho a fianza.
Su confinamiento a la penitenciaría de Lewisburg no obedeció a las deposiciones que llevaron a la cárcel o al ostracismo a decenas de ciudadanos que no habían cometido delito alguno, sino por retractarse de ellas y decir la verdad.

El otrora bienquisto del representante de Wisconsin ante el Senado, escuchó impasible el informe del Ministerio Público, según el cual eran calumniosos de cabo a rabo algunos pasajes de su libro, incluido el que revelaba que uno de los personajes más sombríos y enérgicos de aquellos tiempos, el fiscal Ray Cohn, “me había obligado a perjurar”.  
En opinión del estadounidense  John Steinbeck, autor de Las Viñas de la Ira y al Este del Edén, la salida del texto del delator contrito a la luz pública hizo temblar al sistema de delatores-testigos, y al propio  macarthysmo, aunque no decretó su caída.
Esa tarea estaba reservada al Ejército.

Envalentonado por la patente de corso de que disfrutaba en las altas esferas del poder, Mc Carthy cometió el error de sobrestimar el suyo, al emplearlo para atacar a las Fuerzas Armadas.

En 1954, el Gran Inquisidor incurrió en la osadía de denunciar una infiltración comunista en el Pentágono, a la cual atribuyó la derrota del poderío yanqui durante la conflagración coreano-norteamericana.

Los militares, con su habitual falta de diplomacia, la emprendieron  contra él, sin miramientos, y el resultado fue un juicio público en el Senado contra uno de sus miembros (él)  “por haberse procurado información secreta por medios criminales”.
Entre abril y junio del citado año se dirimió la incómoda disputa entre el acusado y el Departamento de Defensa, en la cual, como era de esperar, el último se llevó la parte del león.

Sus exabruptos (“La delación es un deber patriótico que se impone a todos los demás”) no conmovieron a la audiencia,  y fue la primera vez desde que ingresó en el legislativo, que el controvertido político se  vio a la defensiva.
El presidente Eisenhoover, que al igual que su predecesor Harry Truman, sufrió sus ataques, declaró: “La ley fundamental del Estado es la constitución y no la demagogia de Mc Carthy”.

El 27 de junio la Comisión concluyó su labor, recomendando una censura a Mac Carthy por conducta impropia, desacato al Senado y difamación, aunque lo declaró inocente de otros cargos, tal vez, por “sus anteriores valiosos servicios al país”.
A fines de año,  el alto cuerpo legislativo estadounidense por gran mayoría convirtió la recomendación en resolución y el defenestrado demagogo se retiró a su natal Wisconsin, donde murió en la primavera de 1957.

Transcurridos casi 67 años de la moción de censura del fin del de su inefable conciudadano y antecesor, un émulo suyo, republicano también, se esfuerza en revivir las represivas jornadas de mediados de la pasada centuria.

Haciendo caso omiso de las movilizaciones sindicales, sociales y estudiantiles más intensas de Estados Unidos en la última treintena, el gobernador de Wisconsin, Scott Walter promulgó una ley que prohíbe a los trabajadores negociar colectivamente sus condiciones laborales y  hace efectiva la congelación de los salarios y la reducción de las pensiones.

Si entonces fueron los intelectuales progresistas y ciudadanos honestos las víctimas, su lugar lo ocupan ahora 175 mil empleados públicos de la patria chica de Mc Carthy, aunque no se descarta que se implante en otros estados la legislación, la cual no estuvo exenta de artimañas e incluso de quórum, ya que los legisladores demócratas hicieron mutis durante la votación.

Esos sucesos demuestran que en el alardeado bastión de la democracia y los derechos humanos, en la práctica aun se rinde culto a Joseph Raymond Mc Carthy, aquel icono de la Guerra Fría  que se creyó más poderoso que el Senado, el Ejército, el Departamento de Estados, un presidente y un expresidente, y durante un tiempo bastante largo lo aparentó, para vergüenza de  los buenos ciudadanos de esa nación.
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El escritor Pablo Soroa Fernandez está con nosotros desde el Jueves, 27 Agosto 2009.




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