
La supremacía blanca en el continente contó con la desvergonzada pero casi siempre exitosa actividad de asesinos a sueldo, criminales apátridas y sicarios, en conflictos destinados a reprimir las aspiraciones de libertad de las naciones colonizadas o incluso en las recién emancipadas.
Notoria es la operación encubierta organizada en 1964 por la administración de Lindon Johnson para en el Congo belga (Zaire) sofocar la rebelión de los simbas, los seguidores del asesinado primer ministro Patricio Lumumba, en contra de uno de sus victimarios, Mobutu, el dictador impuesto por las potencias coloniales.
Washington financió, armó y supervisó la intervención de mercenarios blancos, fundamentalmente de Sudáfrica y Rhodesia, aunque también europeos, liderados por el conocido Mike Hoare, un matón profesional, con ínfulas de ciudadano británico de clase alta.
Se hicieron llamar los “gigantes blancos” que preservarían la superioridad de su raza en una África convulsionada por el derrumbe del sistema colonial.
Ejecuciones, linchamientos, torturas, gritos y terror fueron los métodos empleados por Hoare y su jauría para alcanzar la victoria para su empleador: el gobierno yanqui.
La CIA incluso dio participación en Zaire a pilotos de origen cubano, de la tristemente célebre mercenaria Brigada 2506, derrotada en Playa Girón (Bahía de Cochinos).
En 1975, a la Casa Blanca no se le estaban cumpliendo los pronósticos en la guerra civil que había instigado para impedir a Agostinho Neto y el MPLA proclamar la independencia de Angola y asumir el gobierno, en detrimento de los fantoches de la UNITA y el FNLA.
En el norte del país, Holden Roberto y su horda estaban en una situación calamitosa, después de la debacle en Quifangondo, mientras que en el centro los internacionalistas cubanos habían parado en seco la ofensiva hacia Luanda de los militares sudafricanos blancos.
En respuesta a la llegada de los combatientes cubanos a Angola, solicitados por Neto y el MPLA, el gobierno yanqui y la CIA se volvieron una vez más hacia los mercenarios, pensando, quizás, en reeditar la victoria obtenida en el Congo belga (Zaire).
Dicen que en Sudáfrica, Hoare puso a sus matones en alerta y afirmó que irían a combatir por Mobutu en Angola.
Por ese entonces apareció en escena otro notorio criminal, Bob Denard, un asiduo empleado de los servicios de inteligencia franceses, que le proporcionó a la UNITA un par de docenas de mercenarios galos, pagados por la siniestra agencia yanqui.
Tocó a la Gran Bretaña ser el principal centro de reclutamiento. Más de 200 hombres salieron con destino final en Angola, para incorporarse al FNLA, con escala previa en Bélgica, sin pasar por controles de inmigración y pasaportes, indicio de la complaciente colaboración de las autoridades de Londres y Bruselas.
Pero Angola no fue el Congo.
En 1964, los simbas resultaron ser indisciplinados, sin suficientes convicciones ideológicas, divididos por el tribalismo y carentes de líderes políticos y militares relacionados consecuentemente con su población.
Tales adversidades hicieron fracasar la misión del batallón de revolucionarios cubanos llegados a la región de Fizi Baraka, bajo el mando del legendario comandante argentino-cubano Ernesto Che Guevara, y facilitaron el triunfo de los mercenarios de la CIA.
Los “gigantes blancos” esta vez no pudieron detener a los cubanos. Literalmente, los internacionalistas los hicieron trizas.
Los que se unieron al FNLA en el norte angolano, fueron arrollados junto a los timoratos bandidos de Roberto y los soldados de Mobutu que los apoyaban, por la ofensiva iniciada el 1 de enero de 1976 por las columnas dirigidas por el cubano Víctor Schueg Colás y el comandante Ndozi.
Como más sabe el diablo por viejo que por diablo, el “famoso” Hoare y sus cofrades se llamaron a contar y se quedaron encerrados en sus casas.
Tan vergonzosamente criminal fue la operación auspiciada por la CIA, que las riñas violentas entre los cabecillas condujeron al asesinato de 14 mercenarios por sus propios compinches.
Tras ser capturados por combatientes cubanos y angolanos, el británico John Banks y el norteamericano Daniel Gearhart, fueron juzgados el 28 de junio de 1976 por las autoridades angolanas, declarados mercenarios y sentenciados a morir.
Igual suerte corrieron los ciudadanos británicos Costas Georgius, autodenominado “coronel Callan”, y Andrew McKenzie, acusados además de asesinato.
Otros nueve delincuentes recibieron penas de prisión entre los 16 a los 30 años.
Los condenados a muerte fueron fusilados el 10 de julio de ese año y con su cumplimiento quedó consumada por siempre la humillación de los pomposamente llamados “gigantes blancos”.











