
Ese día, en Pretoria, el primer ministro del gobierno de la Sudáfrica del apartheid, Vorster, dio la orden de retirada hacia posiciones situadas a unas 30 millas al norte de la frontera con Namibia a las tropas que habían invadido al país con la intención de tomar Luanda, con el beneplácito de Washington.
Dicen que la decisión fue condicionada por el aislamiento en que se encontraba el régimen racista, por el amplio rechazo internacional a su agresión a la recién constituida República Popular de Angola.
Sin embargo, lo determinante fue la imposibilidad de las tropas blancas sudafricanas, con sus auxiliares de la UNITA y el FNLA, de romper las defensas cubanas y avanzar hacia la capital angolana.
A pesar de su inferioridad en hombres y armamento, los combatientes internacionalistas de la Mayor de las Antillas se mantuvieron firmes frente a los poderosos ataques del enemigo, efectuados durante noviembre y diciembre de 1975.
Humillados en Ebo e incapaces de penetrar la infranqueable línea defensiva Porto Amboim-Gabela-Quibala, los sudafricanos no pudieron cumplir su objetivo antes de que el mundo se percatara de la pérfida agresión y la aceptara como un hecho consumado con la conquista de Angola.
En reiteradas ocasiones, la administración Ford, el dictador zairense Mobutu y el cabecilla de la UNITA, Jonás Savimbi, alentaron a Pretoria a persistir en su empeño de derrotar a los cubanos.
Pero el mundo descubrió estupefacto la agresión racista, cuando el 16 de diciembre en Luanda las FAPLA mostraron a cuatro prisioneros de guerra sudafricanos, capturados por los combatientes cubanos entre Cela y Quibala, a más de 700 kilómetros dentro del territorio de Angola.
La denuncia irrebatible fue otro golpe demoledor a las intenciones sudafricanas y sus aliados, ya maltratadas en el campo de batalla.
Además, el pronóstico se le ponía a Pretoria cada vez más color de hormiga con la llegada a Angola de más tropas cubanas, bien entrenadas y con la firme decisión de vencer, reforzadas con el armamento entregado por la Unión Soviética.
El gobierno de Vorster se encontró en una encrucijada: o se arriesgaba a enviar más hombres y armamento a la nación invadida, o se retiraba.
Pretoria tanteó al gobierno de Ford reclamando el apoyo necesario para envolverse en una escalada en la guerra, pero encontraron el vacío.
Pero aterrados ante la posibilidad de que los Estados Unidos se viesen envueltos en un grave conflicto en África austral, apenas unos meses después de la vergonzosa derrota en Vietnam, y la improbable victoria sudafricana, el Senado de ese país se negó a seguir financiando la operación encubierta diseñada por la CIA para Angola, por indicaciones del Secretario de Estado, Kissinger.
Incluso, esperanzada, Pretoria esperó en vano que una reunión urgente de la Organización de la Unidad Africana, en la capital etíope, solicitara un posible arreglo en el que salieran la UNITA y el FNLA en igualdad de condiciones frente al gobierno legítimo del presidente Agostinho Neto y el MPLA.
Intimidados por el desempeño y el valor de los combatientes internacionalistas, sin esperanzas de vencer, según los pesimistas informes de los generales André Daventer, Magnus Malan y Viljoen (1), y abandonados a su suerte por Washington, Vorster decidió la retirada el 14 de enero de 1976.
El 16, las tropas blancas racistas abandonaron Cela, en el centro del país, y nueve días más tarde las FAPLA y los cubanos entraron en Novo Redondo, en la carretera pavimentada que corre pegada a la costa.
Para principios de febrero, las fuerzas invasoras sudafricanas habían regresado al extremo sur de Angola, evitando en lo posible el combate frontal con sus magníficos adversarios.
Mientras tanto, La Habana siguió enviando tropas y material de guerra a Angola para llevar a cabo una batalla decisiva contra los racistas.











