
“No podrá comprender nuestra intervención en Angola sin comprender nuestro pasado”, le dijo categórico Manuel Agramonte Sánchez a Piero Gleijeses, durante las entrevistas que sostuvieron cuando el prestigioso escritor ítalo norteamericano preparaba un exitoso libro sobre el papel de la Isla en el continente negro (1).
El juicioso señalamiento provino de una persona con todo el prestigio necesario para ser tomado en cuenta por cualquier investigador que desee hurgar con seriedad en las gloriosas misiones internacionalistas de Cuba en África.
Agramonte fue uno de aquellos voluntarios que integró el Batallón Patricio Lumumba, enviado por Fidel Castro en 1965 al Congo como reserva de la columna internacionalista que combatía en Zaire bajo el mando del legendario guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara. La oportunidad de la unión nunca se dio, pero la tropa permaneció casi dos años allí.
La experiencia acumulada en la misión militar le permitió luego ser embajador de Cuba en el Congo, de 1967 a 1969, y en Guinea, de 1973 a 1976.
Con sus sabias palabras, Agramonte le hizo apreciar a Gleijeses que los cubanos que fueron Angola saldaban una deuda histórica con los pueblos de África, cuyo vínculo había surgido con la sangre de cientos de miles de esclavos secuestrados y enviados a trasvés del océano a trabajar como animales en las plantaciones cubanas de caña de azúcar y café.
Tampoco olvidaron que en las guerras por la independencia de su patria participaron decenas de hijos de otras tierras, con la misma decisión y amor a la libertad, cuya figura cimera lo es, sin duda alguna, el Generalísimo Máximo Gómez Báez, dominicano de nacimiento.
Los motivaba también un profundo sentido de compromiso con la liberación de los pueblos oprimidos del Tercer Mundo.
Asimismo comprendían que colaborar con los pueblos de África que luchaban contra el colonialismo y el racismo, era la expresión concreta de un pensamiento mucho más general: la lucha contra el imperialismo, más que con los sucesivos gobiernos norteamericanos, era la lucha contra la miseria, opresión, insalubridad y la ignorancia.
Los cubanos que fueron a Angola entre octubre de 1975 y abril de 1976, seguían los pasos de quienes habían ido a Argelia, Zaire, el Congo y Guinea-Bissau.
Lo hicieron con absoluta voluntariedad. En aquellos momentos de efervescencia, la patria de Agostinho Neto era el lugar para luchar contra el imperialismo, el enemigo principal de la Revolución Cubana.
A todos los convocados se les dijo “que la situación era delicada, que se trataba de una misión internacionalista y que por ende requería el asunto mucha seriedad”. También se les dijo que que “todo el que por un motivo u otro no se encontraba en disposición de cumplir esta tarea debían plantearlo y retirarse posteriormente...que la misión era una cuestión voluntaria (2).
No se puede negar que unas cuantas decenas se amilanaron, pero, en cambio, a Angola llegaron 30 mil internacionalistas.
Un alto oficial cubano, Félix Véliz Hernández, explicó a Gleijeses: “Incluimos reservistas porque tenían más entrenamiento que los soldados regulares. El soldado es un recluta, un muchacho de 18 años. El reservista es un hombre más maduro, con tres años de servicio militar y cursos de entrenamiento posteriores” (3).
Además de la primera compañía de Tropas Especiales enviada con urgencia, en el comienzo de la Operación Carlota, el Comandante en Jefe Fidel Castro habló personalmente con varios grupos de voluntarios antes de su partida.
En todos los casos les explicó la grave situación que vivía Angola, de la guerra que se libraba allá, del papel determinante de las tropas cubanas en el rechazo de la invasión de los racistas sudafricanos y les expresaba su confianza en el cumplimiento exitoso de la misión.
Con el aliento del jefe de la Revolución, miles de combatientes cruzaron el Atlántico y con sus enérgicas acciones, sus victorias en Quifangondo, Cabinda y Ebo, impresionaron a los sudafricanos.
El enemigo racista llegó a admirar grandemente el valor de los internacionalistas, al punto que el historiador oficial sudafricano de la guerra, F.J. du Toit Spies, en su libro Operasie Savannah. Angola 1975-1976 escribió: “Los cubanos casi nunca se rendían y, muy simplemente, combatían con alegría hasta morir” (4).
Con esa aureola bien ganada de valentía, los combatientes cubanos encararon diciembre de 1975 con la decisión de no solo resistir los embates de los agresores racistas, sino también de expulsarlos definitivamente del suelo angolano.
1 Gleijeses, Piero. Misiones en conflicto. La Habana, Washington y África. 1959-1976. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 2007, p. 19. (3ra edición cubana)
2 Ibid. 3ra edición cubana, p. 500.
3 Ibid. 3ra edición cubana, p. 499.
4 Ibid. 3ra edición cubana, p. 495.











