
Salvando el extraordinario obstáculo que representan los más de 10 mil kilómetros de distancia entre Cuba y la nación africana, más combatientes internacionalistas cubanos por aire y por mar se apresuran a llegar pronto al escenario de los combates para reforzar a sus compatriotas llegados en octubre como asesores o, comenzando noviembre, como parte de la Operación Carlota.
En la visión estratégica del Comandante en Jefe Fidel Castro, es vital alcanzar en el plazo más breve la paridad de fuerzas con las tropas sudafricanas que han invadido a Angola, desde la ilegalmente ocupada Namibia.
Allá, en el sur y el centro del país, es donde avizora que se decidirá el futuro inmediato de la patria de Agostinho Neto.
Es que en el norte, después del desastre de Quifangondo, el FNLA está noqueado y retrocede ante el empuje de la Novena Brigada de las FAPLA, apoyada por combatientes internacionalistas.
Los tres batallones zairenses que los apoyaban en su fallido ataque a Luanda, huyen a la desbandada.
Incluso a fines de noviembre el mando sudafricano sacó, en una fragata y a toda prisa, al contingente de oficiales y especialistas en armas pesadas que había enviado a Holden Roberto para ayudarlo a capturar Luanda antes del 11 de noviembre, el día de la independencia, azuzado por el temor de que cayera en manos cubanas.
Por otro lado, la derrota infligida por asesores militares de la Isla y combatientes del MPLA, bajo al mando del comandante Ramón Espinosa Martín, al dictador zairense Mobutu y sus fantoches del FLEC, ha permitido preservar la soberanía de Luanda sobre el enclave de Cabinda.
“Salvo algunos ataques relámpagos de escasa importancia, la guerra allí había terminado”, afirmó categórico el acucioso investigador ítalo-norteamericano Piero Gleijeses (1).
Reafirmando la apreciación que Fidel Castro tenía de la situación en Angola, el régimen del apartheid concentró su atención en las acciones militares en el centro del país, por lo que aumentaban la participación de sus fuerzas agresoras.
Para fines de noviembre, sumaban cerca de tres mil los militares racistas en territorio angolano, cifra superior a la de sus oponentes cubanos. También contaban con la ventaja en armamento y el flujo del avituallamiento por vía aérea desde la vecina Namibia.
Por ese entonces, en el país hay alrededor de mil 300 cubanos, incluidos unos pocos cientos en Cabinda y al norte de Luanda, así como los especialistas de la Misión Militar.
La pausa en la ofensiva sudafricana luego de la impresionante victoria cubana en la batalla de Ebo, el 23 de noviembre, le dio a La Habana la posibilidad de sumar fuerzas y que en los días finales de ese mes arribaran a Luanda cuatro barcos desde la Isla, con los mil 253 hombres del regimiento de artillería enviado con toda urgencia por Fidel Castro, iniciando la Operación Carlota.
Simultáneamente, la Unión Soviética cede ante el hecho no deseado por Brezhnev, pero si consumado por decisión soberana de Cuba, de la presencia de tropas internacionalistas en Angola e incrementa los envíos de armamento para las FAPLA.
Con la proclamación de la independencia por Agostinho Neto, a Angola han comenzado a llegar especialistas militares de la URSS para entrenar a las FAPLA. Sin embargo, el peso principal en el combate a los invasores les corresponde sin duda alguna a los internacionalistas caribeños.
Percibiendo esa situación, la representación diplomática soviética en Luanda se muestra receptiva ante las solicitudes de armamento hechas por el nuevo jefe de la Misión Militar Cubana, el también vice-ministro primero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, primer comandante Abelardo Colomé Ibarra.
A principios de diciembre de 1975, llega un importante envío de armas.
“Nuestros hermanos mayores (los soviéticos) dicen que han llegado diez aviones con diez BM-21, veinte piezas de artillería de 76 mm, veinte morteros de 82 mm”, telegrafía Colomé a La Habana (2).
Aunque las armas están destinadas a las FAPLA, se entendía también que eran para los cubanos, en muchos casos los únicos capaces de operarlas, especialmente los lanzadores de múltiples de cohetes BM-21 y demás piezas de artillería terrestre.
A la par de esos acontecimientos y con la ayuda de la temporada lluviosa, la defensa cubana se mantuvo e impidió que los sudafricanos sobrepasaran la línea establecida por el primer comandante Raúl Díaz Argüelles en el río Queve.
Poco a poco, la situación se está volviendo a favor de los combatientes cubanos y angolanos.
1 Gleijeses, Piero. Misiones en conflicto. La Habana, Washington y África. 1959-1976. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 2007, p. 501. (3ra edición cubana)
2 Ibid. 3ra edición cubana, p. 498.











