
Explotación, miseria y sueños rotos son palabras que describen el universo de esa niña o niño privado de la educación porque los tiempos no están para “privilegios de ricos”. Él o ella deberá emplear su tiempo en otros asuntos que ayuden al sustento de la casa.
Si le toca trabajar como lustrador de zapatos o limpiando parabrisas de autos, entonces su suerte será mejor que la de aquel que ha sido obligado a prostituirse. Tendrá, tal vez, siete, ocho o nueve años y no sabrá lo que es el juego, la fantasía o la lectura de un libro de cuentos. Sí conocerá de incomprensiones, maltratos y del dolor de no vivir sus años más hermosos.
Bien puede ser el hijo de la calle sin un lugar donde protegerse del frio o simplemente de los abusos a su permitida inocencia. En ese caso, no tardará en recurrir al robo, el asesinato, las drogas y nadie habrá a su lado para consolarlo en la tristeza y en la soledad.
Es probable que sea descendiente de una buena familia que durante años pasados trabajó duro para vivir con cierta comodidad y luego de esta crisis, lamentablemente, prueba el sabor amargo del desempleo, las deudas y el hambre.
Esa es la terrible realidad que padecen millones de niños y niñas del mundo. Es la verdad que no cuentan los grandes medios de comunicación y la que algunos gobiernos parecen desestimar.
Mientras enormes sumas de dinero, salidas quien sabe de dónde, salvan de la quiebra a los bancos y las empresas más poderosas del planeta, no hay quien destine un solo centavo a favor de esos niños. Ellos son los que más caro pagan las consecuencias de esta crisis y, lamentablemente, nadie piensa en ellos.











