Guantánamo.- Nunca un país del Tercer Mundo había movilizado numerosos medios y fuerzas militares para brindar apoyo a otro pueblo en un conflicto más allá de su área geográfica.
Cuba fue la primera, con la Operación Carlota, que duraría 15 años y medio, hasta el 25 de mayo de 1991, cuando los últimos 500 internacionalistas cubanos en África regresaron a la Patria, tras demostrar con creces el espíritu solidario de nuestro pueblo.
En Angola estaban ya cerca de medio millar de instructores militares criollos, enviados por solicitud de Agostinho Neto y el MPLA para formar las unidades del ejército del nuevo Estado.
Sin embargo, apenas con armas de infantería, morteros, cañones antitanques y piezas antiaéreas, no eran una fuerza lo suficientemente fuerte como para derrotar a la invasión sudafricana, iniciada el 14 de octubre de 1975, con la pretensión de tomar la capital, Luanda, e impedir que Neto proclamara la independencia de una nación libre de la influencia de Washington y Pretoria.
También por el norte, en Quifangondo, el FNLA trataba de romper la defensa de la Novena Brigada de las FAPLA, con el apoyo de tropas zairenses, mercenarios portugueses y un grupo de asesores, entre ellos oficiales de la CIA y del ejército racista.
Ante la grave situación creada, los líderes del MPLA hablaron de modo informal con la Jefatura de la Misión Militar Cubana en Angola la necesidad de enviar refuerzos desde la Isla para establecer una defensa eficaz.
Desde La Habana habían llegado las órdenes a la MMCA de prepararse para defender los principales accesos a Luanda y continuar trabajando en los Centros de Instrucción Revolucionaria creados a mediados de octubre en Cabinda y en las cercanías a las ciudades de Benguela, Henrique de Carvalho (hoy Saurimo) y Salazar (N´Dalatando).
El mensaje hacía referencia además a que se estudiaba la posibilidad de enviar mas tropas.
Después de la batalla de Catengue, el 2 y 3 de noviembre, el primer comandante Raúl Díaz Argüelles, jefe de la misión, instó al alto mando de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba a enviar refuerzos de manera urgente.
“Así fue. Sin vacilar aceptamos el reto. Nuestros instructores no serían abandonados a su suerte, ni tampoco los abnegados combatientes angolanos, y mucho menos la independencia de su patria, tras más de 20 años de heroica lucha”, casi tres décadas después le dijo el Comandante en Jefe Fidel Castro al intelectual y periodista francés Ignacio Ramonet (1).
En aquellos días gloriosos de fines de 1975, Fidel estaba convencido de que Estados Unidos estaba detrás de la invasión sudafricana.
Si Cuba no actuaba de inmediato, sucedería lo peor.
El 4 de noviembre, el líder de la Revolución Cubana decidió enviar a Angola las Tropas Especiales del Ministerio del Interior y el regimiento de artillería, pese a la manifiesta oposición de la máxima dirigencia de la Unión Soviética.
A pesar de la urgencia, Fidel sopesó las consecuencias de un acto tan inédito como trascendental.
Consideró improbable una agresión militar norteamericana, en Cuba o en Angola, como respuesta al envío de tropas a aquel país, pues sabía que la administración Ford cargaba el pesado fardo de la reciente derrota en Vietnam, la recesión económica en la nación norteña y el hecho de que se hubiera esfumado la ventaja estadounidense en armas nucleares, respecto a la URSS.
Además, confió en la sorpresa que sería para Moscú, Washington y Pretoria la impensable intervención masiva de refuerzos cubanos, a 10 mil kilómetros de su patria.
El 7 de noviembre de 1975, la primera compañía de Tropas Especiales, 158 hombres vestidos de civil, abordaron dos cuatrimotores turbohélices Bristol Britannia, de Cubana de Aviación, que partieron rumbo a Angola, con el itinerario Barbados-Bissau-Brazzaville (República del Congo)-Luanda.
El día 5 el Comandante en Jefe, antes de partir, les habló: "sobre todo de la invasión sudafricana. Dijo que algunos de los instructores cubanos habían muerto, que la situación era difícil, que debíamos detener a los sudafricanos antes de que llegaran a Luanda y que muchos de nosotros no regresaríamos. Dijo que le era muy duro decir eso y no acompañarnos", relató René Hernández Gattorno, uno de los primeros voluntarios (2).
Fidel les dijo a los internacionalistas que si Luanda caía debían combatir como guerrilleros mientras el MPLA combatiera, pero que en caso contrario se retirarían. De suceder esta situación, las Tropas Especiales enfrentarían la odisea de abrirse paso hasta Zambia, el único refugio posible.
“Era una operación riesgosa. Las Tropas Especiales no tenían retaguardia; no había forma de evacuarlas. Una vez que llegáramos a Angola, la puerta se cerraba detrás de nosotros”, recordaría tiempo después el segundo jefe del batallón, José Luis Padrón (3).
Para llegar a Luanda, los Britannia se tomaron 48 horas. Debieron reabastecerse de combustible en Barbados para saltar el Atlántico y aterrizar en Bissau, donde recibieron carburante una vez más, antes de volar a Brazzaville, donde esperaron.
Los turbohélices aterrizaron en el aeropuerto de la capital angolana en la tarde del 9 de noviembre, apenas tres días después que el MPLA arrebatara el control de la instalación a las tropas portuguesas que permanecían allí según lo previsto en el Acuerdo de Alvor.
La compañía de Tropas Especiales fue trasladada de inmediato a la sede de la Misión Militar Cubana, en Grafinil, en las afueras de la ciudad, donde recibieron sus uniformes y armas.
A las ocho de la mañana del día 10 de noviembre, 120 combatientes internacionalistas estaban en posición de combate detrás de los defensores de Quifangondo, preparados para repeler la anunciada ofensiva del FNLA, si lograba romper la defensa de la Novena Brigada.
1 Ramonet Ignacio. Cien horas con Fidel. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado. La Habana, 2006, pág. 362. (3ra edición)
2 Gleijeses, Piero. Misiones en conflicto. La Habana, Washington y África. 1959-1976. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 2007, p. 484. (3ra edición cubana)
3 Ibid. 3ra edición cubana, 2007, pág. 484.











