Es la carta suprema que se juega el gobierno yanqui para impedir la asunción al poder por Agostinho Neto y el Movimiento Popular para la Liberación de Angola, genuinos representantes de los intereses de ese pueblo.
Neto y el MPLA son demasiado izquierdistas para el gusto de la Casa Blanca. Ford y su Secretario de Estado, Henry Kissinger, ven con terror que Angola tenga un gobierno pro-soviético.
Washington desea un gobierno títere en la república aún por nacer, plegado a sus intereses. Para ello cuenta con los servicios de su aliada, la Sudáfrica del odioso apartheid, y de un lacayo, el dictador zairense Mobuto Sese Seko, además del respaldo tácito de Londres y París.
Las marionetas en el campo de batalla son las bandas de la UNITA, del cabecilla Jonás Savimbi, y el FNLA, de un anodino Holden Roberto.
Esos grupos, incitados por la CIA y otros servicios secretos extranjeros, desde la primavera de ese año desataron la guerra fratricida en el país con la intención de despojar del futuro gobierno nacional a Neto y su organización.
Tenían el apoyo encubierto de los Estados Unidos y del régimen racista sudafricano tanto en asesores como armas, pero están siendo derrotados.
Hasta los propios servicios de inteligencia norteamericanos aprecian el creciente control que tiene la organización de Neto sobre el país y que su brazo armado, las Fuerzas Armadas para la Liberación de Angola (FAPLA) se encamina a un inobjetable triunfo sobre sus rivales.
Pero esto cambió dramáticamente el 14 de octubre de 1975.
La columna Zulu estaba compuesta por un cierto número de oficiales, suboficiales y soldados racistas, así como por de más de mil bandidos del FNLA y antiguos militares angolanos al servicio de los colonialistas portugueses.
Los invasores tienen la misión de cumplir el plan de la Operación Savannah, concebida para capturar Luanda, el objetivo militar final.
Cuando la columna entra en Angola, el MPLA controla las ciudades, las principales aldeas y las escasas carreteras del sur del país. También domina toda la costa desde Namibia hasta Quifangondo, al norte de Luanda, con sus estratégicos puertos.
La UNITA ocupa sólo algunas zonas del centro de Angola y, en el norte, la Novena Brigada de las FAPLA contiene a los forajidos de Roberto y sus aliados zairenses.
Al sur de la nación, las unidades que tiene las FAPLA están escasamente entrenadas y peor armadas, pero cuentan con la potencia suficiente para vencer a las bandas de la UNITA.
Pero no pueden contender con los sudafricanos.
Zulu arrolló cuanta defensa encontró a su paso, penetrando entre 60 y 70 kilómetros por día en la profundidad del territorio angolano.
En apenas unos días, los agresores avanzaron hacia el interior del país y ocuparon sucesivamente las ciudades de Sá da Bandeira y Moçamedes, el principal puerto del sur de Angola.
Un segundo contingente integrado puramente por militares sudafricanos blancos, con vehículos blindados y morteros, entró en Angola días después y se unió a Zulu, luego de ocupar la ciudad de Roçadas (hoy Xangongo).
La segunda fase de la guerra de Angola comenzó con la invasión sudafricana, marcada por la presencia y protagonismo de las tropas foráneas.
Pese a las denuncias del MPLA, la prensa internacional describió a Zulu como tropas de la UNITA y el FNLA ayudadas por mercenarios sudafricanos y portugueses.
A principios de noviembre, en el pueblo de Catengue, al sudeste de Benguela, fuerzas de las FAPLA intentaron una vez más detener a Zulu.
Unos 40 asesores militares cubanos, de un centro preparación situado al sur de Benguela, se sumaron a las fuerzas de las FAPLA y combatieron con denuedo contra la columna invasora, pero debieron retirarse por tener menos hombres y armas.
En la valerosa acción murieron cuatro cubanos, siete fueron heridos y 13 desaparecieron.
Con el apoyo directo de los militares sudafricanos, Roberto y Savimbi se apresuraron a decretar su victoria sobre el MPLA y para el 11 de noviembre, día de la independencia, estar en Luanda, la presa principal.
Pero se equivocaron.
El combate de Catengue fue crucial en el rumbo futuro de la guerra en Angola: en La Habana comprendieron que los sudafricanos habían invadido.
Fidel Castro vislumbró que si no apresuraba el envío de refuerzos a los instructores militares cubanos ya presentes en Angola, los sudafricanos tomarían Luanda.











