No hay que dudar que existan políticos norteamericanos con cierto grado de cordura, pero la realidad es que hay otro tanto que no sabe apreciar otras aristas de la realidad que no sean las que se ajusten a sus apetencias y caprichos.
Así sucede precisamente con el riesgoso y controvertido tema nuclear, un poder que, en su fase militarista, puede fácilmente a estas alturas volatilizar varias veces al planeta en un dos por tres, si los orates con influencia y poder logran imponer sus criterios.
Y es que dentro del Imperio no son pocos los que sueñan con el control. norteamericano, lo más absoluto posible, sobre el átomo y las armas de destrucción masiva como garantía de supremacía, chantaje e intimidación, y como recurso bélico supremo en caso de actitudes demasiado rebeldes, irreverentes e incontrolables en aquellos que se estimen "oponentes".
Lo cierto es que a Washington le duró poco el sabor del poder militar absoluto que creyó acaparar en 1945, cuando lanzó sus primeras bombas atómicas sobre las ciudades niponas de Hiroshima y Nagasaki.
En un breve lapso la entonces Unión Soviética se hizo de armas nucleares como lógica respuesta defensiva, y el uso del átomo, ya sea para una posible guerra o como fuente alternativa de energía, se expandió entre otras naciones poderosas.
Decenios más tarde, nuevos países, como China, India y Pakistán, accederían al arma atómica. En las sombras, y por pura estrategia geopolítica imperial, Israel y el extinto régimen racista sudafricano, con el concurso de sus aliados gringos y europeos occidentales, también comenzarían el almacenamiento de artilugios atómicos.
Pero con todo, existen círculos poderosos en los Estados Unidos que no desean ceder espacio. Se estiman dueños y administradores absolutos del uso de la energía nuclear, y mientras dispensan aquiescencia y socorro a sus aliados más brutales, la emprenden contra aquellos pretendidamente "indeseables" que, a tono con sus legítimos derechos, intentan acceder al uso pacífico de una fuente tan importante de energía.
Irán es el más reciente de los acosados fuera del selecto círculo más o menos admitido por Washington, y el riesgo de una conflagración atómica ha vuelto a los primeros planos a partir, precisamente, de esos elevados niveles de agresividad imperialista.
La Casa Blanca, por demás, no ha dejado de fortalecer sus polvorines radioactivos con nuevos y más sofisticados medios de muerte, a la vez que no cesa de procurar la creación de medios que pretendidamente le aíslen de una efectiva respuesta enemiga cuando se decida a dar un primer golpe atómico en cualquier rincón del orbe.
Porque eso y no otra cosa constituyen los empeños que intentan establecer el llamado escudo antimisiles Made in USA, que se viene preparando desde hace varias décadas, y que, incluso, se intentó colocar a escasos kilómetros de las fronteras rusas.
No puede olvidarse que la presión gringa por instalar radares y misiles interceptores en la República Checa y Polonia, retardó por varios meses, de forma preocupante, la firma de un nuevo acuerdo con Moscú para una renovada reducción de armas nucleares.
Y si hablamos de monopolio nuclear, los cubanos bien podríamos citar la alharaca que en su momento destapó entre los poderosos vecinos del Norte el proyecto de la Isla de construir su primera central electronuclear en Cienfuegos, que fue presentada no pocas veces como una "amenaza" y un "riesgo" para el territorio estadounidense colindante con el Golfo de México, una zona donde, sin embargo, radican no pocas plantas energéticas norteamericanas que usan el átomo y algunas de las cuales han sido escenario de sonados accidentes.
Nada, que Washington insiste en su absurda y falseada regla de que el átomo, al parecer, viene con marca de registro exclusiva Made in USA.











