Según el plan mucho más serio propuesto por Fidel Castro y aceptado con satisfacción por la máxima dirigencia del MPLA, Cuba enviará a 480 asesores militares, con las armas, vestuario, calzado, comida, equipos de campaña, medicina y otros aseguramientos para en período de tres a seis meses formar a unos cinco mil 300 combatientes de la representación más genuina del pueblo angolano.
El primer comandante Raúl Díaz Arguelles está enfrascado en la elaboración del plan de medidas para la descarga, traslado, ubicación y acondicionamiento de ese personal y los medios materiales que traen.
Al primer viceministro de las FAR, primer comandante Abelardo Colomé Ibarra, le escribe una carta en la que propone ubicar Centros de Instrucción Revolucionaria donde preparar a los guerrilleros en el enclave de Cabinda, y en las cercanías a las ciudades de Benguela, Henrique de Carvalho (hoy Saurimo) y Salazar (N´Dalatando).
También le advierte acerca del peligro que se cierne sobre Angola con la intervención de potencias extranjeras en gran escala para apoyar a las organizaciones fantoches de la UNITA y el FNLA. Señala que es una preocupación compartida por Neto y el Buró Político del MPLA.
Tomando en cuenta que los centros de instrucción empezarán a funcionar el 15 de octubre y que el primer grupo de reclutas no estará listo hasta el enero por llegar, en otra misiva el jefe de la Misión Militar Cubana insiste en la posibilidad de que antes de noviembre los instructores estén luchando junto a sus alumnos, en contra de los enemigos de Angola.
Por otra parte, la integración de la Misión Militar enfrenta inconvenientes con la llegada oportuna de sus especialistas, pues en Portugal los elementos radicales de la “Revolución de los Clavales” que dio fin a la dictadura en abril de 1974, han tenido que renunciar ante las presiones de sus oponentes moderados y se ha hecho más difícil recibir las visas para viajar desde Lisboa hacia Luanda.
Aún así, a fines de septiembre suman 50 los militares cubanos en Angola.
Mientras tanto, a miles de kilómetros, en Cuba son seleccionados los 430 restantes miembros de la Misión, el grueso de los cuales, entre el 16 y el 20 de septiembre, parten hacia Angola en los buques Vietnam Heroico, La Plata y Coral Island, llevando consigo los recursos materiales para los cuatro Centros de Instrucción Revolucionaria.
Díaz Argüelles recibe las instrucciones dadas por Fidel Castro que el desembarco y el traslado de los combatientes cubanos hacia esos lugares se realizara de forma inmediata, para evitar cualquier enfrentamiento armado con las tropas portuguesas que permanecerían en la colonia hasta la proclamación de la independencia el 11 de noviembre.
Era imprescindible evitar un encuentro de esa índole, pues haría ver a las tropas cubanas como invasoras.
Pero las orientaciones tenían una acotación: “Cuando estén instalados en los campamentos, pues si los portugueses atacan ya sería un ataque al MPLA y aquí si entablaría combate nuestro personal”, indicaba Fidel.
A la vez que los tres barcos navegaban hacia Angola, dos aviones partieron hacia Brazzaville, la capital congolesa, llevando a bordo 142 instructores destinados al Centro de Instrucción Revolucionaria a constituir en el enclave de Cabinda.
“El MPLA pensaba que los necesitaba en otras partes, pero nos preocupaba que si perdían Cabinda nunca la recuperaran”, después le confesó el que durante años fue el representante personal de Fidel Castro para África, Jorge Risquet, al destacado investigador y profesor ítalo-norteamericano Piero Gleijeses.
Cabinda y su producción petrolera era una presa apetecida por Zaire, empujada por detrás por los Estados Unidos, y el dictador Mobuto Sese Seko estaba determinado a apoyar a fuerzas separatistas para convertir al enclave en un títere suyo.
Mientras eso ocurría, en La Habana, Fidel Castro lleva días pensando en la posibilidad de una intervención militar de gran magnitud en la colonia portuguesa, próxima a declarar su independencia.
Su mensaje del 15 agosto de 1975 al líder de la URSS, Leonid Brezhnev, donde solicitaba asistencia para el envío y presencia de tropas cubanas en Angola, no había tenido la acogida esperada.
El asunto molestaba a los soviéticos, preocupados más en que el despacho de fuerzas cubanas malograra la adopción con los Estados Unidos del acuerdo SALT II, para la limitación de armas estratégicas, y por su desconfianza manifiesta acerca de la postura independiente que mantenían Agostinho Neto y el MPLA.
El líder de la Revolución Cubana estaba en una encrucijada: intuía que el envío de refuerzos era inevitable, pero en primera instancia reconocía la necesidad del apoyo logístico soviético.
Hechos dramáticos sucedidos después inclinarían la balanza y condujeron al inicio de la gloriosa Operación Carlota.













