“¡Dios mío!, ¿Qué hemos hecho?”, comenta consternado el capitán Robert Lewis.
La exclamación del copiloto sucede mientras el tristemente célebre coronel Paul Tibbets hace que el B-29 Enola Gay se aleje a toda velocidad del enorme y terrorífico hongo nuclear que se eleva sobre la ciudad japonesa de Hiroshima.
Es el 6 de agosto de 1945.Hiroshima y Nagasaki: en la memoria
Dos días después, los periódicos norteamericanos publicaban la lúgubre descripción de la hecatombe, hecha por Radio Tokio: “Prácticamente todas las cosas vivas, humanos y animales, se quemaron hasta la muerte”.
Pero el presidente Harry S. Truman quería dejar bien claro al mundo su mensaje.
El 9 de agosto la tripulación comandada por el mayor Charles W. Sweeney, en el B-29 Bockscar, repite el pavoroso bombardeo, esta vez en Nagasaki, sin darle tiempo a Japón de comprender que estaba sucediendo.
Seis días después, el imperio anunció su rendición incondicional, acto que se hace oficial el 2 de septiembre con la firma del acta de capitulación a bordo del acorazado USS Missouri.
Embriagada por la felicidad del fin de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad en los primeros instantes no supo aquilatar debidamente lo que significó el primer ataque nuclear de su historia.
Incluso Truman hizo creer a muchos que el uso de la destructiva arma había acelerado la derrota de los militaristas japoneses y que evitó las grandes pérdidas de vidas humanas que hubiera significado la invasión al país del sol naciente.
El mandatario mintió apenas 16 horas del golpe a Hiroshima, cuando desde Washington anunció a los estadounidenses y al mundo el uso de la bomba atómica.
“Ahora estamos preparados para arrasar más rápida y completamente toda la fuerza productiva japonesa que se encuentre en cualquier ciudad”, afirmó descaradamente.
El propósito siempre fue otro, incluso desde el nacimiento del ultrasecreto Proyecto Manhattan, con la firma del presidente Franklin Delano Roosevelt, el 6 de diciembre de 1941, un día antes del ataque masivo sorpresivo a Pearl Harbor por la aviación embarcada en los portaaviones de la Primera Flota nipona.
Los Estados Unidos querían ser los primeros en contar con las bombas nucleares en su arsenal bélico.
La investigación científica duró cuatro años y dio lugar a dos tipos de bombas atómicas.
Sus responsables se sorprendieron del poder devastador creado, cuando el 16 de julio de 1945 se realizó la “Prueba Trinity”, cerca de Álamogordo, Nuevo México. La bomba utilizada en el ensayo causó una explosión con un poder cercano a los 20 kilotones, es decir el equivalente a 20.000 toneladas de TNT.
Aunque el Ejército Imperial Japonés estaba prácticamente derrotado por el empuje de las fuerzas armadas estadounidenses y sus aliados, así como por la lucha de los movimientos de liberación en los países ocupados por los militaristas, el sucesor de Roosevelt en la presidencia de los EE.UU., Harry S. Truman y los sectores más reaccionarios de la nación norteña decidieron mostrar el poder sin precedentes alcanzado.
Incluso el 26 de julio de 1945, el gobernante no dijo a sus interlocutores aliados, la intención de atacar a Japón con la nueva y ultrasecreta arma. Por eso la declaración de Postdam exigió la rendición incondicional de la nación asiática, so pena de “la inevitable y completa destrucción de las fuerzas armadas japonesas e inevitablemente la devastación del suelo japonés”, aunque sin mencionar en nada lo que estaba por ocurrir.
Hiroshima y Nagasaki eran ciudades con escasa importancia militar e industrial, pero fueron condenadas por el interés del gobierno yanqui de chantajear al mundo y en particular para amenazar al que avizoraban como el enemigo de la postguerra, la Unión Soviética, con la tenencia exclusiva del arma atómica y su decisión de utilizarla.
Con estos antecedentes es que el Enola Gay, comandado y pilotado por el coronel Tibbets, partió desde la base aérea de North Field, en Tinian, Filipinas. En su vientre, el B-29 Superfortress llevaba a Little Boy, como sarcásticamente bautizaron a la primera bomba nuclear en utilizarse en la historia.
Little Boy fue arrojada el 6 de agosto de 1945, a las 8:15 horas de Hiroshima y 55 segundos después detonó a la altura predeterminada, sobre la ciudad. La explosión equivalente a 13 kilotones (13.000 toneladas de TNT) arrasó con todo su poderío lo que estaba a su paso.
Entre 70.000 y 80.000 personas, cerca del 30 por ciento de la población, murió al instante. Otras 70.000 resultaron heridas.
Casi la totalidad de los doctores y las enfermeras que se encontraban en Hiroshima murieron o resultaron heridos, ya que la mayoría se encontraba en el centro de la ciudad, área que recibió el mayor daño.
Tres días después, el Bockscar pilotado por el Mayor Sweeney a las 11:01 horas lanza el segundo artefacto infernal, con el irónico nombre de Fat Man. Transcurridos 43 segundos, un estallido equivalente a 22 kilotones arrancó las vidas a entre 40.000 y 75.000 personas.
Al finalizar 1945 los fallecimientos en alcanzaron la cifra de 80.000, según las autoridades locales.
“¡Dios mío!, ¿Qué hemos hecho?”, las palabras del capitán Robert Lewis sintetizan en el tiempo el temor a una guerra nuclear catastrófica con el que vive la humanidad desde la creación de Litte Boy y Fat Man.
Hoy un pequeño grupo de naciones, los Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China, en su poder cuenta con suficientes armas nucleares como para acabar varias veces con la vida en el planeta.
Cada agosto, el mundo se estremece recordando las imágenes de los hongos nucleares erigiéndose sobre Hiroshima y Nagasaki, de la muerte de miles de personas y de las ciudades destruidas.
Indigna la decisión de Truman de sacrificar a millares de víctimas para demostrar la supremacía bélica de los Estados Unidos sobre el resto de las naciones.
Los ataques, lejos de traer la paz anhelada, condujeron al planeta a una desenfrenada carrera armamentista que no ha dado fin y sigue amenazante. Se dice que aún en el mundo existen 30.000 armas nucleares, la mayoría más potentes que las arrojadas sobre la ciudades japonesas.
Por siempre, en el tiempo, Hiroshima y Nagasaki serán sinónimo de un crimen abominable.











