Un bombardero Mitchell B-25 volaba aquella mañana brumosa de 1945 hacia la isla de Manhattan, cuando perdió el rumbo, y se estrelló contra el piso 79 del que entonces era el mayor edificio del mundo y hoy es considerado una de las siete maravillas de la ingeniería norteamericana, casi ocho décadas después de su inauguración en la céntrica Quinta Avenida, entre las calles 33 y 34,
Fue la primera de las tres tragedias provocadas en Nueva York por el impacto de aviones en sus rascacielos. Las otras ocurrieron el 11 de octubre del 2006, en el edificio Belaire, y el 11 de septiembre de 2001, en el World Trade Center, durante el ataque terrorista contra las Torres Gemelas, respectivamente.
La segunda fue accidental, tuvo como saldo dos muertos y 16 heridos y como protagonista al pitcher de los New York Yankees, Cory Lidie, mientras la más reciente fue perpetrada por terroristas mediante el desvío de dos naves de pasajeros contra las Torres Gemelas y ocasionaron más de tres mil muertos.
Desde la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos pensaban que de producirse un ataque aéreo al país uno de los blancos sería, sin dudas el Empire State, sin embargo nadie podía imaginarse que la irresponsabilidad de un multicondecorado piloto del ejército sería la causante de la indeliberada agresión a ese edificio de 102 pisos de altura, inaugurado el primero de de mayo de 1931.
El incidente ocurrió de la siguiente manera: menos de una hora después de haber despegado a las 8:55 de aquel 28 de julio de 1945 , desde Bedford, en el estado de Massachussets, rumbo al aeródromo de Newark, el teniente coronel William Franklin Smith, escuchó el premonitorio aviso del control del aeropuerto de La Guardia: “No podemos ver la torre del Edificio Empire State”.
Después de acusar recibo de la alarma, y de instruir a los tripulantes sargento Cristóbal Domitrovich y mecánico de aviación Alberto Pérez, Smith efectuó un viraje inclinado en dirección a Manhattan, para continuar rumbo al aeropuerto de Newark., confiando que su pericia, puesta a prueba en los cielos de Alemania durante el conflicto bélico que estaba a punto de terminar lo llevarían sin contratiempo a su destino.
Esa maniobra fue un gran error, según reconoció a raíz del lamentable suceso el Departamento de Guerra de Estados Unidos, que en el informe de la investigación concluyó: “el piloto no calculó bien cuando decidió volar sobre Manhattan en tan malas condiciones ambientales” y fue incorrecto haberle permitido seguir hasta Newark”.
De que algo no se había hecho bien, se dieron cuenta, además del responsable de la nave, os neoyorquinos que caminaban por Madison y otras avenidas, sintieron pasar como una tromba.sobre su cabeza el potente bimotor
Los oficinistas e inquilinos de los rascacielos cercanos lo contemplaron inevitablemente prisionero de las torres erigidas cientos de metros más arriba del nivel por donde el aparato navegaba, no más alto del piso 22 de la Estación Grand Central.
Como si los que iban a bordo del B-25 pudieran escucharle, Stan Lomax, radiolocutor de deportes de la estación WOR sacó la cabeza por la ventanilla de su automóvil y se puso a vociferar: “¡Sube, zoquete, sube”.
Minutos después un joven de 17 años, Donald Maloney, del servicio de guardacostas, que se adiestraba como sanitario, corrió hacia una farmacia en busca de morfina, jeringuillas, agujas hipodérmicas, botiquines y agua destilada, luego de escuchar una explosión sorda y ver llamaradas en la parte inferior de la torre del edificio de 102 pisos.
Según la prensa de la época, Maloney entró como un bólido con su paquete en el Empire State cuidando no ser arrollado por las bandadas de oficinistas aturdidos que lo abandonaban, y con su valor y sangre fría contribuyó a salvar muchas vidas, excepto la de Smith, Domitrovich y Pérez, y de más de una decena de obreros que trabajaba en los niveles 79 y 80 y murieron asfixiados por las llamas.
El aparato abrió una brecha de 5,5 metros por seis metros en la fachada de la calle 34 del gigante rascacielos. Uno de sus motores perforó siete paredes, abrió un agujero en el frontis opuesto, y al caer atravesó el techo de una casa de oficinas de 12 pisos de la calle 33. El otro motor y partes del tren de aterrizaje se precipitaron 300 metros hasta el sótano por el agujero de un ascensor.
Sin embargo, eran las 9:39 antes meridiano y el avión estaba a sólo un minuto de distancia del aeródromo de La Guardia cuando se perdió en la niebla. Al parecer, la densa bruma provocó que Smith confundiera el río del Este (a un lado de la Isla de Manhattan) con el Hudson, que está en otro, e iniciara el descenso esperando encontrar la pista del aeropuerto de Newark, en lugar de las elevadas edificaciones del corazón de Manhattan, contra la mayor de las cuales se proyectó.
Pero un informe no se redacta con pareceres y la Comisión creada al efecto por los militares, debía determinar más allá de las suposiciones si el accidente se había originado por las condiciones ambientales, un error humano o mecánico o por una conjunción de esos factores.
Se descartó la hipótesis de un sabotaje, porque aunque en 1945 el mundo distaba de ser el paraíso de la seguridad, no estaba de moda aun el terrorismo: ninguno de los dos, ni el que practican hoy algunos estados poderosos o individuos de la laya de Osama Bin Laden o Luis Posada Carriles.
La casualidad tuvo un papel decisivo a la hora de dilucidar por qué el B-25 no tocó pista.
En las oficinas de la Sociedad Norteamericana de Ingenieros Civiles, ubicada en el piso 15 del 33 Oeste de la calle 39, el paso estruendoso de la aeronave obligó a interrumpir el dictado a una grabadora, pero esta siguió funcionando.
Posteriormente, cuando el individuo, apellidado Jasper, repitió en la máquina lo que llevaba dictado, se dio cuenta de que había registrado claramente el zumbido del avión.
La grabación adquiriría utilidad incalculable, pues permitió descartar la posibilidad de un anormal funcionamiento de los motores.
Precisamente el día anterior se había tratado de instalar en la torre del edificio colisionado el primer sistema preventivo de choques: un emisor de señales de radio que alertaban a los pilotos sobre la cercanía a un obstáculo.
Aunque a destiempo para Smith, sus acompañantes y los demás que murieron, o sufrieron heridas de consideración, el dispositivo se colocó pocas semanas después de que los neoyorquinos contemplaran, con espanto, aquella enorme bola de fuego que se elevó 30 metros en el espacio, y disolvió la niebla, mucho menos densa que las que pocos días después, el 6 y 9 de agosto, cubrirían las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.













