“Vísteme despacio, que estoy deprisa”, reza el adagio de marras.
En nuestra visión, sintetiza lo que el Gobierno del presidente Raúl Castro ha estado insistiendo en los últimos tiempos: reconoce que el modelo económico cubano urge de cambios, pero esas transformaciones son una tarea profunda y compleja, que requiere premeditación y seguridad.
Si no hay una recuperación inmediata y sostenida a largo plazo de la economía, la existencia del Socialismo en Cuba está en peligro, ha dicho el propio Raúl.
Para el logro de tal propósito, el mandatario está determinado a lograr que la seriedad, eficacia y racionalidad destierren del quehacer económico del país a los vestigios que aún subsisten de voluntarismo, irresponsabilidad, derroche, desidia y hasta falsedad.
Esa decisión es una de las causas de la larga lista de ajustes que ha realizado en el Gobierno desde que fuera electo como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros en febrero de 2008.
No le tiembla la mano cuando es necesario reemplazar a los cuadros que mienten al país o cometen errores crasos en el cumplimiento de sus responsabilidades.
El discurso de Machado Ventura este 26 de julio reiteró otra máxima de Raúl dirigida a los dirigentes políticos, gubernamentales y administrativos, a todos los niveles: el cumplimiento del plan es sagrado, con lo que subraya los valores político, ideológico y estratégico de la batalla económica para la sostenibilidad y preservación del socialismo.
Cuba enfrenta realidades duras, como la de ajustar el gasto social a las posibilidades materiales, la insuficiencia de los ingresos personales de los ciudadanos o reubicar en sectores productivos al más de un millón de funcionarios públicos que algunos analistas calculan están ocupando plazas innecesarias.
La comprensión cabal de los cuadros de que la economía es la tarea principal y el centro del trabajo ideológico, es crucial en las circunstancias que vive el país.
Es una necesidad imperiosa para, en primera instancia, mitigar los efectos de la recesión mundial, el bloqueo yanqui y las astronómicas pérdidas causadas por los huracanes de 2008. También para ir restableciendo de una manera firme y sostenida la capacidad del país para producir bienes y servicios, de una manera racional.
En todo este entorno, no se puede olvidar por un instante el sempiterno obstáculo que es el criminal bloqueo yanqui, creado hace medio siglo para rendir por penurias a los cubanos y su Revolución.
Cambiar todo lo que debe ser cambiado, en el momento histórico, expresó Machado Ventura en Santa Clara, refiriéndose al concepto de Revolución establecido por Fidel Castro hace una década atrás.
Pero los cambios serán poco a poco, de manera mesurada, para disgusto de los que critican a Raúl por no avanzar más rápido en las transformaciones anunciadas del modelo económico cubano.
Los ilusos o malintencionados no quieren apreciar cuanto pesa el asedio yanqui en la toma de decisiones trascendentales en la Isla digna e independiente.
En otras palabras, no hay derecho a equivocaciones, pues de ello depende el futuro del socialismo a apenas 90 millas del mayor imperio conocido en la historia humana.
No se va a entregar en bandeja de plata al enemigo jurado de la Revolución, la obra que erigida sobre el sacrificio supremo de sus vidas hecho por miles de compatriotas desde el 10 de octubre de 1868 en las guerras por la independencia, el asalto a los cuarteles Moncada y Céspedes; la Sierra Maestra, Girón, la lucha contra bandidos y las gloriosas misiones internacionalistas.
También por aquellas cubanas y cubanos que fueron víctimas de las acciones terroristas promovidas por la tenebrosa CIA y ejecutadas por las manos asesinas de Luis Posada Carriles, Orlando Bosch y otros de su ralea, con el respaldo entusiasta de la mafia gusano-norteamericana de Miami.
A los que vivimos en esta Isla digna e independiente y creemos en su sistema socialista, nos corresponde asumir la tarea de eternizarlo contribuyendo con nuestro trabajo al logro de una economía sólida y dinámica, capaz de sostener con racionalidad toda la justicia conquistada.
Nos vestimos despacio, que estamos deprisa.




