Grupos portadores y representantes de la cultura de una veintena de países recorrieron la calle Aguilera, una de las arterias principales de la ciudad, hasta el céntrico Parque Céspedes, mostrando los colores brillantes y los bailes cadenciosos que identifican la región caribeña.
En las danzas y los enérgicos ritmos de tambores se adivinaban ancestros comunes: africanos rebeldes robados de sus tierras y europeos con historia milenaria en busca de nuevos horizontes.
El pueblo, verdadero protagonista de uno de los eventos más importantes de la región en defensa de la cultura popular y tradicional, se reconoció en la idiosincrasia de los vecinos de la isla y disfrutó las evoluciones artísticas.
Como preámbulo del reconocido Carnaval santiaguero, también desfilaron los cabildos y congas de la ciudad, herederos de las asociaciones de ayuda mutua de los esclavos africanos.
El tradicional recorrido se inició con un rito del vodú haitiano, cuyas expresiones aparecen con fuerza en la cultura cubana tras las migraciones de colonos y esclavos que escaparon de la Revolución de Saint Domingue, invocó al loa dambalá, su dios de la serpiente, por la vida y la unidad de los pueblos.
Abel Prieto Jiménez, ministro de cultura de Cuba presenció el desfile junto a la Ministra de Educación, Cultura y Deportes y el Ministro de Asuntos Sociales de Curazao; autoridades del estado de Pernambuco en Brasil y artistas, intelectuales y personalidades de la cultura cubanas y del resto del Caribe.
La sede del gobierno municipal, edificio del antiguo Ayuntamiento en el corazón de la ciudad, sirvió de estrado.
Las comitivas de Curazao y el estado brasileño de Pernambuco –regiones a que está dedicada la edición número 30 del Festival- y la de México, fueron las más numerosas de los extranjeros, que participan en la fiesta con más de mil 370 visitantes de una veintena de países.




