
Cuando el grito de independencia agitaba toda la América insurrecta, el llanto de su nacimiento, el 26 de junio de 1808, anunciaba la llegada de quien se convertiría en mito y ejemplo a seguir para todas las revolucionarias y luchadoras del mundo.
Su vientre fecundo dio a luz a una legión de temerarios soldados, que junto a ella, alumbrarían el camino de la verdadera libertad en la Mayor de las Antillas; sus hazañas los inscribirían, al igual que a su progenitora, en las páginas más gloriosas de las guerras por la independencia.
Con la revolución de 1868 despertaron también las ansias libertarias de Mariana, que congregó a sus hijos y los invitó a que, postrados ante ella, juraran dar por Cuba la sangre y la existencia. Pero esta corajuda mujer no se contentó con verlos marchar, también ella corrió a las filas mambisas para darle a los hijos de esta tierra, de aquel momento y a las generaciones del porvenir, patrióticas lecciones de valentía; para experimentar los duros sufrimientos del campo de batalla, las largas y angustiosas jornadas en los hospitales de sangre; para alentar esa rebeldía indomable característica de los Maceo que empujó a su hijo Antonio en los históricos Mangos de Baraguá a levantar el estandarte de la independencia.
Amor y firmeza están presentes en esta valerosa y enérgica mambisa; ejemplo que llega hasta nuestros días y que tomaron Haydee, Celia, Vilma y muchas otras patrriotas, como talismán de sus hazañas.
Tras el fracaso de la contienda de los Diez Años, Mariana Grajales Coello fue desterrada a Jamaica donde le sorprendió la muerte, luchando hasta el último momento por la libertad de Cuba. Su espíritu emprendedor, heroico y extraordinario hizo que Mariana quedara plasmada por siempre en el corazón del pueblo cubano.
A más de dos siglos de su onomástico, su legado perdura en las páginas de nuestra historia. A pesar de las angustias incurables que padeció durante su vida, no dejó de batallar un solo momento por romper las férreas cadenas que le ataban a la isla hermosa que la viera nacer.
Eterna gratitud y respeto merece esta cubana, que aún, ante la tumba recién abierta de uno de sus hijos, con dos de ellos heridos graves y otro ensangrentado y moribundo, supo decirle al más pequeño: “empínate que ya es tiempo de que pelees por tu Patria”.




