Confiesa que jamás imaginó un día estar frente al legendario monasterio Shaolín (495 de la era cristiana) de las estereotipados filmes de artes marciales, ni ver correr a sus pies el Río Amarillo, gigante de cinco mil 464 kilómetros de largo, el segundo curso fluvial más largo de China, sólo superado por el Yangtsé, y el quinto de la Tierra.
No soñó en sus días de estudiante de secundaria ver la corriente fluvial asiática descrita en alguna clase de geografía y mucho menos que su vocación por la Medicina la llevaría a desandar mundo con visas que acuñan Ecuador y Brasil por congresos científicos oftalmológicos y Bolivia y China por el más humano de sus aportes: traer la luz a quienes la tenían negada.
Todo comenzó en Cuba, con el inicio de la Misión Milagro que los pueblos, por millones, agradecen a la voluntad política de dos líderes de escala planetaria: Fidel Castro Ruz y Hugo Rafael Chávez Frías.
La doctora Sanfeliz Yebra se cuenta entre las pioneras de la práctica masiva de cirugía de cataratas con implante de lente intraocular, primero en La Habana y luego en Guantánamo, donde se intervinieron más de tres mil pacientes locales, haitianos y venezolanos a partir del 2005.
“En junio de 2006 salgo para Bolivia como integrante de la Misión Milagro y trabajo en cuatro centros oftalmológicos diferentes, en las zonas de Santa Cruz, Copacabana Sucre y Villazón donde, además de pacientes nacionales, operamos peruanos y argentinos.
“Eran personas muy pobres, los olvidados de ayer, indígenas, muchos con dialectos como el aymará y quechua, cuya alegría era indescriptible cuando tras la operación, al día siguiente, le retirábamos el vendaje y veían la luz que por años le había sido negada”.
Los ojos le brillan a la especialista cuando recuerda aquellas expresiones que a su propio decir, reconfortaban largas jornadas quirúrgicas con 20- 25 pacientes, que comenzaban a las cuatro de la tarde y se extendían muchas veces a horas de la madrugada.
“Habían pasado solo tres meses en Bolivia, donde compartía las alegrías y esperanzas de los pobladores originarios, cuando China sorpresivamente sonó en mis oídos… mi mente internacionalista estaba preparada para América, pero no para el Oriente del Mundo, como le digo yo.
“Tras una estadía de adiestramiento en los hospitales José A. de Sucre, en Jagüey Grande, Matanzas; y el Instituto Cubano de Oftalmología Ramón Pando Ferrer, en abril de 2007, emprendimos el largo viaje que me mantuvo fuera de Cuba hasta febrero de 2010.
“Volamos, volamos, volamos… y luego del paso por Beijing, capital de la RPCh, viajamos 470 kilómetros hacia el Sur, donde se encuentra la ciudad de Hebi, asiento del Hospital Oftalmológico de Excelencia Amistad China-Cuba de la provincia de Henán, uno de los tres existentes y de los cincuenta que se proyectan construir en el gigante asiático”.
La historia china de esta oftalmóloga guantanamera, de 43 años de edad y 16 de especialidad abre un capítulo internacionalista en una zona donde a su propio decir “eran los primeros extranjeros y la población miraba extrañada en las calles el paso de una rubia y de otras personas de tez oscura.
“Los chinos son muy apegados a sus ancestrales tradiciones y costumbres y mantuvimos con ellos muy buenas relaciones desde las primeras y largas jornadas de pesquisa en el terreno, durante las cuales tratamos unas 45 mil personas en nueve meses de verano e invierno, con temperaturas que oscilaron desde 40 grados centígrados hasta 15 bajo cero.
“Las principales patologías eran los trastornos refractivos: hipermetropía, astigmatismo, pero fundamentalmente miopías, así como cataratas, pterigio y retinopatías y a diferencia de la asistencia en América Latina, en China se cobra, aunque existe el Proyecto La Luz, promovido por el gobierno, para la operación gratuita de pacientes de bajos ingresos económicos.
“Aunque los días conmemorativos y festivos cubanos eran de lágrimas para nosotros por la nostalgia, la experiencia China fue muy hermosa desde los puntos de vista humano y cultural”, concluye Natasha, cubana de “tronco europeo”, pero vinculada por siempre a otra vertiente de la génesis nacional sembrada en el lejano 1847, cuando los primeros de 150 mil chinos culíes llegaron a la Isla.













