
Fue el 4 de junio de 2007 la primera partida-separación. Gaby lloró cuando mamá, Katiuskka Cobas Lambert, en su condición de médico general integral, voló a Guatemala para seguir aportando a la historia de solidaridad iniciada por otros galenos cubanos nueve años antes, en octubre-noviembre de 1998, cuando el huracán Mitch hirió profundo a los guatemaltecos.
El 4 de febrero de 2008 sufrió la segunda partida-separación: José Antonio García Prieto, papá, enfilaba hacia la República Bolivariana de Venezuela, en su calidad de Licenciado en Cultura Física.
Hasta abril de 2008 la pequeña Gaby esperó para apretujarse contra el seno materno, pero tendría que aguardar otros 14 meses, hasta marzo de 2010, para con el retorno de papá, disfrutar del reencuentro definitivo de los cinco: padres, abuelos y la rubia e intranquila maravilla de la casa.
Kati
Guajira de Puriales de Caujerí, en el municipio guantanamero de San Antonio del Sur, esta delgada y espigada “rubia campesina” se recibió en 2001 como galena en la Universidad de Ciencias Médicas de la provincia más oriental del Cuba y tres años más tarde terminaba Medicina General Integral, especialidad de amplio espectro que la dotaba de los conocimientos necesarios para el desafío internacionalista de Salud.
“En Guatemala –cuenta- trabajé en los departamentos de Escuintla y Jalapa, a tres horas de Ciudad de Guatemala, en los cuales cada mes visitamos los pacientes de 25 comunidades. Viajábamos en motos conducidas por trabajadores guatemaltecos de Salud.
“La asistencia médica incluía vacunación gratuita contra tuberculosis, hepatitis, tétanos, papera, rubeola y sarampión y las consultas las improvisábamos en un portal o bajo un árbol, a donde concurría la población, priorizando los menores de cinco años, embarazadas y puérperas.
“Parasitismo intestinal, como consecuencia de la mala calidad del agua a falta de acueductos y alcantarillados, era el principal problema de salud, aunque abundaban las lesiones de piel por hongos y las infecciones respiratorias agudas.
En la sala de su casa de la Avenida No. 849 entre Ahogados y Cuartel, en la ciudad de Guantánamo, Kati es escuchada con atención por Lilian y José Antonio, los suegros; su esposo y la pequeña Gaby, que a rato interrumpe con recordatorios como el de la culebra…
“Se trata –explica Kati- de tres ocasiones en que recibí pacientes mordidos por la “tres pasos”, una tan pequeña como mortal serpiente, cuya picada aprendimos a combatir con los nativos, quienes siguen un protocolo de vacunación de suero antiofídico y corre a cuenta y cargo de los familiares el traslado de la víctima al hospital más cercano.
“La misión en Guatemala me permitió valorar en su justa medida la grandeza del sistema de salud cubano; allí, por ejemplo, los partos lo hacen comadronas, y nuestra ayuda, en este sentido se dirigió a capacitarlas, “darles herramientas teórico-practicas” que permitan mejor calidad de los alumbramientos.
“La población –continuó- tiene en alta estima a la brigada que llegó en los días difíciles del huracán Mitch y permanece, razón por la que en diciembre de 2008, al cumplirse diez años de asistencia solidaria, el Presidente Álvaro Colom se reunió con todos los cubanos y les entregó la Orden del Quetzal en su grado de Comendador”.
Ocho meses antes, el Presidente predecesor, Oscar Berger, había distinguido al colectivo de salud con el Premio Nacional de Derechos Humanos "Padre Manolo Maquieira".
Jose
“¡Qué paradoja!, esas glorias la ocultan los mercenarios que nos acusan de violadores de derechos humanos”, subraya José Antonio (esposo) y rememora su primera y única vez fuera de Cuba, cuando desde el aire divisó la carretera y los cerros en las inmediaciones del aeropuerto de Maiquetía y se dijo: ¡Qué c… hago yo aquí!
Luego, en el curso de los siguientes 24 meses él mismo se respondió la pregunta: “Vine a desarrollar el deporte de las comunidades, a contribuir con el ejercicio físico al mejoramiento de la salud y calidad de vida de los pobladores de San Fernando de Apure, municipio Biruaca, urbanización El Paraíso, donde coseché cientos de amistades”.
Un día en la vida venezolana de José Antonio era como para nunca acabar con sesiones de trabajo extensivas hasta la tarde noche comenzando por la escuelas, a la que seguía práctica masiva de deportes como béisbol, futbolito o sofbol, bailo-terapia, y ejercicios con el círculo de abuelos.
“Las sesiones de trabajo incluían también –añade el joven Licenciado en Cultura Física- rehabilitación, gimnasia con niños y mujeres, y ejercitaciones dirigidas a embarazadas y pacientes obesos o con enfermedades crónicas no transmisibles como diabetes mellitus, hipertensión arterial, asma”.
El 29 de junio de 2009 regresó Kati. El 10 de marzo de 2010 lo hizo José. Para entonces Gabi era todo gozo entre la seguridad de sus Ñaña y Ñaño, como bautizaría a los protectores abuelos, magníficos suplentes de sus padres, con quienes sigue viviendo mientras sabe a sus padres cerquita, en el piso superior de la vivienda.













