Mujer modesta, tierna y sencilla, fue una de las primeras en incorporarse al Movimiento 26 de Julio, apoyó a los moncadistas detenidos en el Presidio Modelo, y trabajó directamente con Frank País en la organización de las fuerzas que se movilizarían en apoyo al desembarco del yate Granma, operación en la que corrió grave riesgo para su vida.
En febrero de 1957 sube a la Sierra Maestra para coordinar las acciones a seguir junto al grupo de combatientes rebeldes encabezados por el Comandante Fidel Castro Ruz; un mes después tiene un rol fundamental en el envío del primer refuerzo en hombres y armas, y en abril se incorpora a la guerrilla y participa en el combate de El Uvero con su fusil M-1.
A partir de entonces se entrega en cuerpo y alma a la causa revolucionaria, compartiendo los peligros y la dura vida en las montañas junto al resto de los integrantes del Ejército Rebelde, convirtiéndose en un símbolo para todos los que la conocieron por su ternura, valentía y solidaridad.
Después del triunfo trabajó siempre al lado de Fidel; salvó innumerables documentos de gran valor histórico desde la lucha guerrillera. Creó la Oficina de Asuntos Históricos y dio su valioso aporte a numerosas obras creadoras de la Revolución, en las que se palpa todavía su huella tierna e imperecedera.
En este 90 aniversario del natalicio de quien fuera la más fiel ejecutora del pensamiento de Fidel hasta el último aliento de su vida, nada más apropiado que las palabras de Armando Hart Dávalos, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en la despedida de duelo de Celia: “está junto al Che y a Camilo. Como ellos, entró por las puertas de la eternidad como símbolo purísimo del pueblo cubano en la época de Fidel”.













