Se combatía en Berlín en el momento en que tomaron la mundialmente famosa fotografía en la que el joven soldado alza el estandarte. Días después la Alemania nazi se rendía ante el empuje del Ejército Rojo.
Abduljakim no estará entre los veteranos de la Gran Guerra Patria que este 9 de mayo, Día de la Victoria, presenciarán con orgullo el desfile de 10 mil 500 militares por la Plaza Roja, celebrando el aniversario 65 del acontecimiento. Izmailov falleció en febrero pasado.
A pesar de los trascendentales cambios sucedidos en ese tiempo, nada ni nadie podrán acallar, minimizar o falsificar el papel decisivo que tuvo el primer estado socialista del mundo en la derrota de la “bestia parda”.
Si unos 30 millones de ciudadanos soviéticos, la mayoría de ellos militares, no hubieran ofrendado sus vidas resistiendo, primero, la invasión del ejército hitleriano a la URSS y, luego, protagonizando en Moscú y Volgogrado (antiguo Stalingrado) el viraje estratégico de la guerra que condujo a la rendición de la Alemania fascista, sin dudas Europa y hasta el mundo quizás hubieran vivido una etapa de esclavitud.
Que nadie lo dude, tocó al Ejército Rojo enfrentar y vencer casi al 80 por ciento de las divisiones germano-fascistas que participaron en la Segunda Guerra Mundial, además de las tropas de Italia, Rumania, Finlandia y Hungría que las secundaron en su aventura en el Frente Oriental.
Millones de los hijas e hijos de la URSS lucharon en defensa del socialismo y la tierra natal en la Gran Guerra Patria.
En la confrontación entre un socialismo incluso imperfecto y el fascismo, la manifestación extremista del capitalismo, ganaron las ideas más progresistas que el hombre ha conocido.
Los hechos, sin reinterpretaciones, confirman que los gobiernos de Gran Bretaña y Francia, con la anuencia de las fuerzas más retrogradas de los Estados Unidos, hicieron lo imposible por fortalecer a Alemania y satisfacer las demandas expansionistas de Hitler, con el propósito de que la Wehrmacht invadiera y derrotara a la Unión Soviética. Recordemos el tristemente célebre Pacto de Munich.
Pero el cuervo quiso comer también los ojos de los presuntos amos y el mundo se vio envuelto en la mayor conflagración de su historia.
Indigna hoy que en diferentes países, incluidos antiguas repúblicas soviéticas y naciones exsocialistas de Europa Central, intenten tergiversas los acontecimientos y hasta falsificarlos, ocultando el rol decisivo del Ejército Soviético en la derrota del fascismo y del militarismo japonés o acusando de criminales de guerra a los que, a costa de grandes sacrificios, liberaron a Europa y al mundo de la “peste parda”.
Se unen al coro de las voces más retrógradas en los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, y la propia Alemania, dedicadas durante décadas a minimizar el aporte determinante de la URSS en la solución del conflicto o a justificar con los pretextos más absurdos la derrota del poderoso, “civilizado” y “superior” ejército hitleriano.
Hasta en un continente donde apenas hay algo de raza aria y si mucho de amerindios, mestizos y negros, como América Latina, hay fanáticos que se dedican a exaltar a jefes militares hitlerianos o las divisiones Panzer o las cualidades de los conocidos cazas Bf-109 y FW-190. Sus elogios expresan la frustración ante lo que en realidad sucedió.
El Tercer Reich y sus pretensiones imperiales sucumbieron ante el coraje de millones de soldados como Abduljakim Izmailov, la genialidad de los grandes jefes militares soviéticos y la calidad del armamento creado por ingenieros del primer estado de obreros y campesinos en el mundo.
Este domingo, en el gran desfile conmemorativo del Día de la Victoria, sobre los adoquines de la Plaza Roja pasarán legendarios tanques T-34 y cañones autopropulsados SU-100, mientras varios pelotones de militares rusos vestirán el glorioso uniforme del Ejército Rojo en la Gran Guerra Patria, para recordarle con orgullo al mundo cual fue la nación que más hizo por su salvación en aquellos momentos terribles.
La victoria de la Unión Soviética y los aliados sobre la Alemania nazi, así como su significativa contribución a la derrota del Japón militarista, crearon condiciones favorables para la liberación de los pueblos oprimidos.
Luego de la caída de Berlín transcurrieron apenas tres lustros para que países de África y Asia se sacudieran del yugo colonial, gracias la lucha de liberación nacional alentada por el triunfo de la URSS.
Lamentable es que no se hayan aprendido del todo las experiencias del tenebroso período de 1939 a 1945 y que una nación intente una y otra vez sojuzgar al planeta bajo su autoridad unipolar, con el ropaje de la llamada guerra contra el terrorismo y por “garantizar la paz y la estabilidad mundial”, a su medida.
Corea, Vietnam, Playa Girón (Cuba), República Dominicana, Granada, Panamá, Afganistán e Iraq, el apoyo incondicional a Israel y la instalación de nuevas bases militares en Colombia y Panamá, evidencian las intenciones de Washington de seguir considerándose el gendarme mundial y blandir como un arma amenazante su poderío económico, financiero y militar.
Al cumplirse 65 años de la victoria del progreso y el humanitarismo sobre el odio racial y el hegemonismo fascistas, toca ahora a los países cuya soberanía o intereses nacionales son amenazados por el imperialismo yanqui luchar por la implantación de un mundo multipolar, de consenso, respeto y confianza para enfrentar retos esenciales para la supervivencia humana: la pobreza, hambre, racismo, insalubridad, analfabetismo, contaminación del medio ambiente, imperialismo, guerras de rapiña, el armamentismo, la amenaza terrorista, crisis económicas globales, etc.
En una situación internacional compleja, hagamos un alto y honremos a Abduljakim Izmailov y los millones de personas, ciudadanos soviéticos y de otras nacionalidades, que dieron lo mejor de sí para vencer al Tercer Reich y salvar nuestra existencia.
¡Viva por siempre la victoria del pueblo soviético sobre el fascismo!













