Estampas electorales en la Cuba de ayer y de hoy
Es preciso apuntar que este cambio radical no era el más importante, junto al buen trato aparecían nuevamente las eternas promesas, muchas de ellas gastadas por su reiterado incumplimiento en anteriores periodos eleccionarios y otras de facturas nuevas, sin estreno, porque en eso de hacer promesas… los políticos cubanos de la época republicana no tenían rivales, las inventaban en el aire. La cuestión era obtener los votos de cualquier forma.
Pero todo no era negativo, eran tiempos en que existía la posibilidad, aunque fuera mínima, de conseguir una recomendación para llevar a un familiar al hospital e incluso operarlo, de poder matricular a un joven en una escuela de oficios, de conseguir una plaza fija picando caña, de peón de viales o de ayudante de albañil. Si se trataba de un caso en que aportaba muchos votos, podía incluso aspirar a ingresar a la guardia rural, que siempre estaba necesitada de individuos obedientes y sin escrúpulos o en su defecto podía tratar de liberar a un pariente preso.
Claro está que había politiqueros de estos que eran más espabilados que otros, y para garantizar su triunfo, trataban que un mayor número de personas acudiera a las urnas a ejercer su derecho al voto, pues la abstención era mayoritaria. Cuando las gastadas promesas no surtían efecto, los sargentos políticos utilizaban veladas amenazas, ofrecían algún dinero o, en última instancia, se robaban las urnas cuando concluía la votación y así podían continuar al frente de los destinos de la nación…llenándose los bolsillos.
Cuando ya todos los politiqueros se convencieron de las ventajas del robo de las urnas, la cosa se puso verdaderamente fea y todos se preguntaban cómo sacar ventaja en aquella guerra electoral que conmovía al país. Pero el ingenio criollo de aquella época no ha tenido paralelo en el mundo en esto del sufragio universal y uno más avispado que el resto, tuvo la loable iniciativa de poner a votar a los muertos y logró una ventaja abrumadora, pues los cementerios eran una inagotable cantera de votantes. Hay que reconocerle el talento.
Así eran las cosas durante las elecciones antes de 1959 y, al final, salvo raras excepciones, quedaban como presidente, vice, senadores, representantes, alcaldes y funcionarios a diferentes escalas, verdaderos demagogos que asumían los cargos para incrementar sus cuentas bancarias y, sobre todo, proteger los cuantiosos intereses norteamericanos en la Isla, verdaderos dueños de la nación que quitaban y ponían gobiernos a su antojo en la Cuba de ayer.











