Comenzó una sarta de traspiés, resbalones y desaciertos. Reunieron una fuerza de más de 5 000 hombres, de los que 1 325 fueron seleccionados por la CIA por su buen comportamiento durante 9 meses de entrenamiento en Guatemala y Nicaragua, a la sombra de sus Somoza e Idígoras. Como en toda guerra que se respete, se necesitaba un ejército y nadie mejor que Manuel Artime para ocupar su jefatura. En definitiva “Manolito” era mi muchacho de oro para la invencible CIA.
Sólo faltaba darle una forma democrática a aquello que habían cocinado, para lo cual escogieron un llamado Consejo Revolucionario, presidido, nada menos, por el Dr. Antonio de Varona, denigrantemente retenido durante la invasión en un abandonado y aislado aeropuerto de Florida, a quien entregaban entre $130 000 y $520 000 mensuales para gastos (y paz en la tierra a los hombres bien pagados), quienes desembarcarían en una cabeza de playa en Girón, instalarían un gobierno puramente virtual que sería —no faltaba más— rápidamente reconocido por todos los gobiernos amantes de la libertad y ¡sanseacabó!
En el cuartel general de Virginia trazaron un formidable plan que, de no ser por la inesperada reacción popular que sorpresivamente encontraron, hubiese sido calificado como brillante. Así, el día 14 embarcaron (en la doble acepción de la palabra cubana) a la fuerza liberadora en 5 naves escoltadas por destroyers y un portaaviones norteamericano que los acompañó hasta 6 millas de la costa y a las 2 a.m. del lunes 17 (un lunes como éste pero 45 años atrás) hollaron tierra cubana. Poco antes, paracaidistas se lanzaron al vacío no metafórico y hombres de rana se sumergieron para neutralizar cualquier eventualidad. Los 16 aviones B-26, escoltados por Jets de la Marina norteamericana, comenzaron sus bombardeos tras el amanecer, que sería el último para 11 de ellos.
La Revolución contraatacó el día 18 y no les dejó un solo instante de respiro hasta que 36 horas después caía su último bastión en las arenas de Playa Girón y nacía una nueva era para los pueblos del Tercer Mundo. Costaría la vida de 89 invasores y 157 revolucionarios, el apresamiento de 1 197 “libertadores” y varias bajas civiles, entre ellas niños de la zona.
¿Qué había pasado? ¿Cómo fue posible que la primera potencia militar del mundo incurriera en tamaño error de cálculo, haciendo el más rotundo ridículo a nivel internacional?
Hay que remontarse al pasado para encontrar una explicación racional. El primer error es que, si bien es cierto que la guerra es algo demasiado serio para dejarla en manos de los militares, peor aún es confiársela a los espías, de donde partieron todos los demás: el autoengaño de que la población cubana los recibiría como héroes homéricos, que las fuerzas armadas se rebelarían o desertarían, la comisión de atentados y huidas de sus dirigentes, desembarcos inexistentes, huelgas generalizadas, en fin, como repetían cansonamente los prisioneros, sencillamente estaban catequizados de que irían sólo para cumplir una mera formalidad de desfilar por Quinta Avenida, en Miramar, bajo un torrencial aguacero de confettis y flores lanzados a su paso de vencedores.
Todavía los invasores inculpan al presidente Kennedy de su fracaso, por haber prohibido éste, a última hora, la cobertura aérea, sin tener en cuenta que aún está por demostrar que los bombardeos a poblaciones, aparte de causar inumerables destrozos civiles, decidan el curso de la guerra, tal como demuestran Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial, Vietnam en la posguerra e Iraq más recientemente. No se dan cuenta aún de que ya estaban derrotados antes de zarpar, desde el momento en que aceptaron poner sus destinos bajo la desleal voluntad de la primera potencia mundial.
El problema es que realmente la CIA, los principales generales, secretarios, ayudantes se creyeron sus quimeras. Y lo peor: se lo hicieron creer a los demás. Los medios de prensa aseveraron desde el suicidio del Che hasta desembarcos en el “puerto” de Bayamo, divulgaron abominables estafas, como pintar insignias de las FAR cubana a sus aviones, armar una comedia ridícula de un supuesto piloto desertor que espectacularmente aterrizó en Miami en un presunto avión B-26 que, con la eficiencia a que nos tiene acostumbrados la CIA, resultó diferente a los de Cuba.
Pero los peores engaños partieron de la propia Presidencia para hacer creer al mundo que EE.UU. no apoyaría una invasión a Cuba, lo que reiteró Kennedy en su carta del 18 a Nikita Krhushov y, a la vez, en un doble juego, reconocer el 25 la plena responsabilidad en la invasión y, finalmente, al día siguiente, halagar a los delirantes “halcones” con la trascendental y errónea implantación del embargo o bloqueo (escoger el vocablo que se prefiera entre dos infamias). Justamente, Fidel calificaría todo aquello de una chapucería.
¿Por qué una naciente Revolución en un país extremadamente pequeño y pobre pudo rendir en un santiamén a sus enemigos?
La Revolución adoptó con rapidez medidas efectivas y precisas para neutralizar la quinta columna interna: cercó a los alzados en el Escambray, contrarrestó a las organizaciones contrarrevolucionarias apresando a sus dirigentes y anuló a la mayoría de simpatizantes internos aprehendiéndolos previsoramente. A su vez, protegió su pobrísima fuerza aérea que pudo salvaguardar de los arteros bombardeos que sólo sirvieron para alertar de la inminente invasión de la que el propio Fidel avisaría en su discurso del 16 de abril, el día antes: el ataque de ayer fue el preludio de la invasión...
Pero lo determinante fue la preparación militar de la población, organizada y entrenada militarmente, que comenzó a ocupar las trincheras desde aquel día, en que Fidel, oteando el horizonte, sacó de las tinieblas el hasta entonces brumoso y tácito carácter socialista de la Revolución. “La suerte estaba echada” y en este caso el juicio de Dios estuvo en América inusitadamente del lado de los pueblos.
Las fuerzas revolucionarias apresaron a 1 197 “libertadores”.
Estructura social de los vencidos
100 latifundistas
24 propietarios
67 casatenientes
112 comerciantes
194 ex militares
179 acomodados
35 industriales
112 lumpens •
Personalidades contra la invasión
Lázaro Cárdenas
Joris Ivens
Ezequiel Martínez Estrada
Alberto Moravia
Salvatore Quasimodo
Alan Resnais
Jean Paul Sartre
Norman Thomas
C. Wright Mills
Cesare Zabattini











