La mezcla de ruidos que generan la industria y el transporte, además de la música, amplificada hasta niveles anormales, invaden no sólo los sitios céntricos y comerciales de la ciudad. Como los virus, se propagan hacia las zonas menos urbanas. Nadie escapa al mundanal ruido.
Discotecas sobre ruedas te pasan por el lado regalándote, quieras o no, la música del momento; en el bar de la esquina, con total despreocupación, colocan al máximo nivel el potente equipo de audio para atraer a los clientes, aunque lo que esté sonando no agrade a muchos, mientras que no falta el chofer que accione el claxon impertinentemente hasta perturbar tus ratos de descanso y sosiego, a cualquier hora del día o la noche.
Lo cierto es que suscita inquietud este crecimiento desmedido del bullicio y aunque son los más jóvenes quienes más gustan de estas prácticas, no se puede negar que desde pequeños sufren la penetración de una información sonora estridente: la mamá que los llama a voz en cuello, la radio a todo volumen porque se transmite una nueva novela o los hombres de la casa que se exaltan por la última jugada de su equipo de beisbol favorito.
El resultado es bien lamentable: las personas no hablan, gritan.
A pesar de que existe un reglamento que norma los niveles de ruido tolerables en dependencia del lugar, los horarios del día y la noche, si es fin de semana o no, y se considera una alteración multable la violación del orden público, muchos desconocen estas disposiciones legales, debido a su poca divulgación y a que no se aplican.
La inexistencia de un decibelímetro (equipo que mide la intensidad del sonido en decibeles), impide que los inspectores del CITMA en la provincia, apliquen las medidas punitivas estipuladas en el Decreto Ley 200, sobre las contravenciones en materia de medio ambiente.
Pero… ¿realmente se necesita de un instrumento de medición para demostrar lo evidente?
A decir verdad, somos tolerantes con este fenómeno social, demasiado indulgentes con quienes violan el derecho de cada ciudadano a no ser molestado. Nadie critica a las instituciones que se suman a la larga lista de desconsiderados y, al final, todos nos convertimos en partícipes de esta verdadera amenaza ambiental.
Se trata de que entendamos que, como seres que vivimos en comunidad, debemos acatar las reglas elementales de convivencia, respetar a aquel que no comparte nuestros gustos, al obrero que madruga y precisa de la tranquilidad para descansar o al que ha perdido un ser querido y no le quedan ganas de celebrar.
La solución no solo se alcanzará cuando, desde la óptica ambiental y comunitaria, se apliquen las medidas correspondientes a quienes contaminen la atmosfera con tanto ruido. No se concibe que este mal subsista en un país donde contantemente se fomenta la educación y la cultura ambiental.











