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Martí en Guantánamo: dicha contra  adversidad115 aniversario de gloriosos desembarcos

Guantánamo.- El político que el 11 abril de l895, al llegar a  la Playita de Cajobabo  confiesa:  “Dicha grande”, resumía  probablemente la plenitud de su espíritu en una palpable felicidad, sin embargo, en su pesar acumulaba días trágicos, momentos de indignación, angustias y desvelos, pero nunca desaliento, ningún revés lo había podido derrotar en la ejecución  de su mayor empeño: la independencia de Cuba.
No lo aminalaron ni la amargura del fracaso del  Plan de La  Fernandina, ni la feroz vigilancia de los espías españoles que actuaron con la complicidad de las autoridades norteamericanas e inglesas; ni los avatares para conseguir goletas en que realizar el viaje hacia la Patria, donde ya ardía la guerra; ni la persecución de los buques enemigos que lo obligaron a un sinuoso itinerario de Cabo Haitiano, a Inagua, luego regresar en direccion contraria y, días después, retornar nuevamente a Inagua para, finalmente, dirigirse a las costas cubanas.

Martí y su “mano de valientes” se  proyectan  hacia el escenario de la guerra, de por sí  riesgoso; a ello se suman las circunstancias que les permiten a seís hombres, que no son  marinos, llegar a tierra  en una frágil embarcación, bajo una espesa oscuridad y fuertes chubascos, abrirse paso en un mar bravío, que a decir de Gómez, “parece un negro manto funerario donde nos debemos envolver para siempre”, el cual le arranca el timón, y una parte de la carga, al viejo mambí, retando su llegada; así avanzan desafiantes acompañados del “único sentimiento que los embarga: la dicha”, pero siempre  con la certeza de que “habían salido para no volver” y si no llegaban ahora,  “volverían a salir”.

La decisión  de “no mirar a lo deshecho, sino a lo que está por hacer” y de cumplir lo que había expresado, días antes, a su amigo Federico Henríquez y Carvajal, de que, su presencia en Cuba, era  tan útil como afuera, de la obligación  de estar allí, porque sabe que “un pueblo no se  deja servir, de quien predicó la necesidad de morir y no empezó por poner en riesgo su vida”, le haría obviar los riesgos que implicaban llegar a un lugar desconocido, sin tener la certeza de quiénes los recibirían:  amigos o enemigos, o si les aguardaban: repentinas jornadas de fuego, una nueva traición despiadada o la solidaridad de un pueblo noble que se pone a su servicio.

Afortunadamente la ventura fue mutua, al poner un pie en tierra imiense  Martí se abría paso a una ruta de gloria que le proporcionó “paz de alma”  y le dio salida en la imortalidad. Hace 115 años que aquel 11 de abril llenó a Cajobabo de historia memorable, con un hecho que trasciende a Guantánamo   y se ubica dentro de las páginas que resaltan la estatura mayor del patriotismo, el internacionalismo y el ejemplo de los principales jefes de la Revolución de estar en la primera trinchera de combate, junto a su pueblo y compartir su suerte.

Durante 20 “días bellos y recios”, venciendo 167kms y 364 metros transita el Delegado por territorio guantanamero, pernocta en 13 improvisados campamentos  y se detiene en cuatro lugares que quedaron en la historia como significativos,  acompañado de Gómez, Marcos del Rosario, Paquito Borrero, César Salas y Angel Guerra,  los guían hombres, mujeres y niños que los acogen en sus humildes bohíos, les ofrecen  afecto sincero, comida, agua, cuidados sanitarios, los colman de atenciones y los custodian en medio de una realidad, que por instantes, se manifiesta adversa, sobre todo para Martí, un hombre que no está acostumbrado  al ajetreo  de la guerra, ni a transitar por escabrosas y empinadas lomas. Las condiciones topográficas de este territorio, le impusieron  un andar fatigoso que se multiplica con la  sed, el cansancio, y la carga del jolongo y su fusil de soldado,  abriéndose paso entre las silvestres y espinosas plantas y bejucos que se resisten a ofrecerles  salida.

Al  hombre más buscado de Cuba, lo acompaña una salud endeble, a la cual no le favorecen  los constantes y alternos baños de sudor y agua de los pasos de ríos, a veces crecidos,  con una secuela que de por vida  lleva en el tobillo derecho, a causa del grillete,  avanzando por un terreno muy irregular e improvisados caminos, en ocasiones en alpargatas,  calzado nada  propicio para ello, y aún así,  adelanta erguido, meditador y audaz, alegre y confiado, disfrutando su  plena naturaleza, esa que va descubriendo, en la misma medida que la admira y decribe con finísimo estilo en su Diario de Campaña,  en el cual deja plasmado, también, toda la cultura  que tipifica al campesino cubano.

En los campos  de este territorio oriental se van incorporando, paulatinamente, “gente buena” que lo protegen como lo más sagrado;  recibe la custodia militar del coronel baracoano Félix Ruenes y su tropa. De los servicios incondicionales, así como de la disposición combativa de los hombres de esta zona,  da fe Martí al exigir  a Gonzalo  y a Benjamín,  la necesidad de “mandar armas y pronto”, con la certeza de que “aquí habría tantos cubanos alzados como armas llegaran”, un  factor estimulante para cualquier jefe militar o político.  

Un humilde acto  militar en el Rancho de Tavera, reconoce a Martí como Mayor General del Ejército Libertador, el abrazo de todos resume, con sencillez,  la magnitud de la grandeza; días después conoce  parte de la suerte de los expedicionarios de la Goleta Honor, que el 1ro de abril  habían arribado a las costas de Baracoa, con una travesía trágica y la posterior  lamentable pérdida de Flor Crombet,  en Yateras.

A pesar de la larga y penosa marcha del grupo por tierras guantanameras, su estado moral es muy favorable. No es de extrañar, entonces, la confesión que le hace el Apóstol a Estrada Palma al estar ya en los campos cubanos, “únicos en que al fín me he sentido entero y feliz”, alegrándose sólo de su “dicha”, porque le “da fuerza pública”.

Pero nuevas pruebas de afecto y apoyo le permiten a Martí sentirse afortunado: muy cerca del Valle de Guantánamo sucede un hecho de guerra de singular importancia, que hubiera podido cambiar el curso de los acontecimientos: el combate de Arroyo Hondo, donde cae Arcid Duvergel a quien Martí destaca  en su diario, así como la proeza de los que, según él “habían salido, por ríos y cañaverales y espinares, a salvarnos”. Al término de la jornada bélica un caballo deviene obsequio fortuito para Martí, fruto de la  generosidad de José Maceo,  lo que le permite avanzar aliviado  al encuentro con  “Periquito y su guerrilla”.

En esta región el profeta que arma, estructura y desata la Guerra de l895, comprueba el fervor patriótico de su pueblo, especialmente  la proeza del  grupo de guantanameros que bajo las órdenes del Mayor General Pedro Agustín Pérez, jefe político y militar de esta jurisdicción  se alzaron el 24 de febrero, tomaron el fuerte de Morrillo Chico, alcanzaron la primera victoria mlitar de esta nueva etapa de la guerra  y obligaron  a replegarse a zonas interiores a los destacamentos españoles que protegían los sectores costeros.

En estas tierras por primera vez se le llama Presidente, recibe la bandera cubana bordada por  la patriota guantanamera Juana Pérez, escribe sus primeras correspondencias desde la trinchera de combate bélico y no le tiembla la mano para exigir el “castigo sumarísimo con la pena asignada a los traidores a la Patria”,  plasmadas en Circulares a los Jefes y Oficiales,  las cuales dan muestras de su capacidad de estratega militar; a los Hacendados demanda  “ayudar con su cordura y servicio previsor al orden  y al triunfo breve de una guerra donde prima el ideal hermoso de justicia”. Da instrucciones precisas de elegir representantes para la “Asamblea de Delegados” que seleccionaría  al gobierno y convoca al necesario encuentro de los principales jefes.  

En la madrugada del 1ro de mayo salen de Vuelta Corta, último de los campamanetos del territorio guantanamero, detrás iban quedando los hombres de aquella jurisdicción que se despiden entristecidos, sin saber aún, que aquellos actos generosos y de complicidad  los marcarían  para toda la vida, éstos  fueron  reemplazados por otros, tan fieles como ellos, que afianzaron en el Apóstol el deseo de “echar su suerte con los pobres de la tierra”  y la certeza  posible  en la victoria.

Con los desembarcos de Maceo-Flor y de Martí- Gómez  por Guantánamo, culminó la primera etapa de un empeño mayor, abriéndose una  nueva, tan crucial, que definía los destinos, no sólo de la Mayor de las  Antillas, sino de  América Latina. Se materializaba, además una exigencia de toda revolución , situar a los líderes al frente de su pueblo, en el instante en que se define su futuro. Significó, la expresión suprema de la ética martiana, respaldada por la correspondencia entre los sentimientos, la palabra y la acción, uno de los más grandes valores legados a la humanidad. Fue, sin lugar a dudas,  para el “cubano mayor”,  su dicha contrapuesta a la adversidad.

Cien años después Guantánamo nuevamente  se colmó de gloria, el pueblo  que cada 11 de abril, en peregrinación  multitudinaria, espera al más universal de los cubanos para reafirmar los  compromisos de continuidad de su legado,  se hace acompañar de su mejor y mayor discipulo: Fidel Castro, a la misma hora y en condiciones similares a las de la noche del desembarco,  esta vez como testigos  del  solemne  encuentro simbólico de los excelso líderes del pueblo cubano, en un suceso venerable de entrega de la bandera patria, emblema  de independencia, soberanía, libertad y justicia plenas.

Estos acontecimientos otorgan suficientes razones a los guantanameros, al distinguir al “11 de Abril” como la fecha histórica más significativa de la provincia de Guantánamo.
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Autor de este artículo: Noralis Palomo Díaz



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