Guantánamo.- En la madrugada del 10 de marzo de 1952, el pueblo de La Habana disfrutaba de otra noche de carnaval. Nadie sospechaba que se había puesto en marcha una siniestra conspiración para apoderarse del poder en Cuba, asonada que tenía como figura principal a Fulgencio Batista, un ex sargento devenido general, de larga experiencia en trajines conspirativos y que había sido el “hombre fuerte” en Cuba entre 1934 y 1944, pero que en las elecciones de 1952 no tenía posibilidades de reelegirse como presidente.
Para llevar a cabo el golpe de Estado, Batista había escogido a militares retirados y en activo, así como a funcionarios de anteriores Gobiernos, cuyas características comunes eran la falta total de escrúpulos y ambición desmedida de riquezas y poder.
En la siniestra madrugada, los golpistas fueron ocupando sin resistencia las principales guarniciones de la capital a base de promesas de recompensar a sus jefes. Mientras, Batista marchaba hacia la fortaleza militar de Columbia, la principal del país, en una caravana escoltada por sicarios de la Policía Radiomotorizada al mando del notorio asesino, teniente Rafael Salas Cañizares.
De esta manera fueron tomados instituciones ministeriales, aeropuertos y medios informativos. Algunos oficiales en Matanzas, Villa Clara y Santiago de Cuba se negaron a acatar el golpe de Estado, pero fueron acallados con promesas de ascensos y riquezas, y de esta manera terminaron apoyando a Batista. Esa fatídica madrugada, las guarniciones de La Habana tuvieron nuevos jefes.
El depuesto presidente de la República, Carlos Prío Socarras, quien se encontraba en su finca “La Chata” disfrutando de los privilegios de su cargo, al conocer que ningún regimiento lo apoyaba, decidió no correr riesgos y escapar cobardemente con su inmensa fortuna mal habida, por lo que se asiló en la Embajada de México, haciendo caso omiso al pedido de armas por parte de los estudiantes universitarios para resistir a los golpistas. Así llegaba a su fin un gobierno corrupto y comenzaba otro más corrupto todavía y eminentemente sanguinario.
El asalto al poder propició el total desprestigio de los entonces partidos tradicionales: Conservadores y liberales se sumaron al Batistato; los auténticos se fragmentaron en numerosas corrientes, todas ellas desacreditadas, y el Partido Ortodoxo, en aquellos momentos decisivos, fue presa de la pasividad, la división y el desorden.
El nuevo Gobierno, como todos los anteriores, fue un fiel representante de los intereses norteamericanos en Cuba, y para mantenerse en el poder no dudó en sacrificar a más de 20 mil cubanos, en su mayoría jóvenes, quienes a partir del ataque a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo, respectivamente, se sumaron a la clarinada de libertad lanzada por el abogado Fidel Castro Ruz, y sus compañeros revolucionarios, a los que la historia denomina “La Generación del Centenario”.













