Dirigentes de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) en la provincia hablaron con él
El afiliado a la Cooperativa de Créditos y Servicios Fortalecida “Uberto Benítez”, del municipio de Niceto Pérez, comenzó en estos trajines en 2008. “Entonces entregué 30 toros, en 2009 fueron 59 y eswte año espero entregar un centenar”, afirma.
No hace mucho tiempo atrás, dedicarse a la ceba de toros constituía un disparate para los integrantes del sector cooperativo y campesino en el país.
Una sarta de medidas restrictivas hacían que fuera casi un castigo dedicarse al crecimiento y engorde de vacunos machos. El precio de compra ofrecido por las empresas agropecuarias era muy bajo, podían multar al productor que le mataran a un animal y era absurdo el método empleado en la categorización de la res a partir del color de la piel, el rabo y los tarros.
Con esas condiciones favorables, Leovigildo no dudó en dedicar su finca también a la ceba, sin dejar de acopiar leche, aunque en cuantías menores a la de años precedentes. Él no escoge alguna raza específica para el engorde. Le conviene cualquier bestia que tengan a mano los campesinos de la vecindad.
“Lo mismo puede ser un Holstein, que un cebú, mestizo, criollo, brasileño...cualquiera”, dice con desenfado, seguro de la labor que hace junto a seis trabajadores que tiene contratados. En la ceba de toros hay un único e infalible secreto, la magia para los buenos resultados.
“Trabajar con ahínco, sembrar mucho forraje y caña; darle la comida y agua de forma oportuna al Toros
La cuestión no es tan sencilla como parece ya que presupone el empleo de una base alimentaria que prioriza el uso de la caña y el king grass, pastos naturales y residuos de cosechas, además de miel con sal y mucha agua.
“Yo tengo 3.5 hectáreas de kingrass y 2.5 de caña, pero es insuficiente, por lo que pretendo sembrar unas seis hectáreas de la primera y cinco de la segunda”, dice el mayor cebador de toros en la provincia cubana más oriental.
Eso le facilitaría contar con más masa verde, pero todavía sería limitado. El asunto es que los animales desechan aproximadamente el 40 por ciento del kingrass y otra buena proporción de caña, por no poderlos masticar debido a su dureza.
Lo ideal sería moler esos alimentos, pero a Leovigildo le es imposible pues a las “Dos Hermanas” no llega la corriente trifásica para echar a funcionar la máquina forrajera que hace un buen tiempo le asignaron y no ha podido utilizar.
Cría de torosMoliendo el kingrass con la caña se hace un magnífico aprovechamiento de ambos. La gramínea tiene bajo porcentaje de proteína, no pasa del cuatro por ciento pero aporta mucha energía; en el king grass ocurre lo contrario, la proteína puede llegar al 10 por ciento, de acuerdo con la edad de corte.
La magia del trabajo denodado que exige alimentar a 200 añojos, toretes y toros, ofrece como resultado animales de primera calidad en menos de 30 meses de vida, por debajo del tiempo indicado, pues sobrepasan los 420 kilogramos fijados como referencia para alcanzar la categoría.
Antes de abandonar las “Dos Hermanas”, Leovigildo nos da muestra de lo que es posible lograr, calculando el peso de una res escogida entre las más desarrolladas. Mide la capacidad torácica del animal, metido en un cepo, utilizando una cinta métrica que permite conocer el peso en kilogramos.
“Tiene 200 centímetros”, dice y a continuación mira el lado opuesto de la cinta. “Equivalen a 649 kilogramos”, asegura, satisfecho.




