
El carpintero cubano identifica al llamado guayacán negro (Guaicaum officinale), por su dureza que a veces quiebra clavos y tornillos. Los armadores de buque aprecian la resistencia al agua y el aceite que segrega la madera, insuperables para fabricar chumaceras y propelas.
En Europa, una poción extraída del guayacán, denominada Lignum-vitae, se utiliza como sudorífico, diurético y contra la sífilis. Según los Orishas, si en un bosque se destruye alguna de estas plantas de la familia de las Zigofiláceas, el resto se seca y perece.
El sincretismo cubano sostiene que con esa madera fuerte se confecciona un poderoso amuleto, que muchos creyentes portan en una bolsita forrada de cuero, adornada de cuentas y de un caracol.
Esas leyendas obedecen seguramente a que Palosanto es el otro nombre vulgar de ese “árbol muy brujo” abundante en Guantánamo, la ciudad camagüeyana de Nuevitas, y la península de Guanahacabibes, en Pinar del Río.
El Guaicaum crece con relativa facilidad en suelos calcáreos, pedregosos, en los mogotes, en los matorrales ubicados en terrenos llanos o de poca elevación. Florece en marzo y madura sus frutos en junio. De la semilla fresca se puede obtener una germinación que oscila entre el 50 y 70 por ciento.
En Guantánamo existen casi cuatro mil hectáreas en que es posible localizar ese árbol silvestre, la mayoría localizada en áreas protegidas y bosques productores. Experimentalmente se utiliza para proteger los desnudos suelos en la árida franja costera sur, extendida entre Caimanera-Maisí.
Tan popular es la planta en el continente, que ha devenido tema de la música popular margariteña y fuente de inspiración para un poeta de esa exuberante isla venezolana, José Elías Villarroel, quien le rinde culto en estas exquisitas coplas:
El Guayacán engalanado en flores/ como una rica creación del cielo/cual un milagro que ocultara el suelo/tiene un alma que suena entre esplendores/













