Fue tanto su apoyo antes y después de la victoriosa lucha armada contra la dictadura de Fulgencio Batista, y su plena identificación con el Comandante en Jefe Fidel Castro, que será imposible escribir la historia del máximo líder revolucionario sin reflejar a la vez la vida de Celia.
Muchos meses antes del desembarco del yate Granma, Celia había logrado organizar en Manzanillo núcleos clandestinos y existían brotes de un movimiento popular, de masas, y efervescencia de ideas progresistas muy avanzadas para la época.
Una de sus más caras aspiraciones era venir en la expedición del Granma como un combatiente más. Su jefe directo, Frank País, se negó con el argumento de que ella era indispensable en Manzanillo para apoyar el desembarco, orden que Celia acata disciplinadamente, y a partir de entonces desplegó un inestimable trabajo en las zonas de Pilón, Niquero y Manzanillo.
Una vez que el Granma partiera desde Tuxpan, México, Celia desplegó grupos de campesinos a lo largo de la costa suroeste oriental: Manzanillo, Campechuela, Media Luna, Niquero y Pilón, y a partir del 28 de noviembre vigilaban las orillas del mar, preparando además varios camiones con alimentos y combustibles para el traslado de los expedicionarios.
Una vez localizado el desembarco, tenía previsto cortar las comunicaciones para frenar el apoyo enemigo; coordinó con una clínica de Manzanillo, propiedad del doctor René Vallejo para curar posibles heridos. Celia recomendó la finca de Mongo Pérez como punto de concentración y reorganización de los expedicionarios, debido a que en ella podían ocultarse un gran número de personas si llamar la atención.
La llegada del granma el 2 de diciembre, dos días después de la fecha prevista, puso en peligro al personal encargado de los preparativos de la recepción, algunos de los cuales fueron detenidos por las fuerzas represivas del régimen, entre ellos la propia Celia, quien en un golpe de audacia, aprovechó un descuido de la policía y logró escapar, escondiéndose en un marabusal, por lo que tuvo que atenderse posteriormente con un médico, pues tenía 13 espinas en la cabeza y varios tumores en las piernas debido a los pinchazos.
Supo sobreponerse a la noticia del descalabro sufrido por los expedicionarios a la hora del desembarco y en Alegría de Pío. Al conocerse que Fidel vivía, Celia se dio a la tarea de localizar a los combatientes aislados y lograr su reunión con el líder de la Revolución; luego les enviaría armas, medicinas, ropas, libros e informaciones.
En febrero de 1957, Frank País, Armando Hart, Celia y un grupo de revolucionarios se entrevistan por primera vez con Fidel, Raúl y el Che en las inmediaciones de la Sierra Maestra; de aquel encuentro surge la orientación de enviar hacia la Sierra un fuerte contingente de hombres y armas, tarea a la que esta heroína dedicó sus mayores esfuerzos que se vieron coronados por el éxito.
Por aquellos días Celia se convirtió en el principal enlace entre la Sierra Maestra y el llano. Una vez asegurada la retaguardia, pasó a trabajar definitivamente en la Sierra junto a Fidel, convirtiéndose en uno de los principales baluartes del grupo guerrillero.
A partir del triunfo revolucionario se convierte en una abnegada trabajadora al lado de Fidel, recorría los planes agrícolas, los centros de trabajo, las escuelas, los hospitales, resolviendo dificultades, superando obstáculos en las más diversas esferas de la vida social.
Celia, la guerrillera de las montañas de Oriente, a quien le agradaba dormir en hamacas o recorrer un camino serrano, fue capaz de moverse con destreza dentro de las formalidades de la vida oficial del Estado si dejar de ser la combatiente rebelde.
Miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular y Secretaria del Consejo de Estado, a Celia hay que situarla como genuina representación popular del pueblo cubano junto a Camilo y el Che, y como ellos, entró por las puertas de la eternidad como símbolo purísimo de la nación de José Martí en la época de Fidel.













