La crisis económica que golpea a todas las naciones del mundo, comenzando por los Estados Unidos, culpable de su funesto origen, parece tener el peor impacto en Cuba, al menos en la visión de las diversas agencias internacionales de noticias que radican en La Habana.
Pongamos por ejemplo un título reciente que rezaba “Cubanos convocados a apretarse más el cinto y apagar la luz en 2010”.
Para los millones que en el planeta son (des)informados con los reportes dedicados de una forma más o menos velada a satanizar al socialismo como la causa fundamental de las dificultades que afronta la Isla, el encabezado le puede sugerir que el sistema social elegido hace casi medio siglo por el pueblo antillano se está desmoronando como sucedió en la Unión Soviética y Europa del Este, tras la caída hace 20 años del egregio Muro de Berlín.
Por lo menos un sabor de incertidumbre, temor e incluso escepticismo destilan los objetivos despachos salidos desde la capital cubana, que sólo ven la parte la cara más conveniente de la moneda.
Partiendo del hecho de que no se puede tapar el sol con un dedo, hay que reconocer que existen serias dificultades en la economía de Cuba a causa de la crisis. Los datos ofrecidos por las propias autoridades nacionales lo confirman.
Hay atrasos en el pago a suministradores extranjeros que han incidido en la disminución de importaciones, pero no falta la voluntad gubernamental de respetar esos compromisos y proseguir los vínculos con los proveedores que creen en Cuba.
La caída brusca de los precios del níquel, el principal producto en las exportaciones, la reducción de los ingresos del turismo, el incremento de los precios del petróleo y los alimentos que importamos y los casi 10.000 millones de dólares en pérdidas provocados por tres huracanes el pasado año, se conjugaron para frenar a la economía cubana este año y situar el crecimiento del Producto Interno Bruto por debajo del 4.3 por ciento alcanzado en 2008.
Hay quienes por pudor no pueden dejar de mencionar los “efectos del embargo estadounidense”, como si el criminal bloqueo económico, financiero y comercial con el que sucesivos gobiernos norteamericanos han tratado en vano de asfixiar al pueblo cubano y asfixiar su Revolución no fuera el principal obstáculo para el desarrollo de la Isla.
Cierto que La Habana compra apreciables cantidades de alimentos a los Estados Unidos, pero en precarias condiciones, sujetas a licencias del gobierno norteamericano, con el pago en efectivo, por anticipado y utilizando monedas y bancos de terceros países para hacer las transacciones, algo que ha limitado drásticamente las compras, según han denunciado directivos de la empresa cubana Alimport, a cargo de esas operaciones.
Es un comercio unidireccional, pues Cuba no puede exportar nada hacia el país vecino, por las reglas del bloqueo, digo, “embargo”, según la jerga de varios corresponsales extranjeros acreditados en la capital cubana. Nadie en el mundo hace negocios en esas circunstancias, comenzando por las primeras economías del mundo.
La nación caribeña enfrenta ese reto por respeto a los empresarios estadounidenses, cada vez más interesados en sostener relaciones con Cuba, y por la calidad de los productos que ofertan. Otro detalle acerca del “embargo” y sus consecuencias. Sin dudas los Estados Unidos, Israel y Palau votarían en contra de una medida coercitiva así si un bloqueo de casi medio siglo les costara dos años de su PIB, como le ha pasado a Cuba.
Siguiendo la línea de pensamiento de no ocultar la realidad, también es cierto que la economía cubana tiene el lastre de la ineficiencia en organismos y empresas, el insuficiente estímulo que es hoy el salario para trabajar en la esfera estatal, la excesiva centralización de la gestión en ciertos sectores, el derroche de recursos, excesivos subsidios, plantillas infladas y otros defectos que el gobierno no ha ocultado y labora intensamente por eliminar.
Lo indiscutible es que eso no se rectifica en un abrir y cerrar de ojos, ni con las terapias de choque tan de moda allende los mares.
Se avanza paso a paso, sin poner en riesgo las conquistas más importantes de la Revolución y mucho menos al Socialismo en Cuba como el sistema social y económico de mayor justeza que ha conocido la nación, dejando definitivamente atrás la oscura etapa del entreguismo de sus riquezas al capital norteamericano, en la época de la república neocolonial.
Muy importante es que la convocatoria hecha por las autoridades para apretarnos el cinto, como están haciendo en todo el planeta, sea en Washington, Paris, Londres o Madrid, no implica en nada el despido inmisericorde de trabajadores o desprotegiendo a los sectores vulnerables de la sociedad.
Los cubanos no sufrimos de inseguridad alimentaria, a pese aún son altos los precios de muchos de los alimentos básicos que el país importa, ni tampoco más del 10 por ciento de la población laboralmente activa está desempleada, como sucede en la “mejor” democracia del mundo, la del Tío Sam.
Mucho menos se ha cerrado ninguna unidad de salud ni tampoco se cobrarán sus servicios, lo que sí se pide en ellos es un servicio de más calidad basado en el aprovechamiento adecuado de los recursos, o dejará la educación cubana de ser universal, obligatoria y gratuita.
La decisión del Ministerio cubano de la Agricultura de disminuir el exceso de personal improductivo, categoría que abarca al 89.000 trabajadores (26%) del sector estatal, fue recientemente tratada de manera burda por una agencia de prensa internacional como si esa providencia representara el despido para esos empleados.
La realidad es que ninguno de los que sean reubicados mediante el reordenamiento del capital humano de la entidad quedará en la calle y en un proceso paulatino miles de ingenieros, especialistas y técnicos medios pasarán de virtualmente de las oficinas a las unidades de producción, donde se deciden los resultados decisivos para la economía cubana de ese organismo de la administración central del Estado.
El gobierno encamina los esfuerzos hacia el logro de la apropiada relación entre la justicia social y la eficiencia, como un aspecto cardinal para motivar a trabajar, con énfasis en los que producen los bienes materiales, sin dejar de prestar la atención posible a la formación del capital humano, la mayor riqueza que tiene la Isla.
En conclusión, Cuba ¿el peor lugar? Hay un fuerte impacto de la crisis mundial y se refleja en el quehacer económico del país, no hay quien lo niegue.
Sin embargo, no se renuncia a mantener la accesibilidad de todos los ciudadanos de forma gratuita a los servicios de salud, con indicadores reconocidos por organismos internacionales como de primer mundo y capaces de brindar colaboración médica a varias decenas de países, o la educación, con una calidad en el aprendizaje de los niños mejor que las logradas en naciones con economías mucho más fuertes como Argentina, México o Chile, por solo citar algunos ejemplos.
El que desee trabajar de forma honesta y decidida, tendrán una oferta laboral acorde a las posibilidades del momento, y se pide apagar las luces innecesarias para mantener alejados a los apagones ocurridos por déficit de generación, uno de los logros más importantes de la Revolución Energética que impulsó el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y que ahora es un paradigma seguido por varias naciones del continente.
¿El peor lugar?
Las consideraciones que usted tome, lector, las respetaremos. Las mías se reflejan en hechos incuestionables.













