Guantánamo.- Ana Betancourt de Mora nace el 14 de noviembre de 1832 en territorio camagüeyano, y desde que contrajo matrimonio con Ignacio Mora, el 12 de agosto de 1854, comparte con su eterno compañero los sueños patrióticos y de libertad que se han generalizado en Puerto Príncipe, donde ellos residen, y en toda la región de los tinajones.
La casa de Ana e Ignacio era punto de reunión de los patriotas, y allí muchos recibieron no sólo aliento para comenzar la lucha independentista, sino que, con su proverbial inteligencia, fue autora de numerosas proclamas antes del levantamiento armado del 4 de noviembre de 1868, en apoyo al grito de libertad lanzado por Carlos Manuel de Céspedes, en la Demajagua, el 10 de octubre de ese propio año.
Su comprometimiento con la causa revolucionaria era de tal magnitud que, para evitar ser apresada por las autoridades españolas, tuvo que marchar hacia la manigua y compartir con su esposo y las tropas del Ejército Libertador, los rigores de la vida insurrecta.
El 9 de julio de 1871, cae prisionera de los españoles y en el traslado hacia la ciudad, sufre todo tipo de insultos, burlas irrespetuosas y maltrato de obra, y recorrió numerosas leguas a pié hasta su llegada a Puerto Príncipe, desde donde fue enviada a La Habana y de ahí fue desterrada hacia México.
Convaleciente de tifus logró partir hacia Nueva Cork, donde se gana el sustento en un taller y recibe albergue por parte de una amiga patriota. De allí se traslada para Kingston, Jamaica, donde por cinco años dirigió una escuela para niños cubanos. Nuevamente tiene que partir y marcha hacia El Salvador, donde funda una escuela para señoritas que llega a ser una institución modelo y se gana el grado de “profesora”.
En carta enviada desde los campos de Cuba, el esposo le escribe: “Te doy la enhorabuena por el glorioso título de maestra de escuela que has alcanzado. ¡’Bien mi Anita! Muy bien; principias a recoger el fruto de tu bella inteligencia”.
Precisamente Ana demostró el alcance de su clara inteligencia, en ocasión de asistir en Guáimaro a la proclamación de la República, el 10 de abril de 1869, cuando en presencia de los más importantes dirigentes de la lucha independentista del país, demandó el cese de la secular explotación femenina, a la par que expresaba su disposición de combatir por la redención de la Patria.
En aquel sitio histórico, Ana expresó: “La mujer cubana en el rincón oscuro y tranquilo del hogar esperaba paciente y resignada, esta hora sublime, en que una revolución justa rompe su yugo, le desata las alas.
“Todo era esclavo en Cuba –continuó—la cuna, el color, el sexo. Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna, peleando hasta morir si es necesario. La esclavitud del color no existe ya, habéis emancipado al siervo.
“Cuando llegue el momento de libertar a la mujer, el cubano que ha echado abajo la esclavitud de la cuna y la esclavitud del color, consagrará también su alma generosa a la conquista de los derechos de la que es hoy en la guerra su hermana de caridad, abnegada, que mañana será, como fue ayer, su compañera ejemplar”.
Carlos Manuel de Céspedes al escucharla, se puso de pié y dijo: “El historiador cubano, al escribir sobre este día decisivo de la vida nacional, dirá cómo usted, adelantándose a sus tiempos, ha pedido la emancipación de la mujer”.











